sábado, 28 de septiembre de 2013


Siempre hay un hueco, allá, acá, más allá, más acá.
Y en los huecos encendiendo una luz, se halla un mundo de posibilidades.
El hueco es lo no común, el plato de los más anómalos.
Ser escéptico es entrar en la duda de la posibilidad.




"LA TRAMA ESQUIZOIDE"
Bernabé Alberto De Vinsenci


I.
No soy quien explica
las doscientas cuarenta y seis
respiraciones del año.
Escribo con el fin de decirme
y decirle algo a un nadie
ese nadie que soy
intentando asirme de un osario
para no caer al abismo.


II.
A Dulcinea del Toboso
Traspié, y de golpe el cimiento formó
tres colmillos
en mi dentadura. ¡Bruto!-Dijo ella.
Cosas del azar-Argüí.
Un aguardiente fue mí pierna supurando
 y tan agrio se nos figuraba el camino
 hasta decidirnos por la abulia.
Un sábado inglés pactamos:
“Cuando el mundo tropiece,
ahí seguiremos vuestra marcha.”
Por lo tanto asentaba mi testa en su vientre
 y enceguecía la vista examinando
telas de araña.
Las horas con el tiempo difunto
franqueaban
y nosotros seguíamos allí,
con pleno remordimiento.


III.
Toda pareja encauza en la cama un acto bélico
con armas fogosas, y fusiles de lenguas
evacuando sangre de morapio y baños de saliva.
Lo más prodigioso y absurdo de esta trifulca
es que nadie sale ileso:
Los agravios más catastróficos
han sido guiños
 y nuevas diplomacias con fines de reencuentros.


IV.
La negación somete al cuerpo
 y el oficio vierte solidez en lo rígido,
el cerebro pule su anatomía en circunvoluciones de muerte,
 el sexo habla impropio al género
y el deseo hace un duelo contra lo trágico.
 ¿El lenguaje contiene agujeros
 y grietas que relampaguean contra la artesanía de inventarse,
 un sonido de exaltación o ignorancia,
representa la rima, un flujo arterial?
 La fe es un estado donde la perversión se evapora:
el hombre ansia la superstición contra el dominio de las cosas.
 Trazos a trazos, con líneas depuradas
y doscientos garabatos la locura sin saberse de ella se esboza.


V.
El día inauguró su pérdida un domingo
junto a la escena de un papel arrugado
en el anfiteatrodebolsillo.
En hueso de fósil la audiencia asistió
y la tinta afrodisiaca en los papeles
a los histriones entreveró.
Cada función de la obra
requería remembranza
y nostalgia.


VI.
El océano cae pulsando olas.
Trillones de santos nadan
y en cráneos se deshacen.
El océano presa su forma.
El cadáver sale caminando.


VII.
Tenía el estómago colmado de hormigas
con tejidos de mil senderos
 y la sed de un vino pasado.
Era el desubicado que desayuna bifes cuajados,
sin sabor y de un lunes primero.
¡Usted!- Vociferó, la esposa inquieta, hirviendo de cólera
-¡Salga de ese catre! Hace días que se encuentra ahí,
 haciendo no sé qué.
 -Es tan fácil decirlo-Pensó el felpudo
 y dio media vuelta y nueva-mente se durmió.
 Soñaba estar en otro tiempo, descalzo
 y con senos de leche en entre sus palmas.
 Al despertar de la hibernación se lo contó a ella,
no supo decirle de qué lugar se trataba.
-¡Éste no giraba!-Decía- ¡Nadie estaba tan demente del mareo terrenal, tal como aquí sucede!-
No estando más de diez minutos despierto,
 balbuceó descomponiéndose:
-Creo que tengo náuseas...voy a…
- Y vomitó el mundo soñado.



VIII.
Hay una dicha que concede
la unión, la estrecha y
eterna liberación.
Hay un victimario que concede
el individualismo, la depredación
de una misma hermandad.
Hay una equivocación que concede
la desnudez, el pudor.
Hay un esfuerzo que concede
la utopía, el caminar.
Hay un enigma que concede
la muerte, el más allá.
Hay una unión que concede
la naturaleza, la reciprocidad.
Hay una balanza que concede
la memoria, el no olvidar.
Hay una virtud que concede
la diversidad de pieles, la admiración.
Hay una longevidad que
posee la fe, la eternidad.
Hay caminos que concede
la decisión, poder elegir.
Solamente existe un epitafio,
el de conceder.


IX.
La cruel humanidad,
en conciencia de facturar su origen,
se formó a imagen y semejanza.
Una labor haragana y supersticiosa
de gozar rasgos plagiados
y condiciones
a base de un creador incógnito.
En razón, el tutor
despertó al tiempo
que una corporación de creyentes
le esculpiera suplicas,
pese a que ellos
les resultaban demasiado
voluminosas
las dificultades terrenales.


X.
Entré
y nos suicidamos
por la córnea.
Hurté su pecho y lo bebí comprimiéndolo
con los dedos.
Me afirmé en su falda y suspiró.
-Devuélveme mi pecho- Balbuceó.
No hablé,
sólo le devolví un crío.


XI.
Vida
a un centímetro de ser carnívora
a dos pasos del hombre que fortifica su órgano
con el pigmento de la demolición.

XII.
¿De qué dudo?
De lo que soy.

¿Qué soy?
Lo que dudo.

¿Y qué es dudar?
Lo que vamos siendo
y lo que seremos después de haber sido.


XIII.
Mi palabra, un silbido ausente.
 Mi tiempo, un vacío eterno.
Mi sueño, un ronquido tajado.
Mi sangre, un vaso de vino agrio.
Mi cuerpo, un órgano podrido.
Mis ojos, un cuervo se los llevó.


XIV.
La p o e s í a postrero aguardiente
del hombre azotado.
Uno se dirige a ella
por faltas y dentro ella
se ve consumado
replicando otras
faltas.


XV.
-Yo fui un cuerpo sin senos, que
blasfemaba contra las tetillas-
(Metáfora hedionda hacia los miembros)
l
a

e
r
e
c
c
i
ó
n
se desmonta por medio de la:
Eyaculación.
Con la sombra me topé y como recién
nacientes, DESNUDOS colapsamos.
Los surcos pusimos
en el caparazón de un riel
desvariado
y
al rato colisionamos con un tren
formado por PIEZAS HUMANAS.
Dos fueron suficientes para el inventor.
Desde las estaciones pueblerinas
conspirábamos canticos que acoplaban:
Somos un mutuo plagio perseverante y
de esta manera entendemos nuestra
relación.
Extraviados recorrimos
General Ballivián y sin pudor
amanecimos en Comodoro Rivadavia.
Yo como de costumbre
usaba de almohada
su pezón.


XVI.
Con gripe y espasmos
coriza y jarabes
encendí un veguero
y la humareda devino en catarro.
Postrado ante la cama
el alba llegó
y muda tocó la puerta.
 -Está Agramón en el cuarto- Le advertí.
Nada pudo hacer.
Le di papas en aceite
remunerando su inspección
y las impugnó.
Mientras tanto
Afuera, la bruma turbia
y el apetito de los victimarios.
Adentro, yo escribiendo
rasgueando la arquitectura de un ataúd
para al fin irme a pernoctar.


XVII.
Gritar
es pensar que somos desaparecidos buscándonos.


XVIII.
El cencerro gruñó,
 roído por la asfixia del mal fatigado
por las expensas de los palos y los relinches de tropillas.
-Como una especie de sonoridad engañosa – Dijo.
Y continuó: ¡Clin! ¡Clin!¡Clin! y a mi dolencia no la menciona
- Los objetos inactivos
 conservan distancia frente
a las palabras,
 ruegan no ser salpicados

de cualquier significado y a pesar del pedido dos mil mueren,
cada tres segundos al ser nombrados.
 Las cosas son quienes tienen que hablar
por sí mismas
"Yo soy esto: un tenedor por ejemplo"


XIX.
A la deriva del lenguaje brincamos a comunicarnos,
exentos de fonemas que integren la voz, aseados de verbos y adjetivos.
Nuestro léxico es el silencio.

La escena de la palabra
               Fonemas violentados
                 

“Es suficiente que exista una mirada -la nuestra -
para que el mundo sea eternamente pleno.”
Roland Barthes.



“La persecución de un mundo mejor, que llevó a algunos grupos a abrazar la lucha armada, desembocó, tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, en un mundo bastante peor, signado por el terrorismo de Estado[i].  La hibridación de la prosa en ese período fue afectada por modos de subjetivación turbulentos, cargada de códigos a base del suplicio, el daño y el malestar. No sólo en el conflicto preciso de esos años; el transcurso de tragicidad-violenta ya radica en los inicios de la literatura nacional. Un caso emblemático es “El matadero” de Esteban Echeverría, que impregna en su narrativa del ciclo Rosista la simbología netamente beligerante entre unitarios y federales. En el texto logran revelarse signos de la miseria, o vocabularios excesivos: “Reventó de rabia el salvaje unitario”, “Viva matasiete”. Las caracterologías violentas reinscritas en la dicción de la escritura están sujetas a la figura de un Estado que promueve innovaciones intrínsecas en su tarea. Otro componente determinante que alcanza el itinerario violento en la literatura nacional es el evidente vuelco del lenguaje clásico a un lenguaje de sondeo en la naturalidad de los lenguajes sociales: la restitución de pronunciaciones y de vocablos a partir de las jergas. En este sentido nace en la escritura cierta tragicidad y un inventario grotesco que aspira a rastrear el habla de las distintas capas sociales.
Atendiendo la situación del modo de Poder eugenésico en occidente, la pesadilla de lo bello y lo bueno que no incluye sino que excluye, Antonio Negri subraya en su texto “El monstruo político. Vida desnuda y potencia.”: Sólo aquel que es bueno y bello, eugenésicamente puro, está legitimado para el mando. La organización de los deseos y las imágenes, el consenso y la coerción -el pelo corto, la abolición de prensa, dudemos de la cara extraña- en el periodo de la dictadura hegemonizaron e inhabilitaron, en diversos casos, la autonomía de saber qué era ciertamente lo que acontecía.
La aquiescencia de la sociedad política y la sociedad civil (Antonio Gramsci) jerarquizaban, postraban subjetividades, ultrajaban los símbolos, precarizaban vidas; toda una masacre recóndita desde los disímiles dispositivos, aparatos e instituciones, que pregonaban la hegemonía-fascista ya sea en circunstancias peculiares o no. Se mencionó: “Ultrajaban subjetividades” y refiero a lo póstumo de esos años, cómo devienen las subjetividades con esas huellas o pérdidas. Es notable entreverse y rastrear estas huellas en la producción artística de Mabel Temporelli, Rosarina detenida a mediados de 1975 y liberada a fines de 1978. Mabel tiene una obra que tituló: “Señoras Calientes”, en su producción aparecen delantales, vestidos de fiestas, guardapolvos, etc. En cada una de ellas existe, usualmente en el centro, una quemadura de plancha. Es una obra poética, los elementos portan códigos, símbolos, mientras las imágenes parecen salir del soporte. Reside una crítica explícita por parte de la artista a la monotonía del sometimiento; las vestimentas promueven la sensación de evocar personas pretéritas. El espectador enfrentado a la obra enmudece al connotar que las vestimentas sufren o han sufrido: origina una desmaterialización sobre un plano armónico.
Negri, en el pasaje antes aludido, corporiza a los monstruos. El monstruo es lo contrario, es lo que estremece a lo eugenésico, puesto que es transformación en lo hegemónico; lo monstruoso resiste en él produciéndose dentro de él. En el setenta y seis, antes y después, los monstruos fueron aquellos que confirieron su voluntad para pugnar contra el asalto militar-fascista, contra la armazón económica, política y cultural del periodo: el bloque histórico. Los monstruos registraron al enemigo, a la máquina-masacre, y allí, en la confrontación, afloraron las potencias, los gestos por la disputa ontológica. Por esa razón, en el campo social tensionado de aquellos años surgía la resistencia (Madres de Plaza de Mayo), el reconocimiento como monstruos frente a la irrupción  fascista. De acuerdo con lo expresado, César Cantoni señala en su texto “Latencia: Poesía y Dictadura”: Esta circunstancia hizo que los poetas jóvenes de los años 70 fuéramos calificados por algunos como “los poetas de la dictadura”. Otros, teniendo en cuenta que padecimos las consecuencias de la represión y resistimos desde el lugar de la poesía, prefieren hablar de “los poetas de la resistencia”.
La literatura, no obstante, debe repensarse como “un dispositivo de construcción (material o utópica) en la historia de las luchas, y en torno a la posibilidad de nuevos mundos”[ii], la literatura es parte de la contribución que grafía a los monstruos enredados, implicados, aliados, reconocidos en una misma clase que resiste.
 El poema “Miremos esta calle: este barrio es de niños de Omar Favero, joven de la ciudad de la Plata desaparecido a los diecinueve años durante el “Proceso de Reorganización Nacional”[iii], da cuenta de la potencialidad monstruosa en esos años. “La violencia simbólica, ya perceptible desde el nombre eufemístico con el que la junta militar se autodenominó […] consistió en apelar a la defensa de los valores cristianos y patrióticos para justificar la tortura, los secuestros y los asesinatos de los “subversivos”[iv]. Aún así “Restablecer el Orden” significó reorganizar los campos semánticos, los deseos, y las imágenes en pos de naturalizar la “obediencia”. El término “subversivo” es parte de esta “reorganización” semántica. Veamos los orígenes de la palabra: (del Latín subvertere: trastocar, dar vuelta) se refiere a un proceso por el que los valores y principios de un sistema establecido, se invierten, se relaciona con un trastorno, una revuelta o una destrucción.
 Omar expresa: “Ellos, contra el cansancio, morirán dando golpes”, a partir de aquí conseguimos denotar el pronombre Ellos -los enemigos-, la presencia de mecanismos coercitivos burócratas y hondamente genocidas. No es del azar la productibilidad violenta de los contenidos, de los manifiestos de resistencia: nosotros contra ellos, es decir, contra el poder coercitivo-militar: mortífero. El poema traduce la dimensión de una monstruosidad situada, de una premonición histórica, al decir: “Nosotros renunciamos al combate algún día, por no sé qué valores o sabios pensamientos”. He aquí el gesto ontológico del monstruo frente al militarismo que se introdujo configurándose simbólica y violentamente para naturalizarse con su metafísica de “reorganización”  y constituir en esta embestida vidas desnudas.[v]
La coyuntura del terrorismo de estado no fue únicamente un trance armado, de glóbulos derramados, violaciones y picanas en los ovarios o en los testículos, además personificó la resistencia monstruosa que signaba de componentes a la ética de los individuos a futuro. Inmediatamente de esta movilización político-social, del consenso producido por los aparatos e instituciones del poder en ese momento, Favero expresa: “No podremos: renunciamos al combate algún día”. En sí es un enunciado que exhibe el sufrimiento frente al terror, la desesperanza frente a lo hegemónico-genocida, imponiéndose con sus dispositivos a la manera de una máquina que causa muerte: apropiación de niños, campos clandestinos de detención, plata dulce, desindustrialización, entre otros. 
En términos filosóficos es una disputa -como está expuesto anteriormente- ontológica y fisionómico-social, de establecer potencialidades, barreras y alternativas frente a un devenir frenético que se denominaba “Proceso de Reorganización Nacional”. Quienes estaban al tanto de los hechos acontecidos concienzudamente veían que al fin y al cabo la sociedad no sería la misma cultural y políticamente fenecido el proceso dictatorial. Un cambio drástico, una época crucial de la ontología “por no sé qué valores o sabios pensamientos”, apunta Favero en su poema, de otra manera por un delineamiento fascista-eugenésico de corte universal, que venía propagándose en diferentes países en los inicios del siglo XX. El precedente fascismo mundial había logrado afianzarse y reproducirse como una máquina de moler carne, como una máquina de abolir toda libertad de expresión y que encarcelaba a los calificados “subversivos”.
Si analizamos algunos contenidos emergentes en el antes y durante del periodo de la dictadura militar, cada uno de ellos intentan dialogar y descifrar qué es lo que realmente aconteció, ponen en juego imágenes dialécticas: ontologías de resistencias. Como diría Walter Benjamin la historia es posibilidad, un evento abierto a la interpretación, un programa de continuar los espacios utópicos que otros han iniciado.
Las voces de los escritores trabajaban en un terreno tensionado intentando asearse de la subjetividad normativizada por una toma fascista-genocida. Innumerables libros fueron prohibidos. Un caso ejemplar es el del libro “La Torre de Cubos”, de Laura Devetach, prohibido por la resolución N°48 en la provincia de Santa Fe el 23 de mayo de 1979 (la prohibición se extendió luego a todo el país). “Según la resolución se prohíbe por: graves falencias como simbología confusa, cuestionamientos ideológicos sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos, espirituales y transcendentes (…) centrando su temática en los aspectos sociales como critica a la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de la autoridad enfrentando grupos sociales, raciales o económicos con base completamente materialista, como también cuestionando la vida familiar, lo que lleva a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura.”[vi] En este sentido fue la reorganización semántica antes mencionada.
Retomando, el sociólogo y poeta Néstor Perlongher entrevé en su poema “Cadáveres” (1982) las secuelas del largo proceso monstruoso versus poder- fascista, percatándose del trabajo historiográfico para dar apertura a la voz singular, al pulido estructural de la forma y a la sutileza de las sílabas teniendo en cuenta la invención de figuras metafóricas. Refiriéndose no sólo a los cuerpos monstruosos, escribe: “Todo, Sobretodo, Hay Cadáveres.” En el pensamiento hay cadáveres, en la subjetividad violentada al retorno de la democracia hay cadáveres. Perlongher evidencia, en la semanticidad de las imágenes y de los deseos, una nación históricamente atravesada por la muerte, por la agonía de las luchas que de algún modo hacen de su eco una resonancia hasta en la actualidad.
Desde el inicio del fenómeno de la Historia Oral la programación de la historia es edificada en un plano colectivo-deseante con la cooperación de quienes fueron monstruos sobrevivientes y exiliados en la dictadura: la historia es molida con la multitud de voces.
Unas de las fuentes indispensables para el imaginario de una nación, que no habría de soslayarse, es la literatura pensada en un espacio simbólico de construcción que resignifique eventos de luchas, trazos arquitectónicos-históricos, bocetos de una historia próxima a cimentarse. La dictadura -máquina reproductora de muerte- tiene que examinarse una y otra vez para no caer nuevamente en un orden normativo demoledor.
Pretendiendo efectuar este texto demasiado arriesgado, citaré la voz de Omar Favero: 

“Quiero entrar, destruirte, devorar las raíces (tu palabra no es tuya ni tu mano ni el tiempo). Quiero que en las cenizas te levantes […] Entonces sí, serás y hablaremos, en calma, de la unidad futura.”[vii]

La historia guarda memoria, pies, manos, ojos. La historia camina. 


Bernabé Alberto De Vinsenci.



Email: bernabe-devinsenci@hotmail.com  










[i] Cantoni, César. Latencia: Poesía y dictadura.
[ii] Negri, Antonio. El monstruo político. Vida desnuda y potencia, Prometeo Digital 2012.
[iii] El lenguaje es una herramienta de la comunicación, para la adquisición de una lengua determinada. Sin ir más lejos de estas vertientes el lenguaje se define por su capacidad instauradora de subjetividad. El “Proceso de Reorganización Nacional” quiso sugerir que ese nuevo “gobierno” pondría orden a un supuesto desastre nacional que era preciso exterminar. Émile Benveniste dirá en “De la subjetividad en el lenguaje”Pues bien, sostenemos que esta "subjetividad", póngase en fenomenología o en psicología, como se guste, no es más que la emergencia en el ser de una propiedad fundamental del lenguaje. Es "ego" quien dice "ego".  Encontramos aquí el fundamento de la "subjetividad", que se determina por el estatuto lingüístico de la "persona".  (Ver más)
[iv] Mangin, Annick. En “Literatura y dictadura: Cola de lagartija” de Luisa Valenzuela.
[v] Negri, Antonio. En “El monstruo político. Vida desnuda y potencia”:La vida desnuda representa al hombre, o más bien, presenta  los cuerpos al borde de un peligro y de una miseria indecibles. La vida desnuda es la imagen de lo que queda después de que el terrorismo del capitalismo moribundo  se ha ejercido sobre la vida y el trabajo de a multitud”. (Ver más)
[vi] “Biblioteca de libros perdidos.”
[vii] Poetas siglo XXI, antología de Poesía: (http://poetassigloveintiuno.blogspot.com.ar/) Editor Fernando Sabido Sánchez.





domingo, 22 de septiembre de 2013

Éntomos: mutación

Quizás esta desgracia logre serle útil a la entomología, o  quizás algún imprudente la involucre con una fábula Kafkiana. Ni una ni la otra: la peripecia es propia por instantes impropia.  No recuerdo con fidelidad la fecha; acaso haya sido en el siglo XVIII. En ocasiones dudo de la palabra entomología: (del griego éntomos, «insecto», y logos, «ciencia») es el estudio científico de los insectos. Y yo era un insecto: oruga, gorgojo, grillo…necesariamente no lo sé. No obstante mi destino era asocial más bien de largas jornadas embutido en un caño de alcantarillas o de construcción. Allí el soplido del viento ni siquiera asomaba ni tampoco el pudor de las consideraciones del por qué me hallaba en esa insólita condición. Dos palabras definían la circunstancias: ermitaño y tosco. Era cosa existencial sin posibilidad de comunicación: jamás descubrí lengua con la cual interactuar. Optaba por reorganizar los signos de mis pensamientos situándolo aquí intercalándolo allá. Sí alguien expusiese una resolución a todo esto afirmaría que no habría incógnita alguna para la resolución. Era una táctica de pasatiempo para custodiar la senda del tiempo. Nada impedía tener presente que existían períodos, etapas, jornadas envueltas en un paquete llamado tiempo; lo que no conocía era la fragmentarización del paquete tiempo: la rutina subyacente. Registraba  la entrada del sol,  la llegada de la luna,  del frío, el calor y todas las impresiones ridículas que nos atribuye el simple hecho de vivir; Inclusive conservaba otras perspectivas acerca de la naturaleza: con las alas ascendía unos veinte metros de la corteza y allí todo era  miniatura, una maqueta: hormigas, puntos móviles, geometrías inclasificables. Estas desigualdades me hacían íntegro,  grandilocuente con el resto.  No reclamaba nada. Estaba seguro de las existencias atontadas, solemnes.
Para las migraciones calculaba  el tiempo de esta manera: Luna, Marte, Mercurio,  Júpiter, Venus; Pasados treinta y siete veces los cincos planetas emigraba al norte, o al sur si me encontraba en el norte;  sólo por cuestión de ecosistema: mayor o menor comodidad. A veces eran un hastío las temperaturas y el sudor que originaban.
Perdón por el atrevimiento, aún no he presentado la fisionomía de la entidad oculta. En la cabeza gozaba de tres antenas, dos ojos como los de un Tarsio, más abajo un protórax,  un abdomen muy velludo del cual salían dos alas y dos patas prolongadas; por último una formidable cola. Las patas  me cedían posarme en los cimientos sin peligro alguno. Era la única cualidad que veneraba. Cualquier investigador  hubiese dicho que era un collage viviente.
Intrusamente  el 23 de abril de 1878 aparecí en un cuarto menudo. Algo penumbroso: el suelo con un entablado antiguo, las paredes resfriadas por la humedad y dos persianas que valían de aduanera para el acceso de la luz. En la mitad del tugurio  revelé una mesilla ocupada;  ambos extremos invadidos por dos siluetas. Una garabateaba en un papiro con los ojos obstruidos la otra persistía muda acariciándose las manos riada de callos. “His humé antans lopust” dijo una de ellas con lengua extraña.  Enmudecido me acerqué a una vela y desde allí espiaba cada desplazamiento. Una de las siluetas anotaba planos, trazos ininteligibles que concernían a la escritura de la lengua platicada. La vela era el único faro, el resplandor de cada silueta. Ninguno  distinguió que yo estaba allí. Algo sucedería. Una premonición vehemente, me inquietó. Mis órganos comenzaron a movilizarse de por sí solos. La cera cayó justo encima de una pata lo que paralizó mi autonomía. Varias porciones de cera comenzaron a caerse como si se trata del apocalipsis: la venida del mesías. “Wouna mima goalás” proseguía  la voz. Forcejeaba, trataba de zafarme. La condición de insecto, monstruo,  hizo que empezará a  bramar a emitir un ruido hosco. Una y otra vez con frecuencia acrecentando el tono, fastidiando a los presentes. Una mano se aproximó de repente. Cuidadosamente corrió la cera que aplastaba mi pata. Me tomó levantándome con dos dedos y a sus ojos me acercó. Simulé no verla. “Ahora verás” le dijo a su interlocutor que habitaba pálido. La anciana me embutió dentro de un líquido hediondo y luego me estampó contra el suelo. No conseguí transportarme. Como pude salí del cuarto. En el pasillo colgaban innumerables retratos acromáticos con miradas penetrantes: abajo cada uno de ellos tenía serigrafiados datos que no pude analizar. Finalmente gané salir por un orificio de una de las paredes de barro. Afuera mi cuerpo convulsionó, sentía frío, malestar por las regurgitaciones; los tejidos de cada órgano minúsculo se rompían. Explotaban formándose hematomas, coágulos, enfisemas. Estallaba, mutaba. Las patas comenzaron a cambiarme, los contornos;  reaparecían nuevas envolturas. Los ojos de Tarsio crecían aún más; no acertaba lo que había querido decir con: “Ahora verás”. Las palabras  zumbaban, cambiaban de intensidad como las notas de una partitura. Estaba hundido en un proceso de metamorfosis. De las patas eyaculaba calcio, tendones, arterias, y finos tejidos. Lentamente la mutación alcanzaba a su fin, incorporándose con un hígado, dos pulmones, dos ojos, un miembro. Lánguidamente me convertía en un bípedo…sobretodo en humano.


Bernabé De Vinsenci