domingo, 30 de junio de 2013

 Cuando los hombres suspiran
detrás del celeste esponjoso
no queda más en el purgatorio
que las venas de sus patrimonios,
los callejones de cementos en efemérides
y  las sentencias oriundas del  lagrimal.

Sucios los diciembres
peregrinan en la huida del tiempo
y el hombre no sabe qué forjar
para contener el tiempo
de la ausencia:
 Suspira
Recuerda,
Se retuerce,
Solloza,
Gime contra la puntada
del pecho
y dialoga con las sombras  
para aliviarse de su cuerpo.

Las generaciones
 se pierden.
Unas a las otras van
 entregándose.
Sobre ellas habitan
doscientos coágulos de valores
un ADN incrustado en el cuerpo
y  tres reliquias en el armario.

¿De qué pérdida hablan al recordar?
¿Acaso no es un ejercicio de preservar
en la memoria lo válido de la ausencia?

Los cuerpos no trascienden
la invención ha sido
para que trasciendan
la acciones de sus cuerpos.


Bernabé De Vinsenci 

domingo, 23 de junio de 2013

Mordí colillas, gotas de aguas turbadas
y  ácidos segundos de una sombra estirada.
Averigüé, aclaré y sudé: ¿Cuánto más?

A letras, llegué y hablé con el papel
¿De qué? Ahí  nada se podía escribir:
tinta podrida y eterno mutismo.

Preferí, y decidí sobre la tumba
de la elección:

entre las ruinas
siempre hay algo por hacer.  


Bernabé De Vinsenci



¿Impedir la sombra foránea de cada cuerpo,
su mutismos, su curvaturas, la paciencia de ser sombra?
¿Quién?
La sombra ¿Un patológico retortijón de intestinos?
O ¿Una dictadura del  cuerpo en el acromatismo? 


Bernabé De Vinsenci  
Quiero el órgano del yo cuando el yo es otro:
un cuadrúpedo de bestiario
un huraño de nicotina.
¿Quién pone el adjetivo a esta alimaña?


Bernabé De Vinsenci
                Dí
Dicen que caminamos
Empastados a las hojas
Maniatados al otoño,
Entre pus y
Nostalgias de pretéritos febreros.
Tantas amapolas
En esta orbe.
Serán demasiadas?


Bernabé De Vinsenci 
El huraño y el senil
             Bernabé De Vinsenci

Ocurrió en una fecha en la que Adelio Arce no recuerda con precisión. Sospechaba en la etapa de su mocedad, y aún sigue sospechando sobre su patología huraña. Habían pasado tantas décadas de aquello que todo parece confundirse con un suceso onírico. «Entiendo que no es un agravio la escasa capacidad de mi memoria- Recapacitaba Adelio-Pero los días pasan tan a prisa que tienden a parecerse productos de una máquina que reproduce jornadas en series». Lo obvio es que los rostros no se deshacen, y cuanto más anómalas son las facciones más lúcida es la imagen que se tiene de él en la memoria. Las primeras observaciones que le dirigió  Adelio Arce al francés no fueron demasiadas caritativas. El senil vestía con un saco oscuro, corbata blanca y lo más connotativo de su aspecto, la cabeza calva irradiada por el reflejo de alguna luz de neón. Cuando éste conversaba emitía una fonética tosca y formal que lo confundía con un jurista. Cada enunciado que dictaminaba sus oyentes preparaban la audición como si fuesen a presenciar una conferencia. Carlos Marchant era hijo de franceses, popularmente reconocido en la universidad por sus promulgaciones de los hechos que habían ocurridos en París. Era habitual que narrase episodios históricos de Francia: Mayo del 68, La revolución francesa, Ferdinand de Lesseps… y de vez en cuando, si algún interlocutor le cedía paso, se atrevía a departir sobre la inexistencia del inconsciente. Explicaba: «Es una simple teoría imaginaria ¿Dónde está el inconsciente? ¿Lo ves? ¿Lo tocás? No. ¿Y entonces? » El oyente permanecía mudo, volteando los ojos sin lugar fijo. A menudo lo que exponía Marchant para Adelio, quien captaba alguna frase a la pasada, era validero «Roberto Arlt es el eje de la literatura argentina-Decía- ¡Qué hermosa frase la del prólogo a los lanzallamas! “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo ».
 El anciano solía caracterizar a las teorías como consideraciones, y no como aquello verdadero y absolutista. Era frecuente que al conferenciar frunciera los hombros, y continuase ejecutando garabatos con las manos. En la institución se empezó a reconocerlo como Sócrates. Continuamente se lo veía en los pasillos dialogando con otros estudiantes. « En cierta medida las personas mayores en la universidad -Pensaba Adelio-Crean discípulos persuadiéndolos con narraciones de sus pretéritas experiencias ¡Yo nunca voy a poder hacer eso!». Severamente le incomodaba la no posibilidad de relacionarse, creía ser un autista.
Adelio ingresaba a sus horarios de cursada, y mayormente lo topaba al francés  con unas fotocopias bajo el brazo. Arce sesgaba su mirada hacía el suelo, y fingiendo indiferencia seguía la marcha; o simulaba no escucharlo mirando algún afiche del PTS.
Hubo una jornada, el 21 de mayo de 1983, en la que varios cursos habían de reunirse. Cada catedrático formulaba una temática que luego expondrían los estudiantes. Adelio gozaba de tener el seminario con su terminación en libro “Curso general de la lingüística” De Ferdinand De Sausurre. Textos publicados en 1916 por Charles Bally y Albert Sechehaye, dos discípulos del sueco. Ambos habían rescatado apuntes del bigotudo sumándole los aportes de sus propias agudezas en el seminario.
Las consignas proponían discutir acerca de las definiciones capitales del la lingüística como ciencia: Signo, valor lingüístico, mutabilidad, inmutabilidad…. Se hacía notable que el manejo de la teoría resultaba abstracta para los recién principiantes en la materia. Adelio cavilaba que los debates se hundieran en un proyecto filosófico-especulativo pasando por alto la efectiva intención de Ferdinad de Saussure. Varios mencionarían el inconsciente de Freud, y pregonarían la definición de la lingüística sincrónica con el significado torpe y chato: « A la vez». Adelio rememoraba haberle preguntado a un compañero de curso qué significaba sincrónico, y el tísico dudando de su propia definición le había manifestado: «Dos cosas a la misma vez».
Llegó el día en que se reunieron. El decano de la facultad examinaba minuciosamente cada silueta detrás de un ventanal y platicaba con Jorge, el portero de la tarde. Un hombre rechoncho que padecía de diabetes. Los colegas parodiaban con que se trataba de una movilización reformista universitaria. Al distinguir a Beatriz, profesora de Introducción a la comunicación de inmediato dieron cuenta de que nada de eso ocurriría. El discernimiento los puso en un estado de sosiego. Tanto el decano  como el portero sabían de algunas administraciones ilegales.  
Carlos Marchant encabezó la discusión poniendo la atención de todos:
-¡Muchachos! Dejen de persuadirse con teorías de burguesía…de individuos que vivieron en plena vidorra. ¡Kant lo decía! Nunca se llega conocer la «cosa en sí», sólo podemos saber cómo las cosas aparecen frente a nosotros.  
Uno de los que se situaba en entre la multitud, prosiguió satisfactoriamente las ideas del francés:
-¡Sí, tiene razón Carlos! Sócrates, el maestro. ¿Por qué no seguir sus huellas? El griego fue una especie de Jesús Cristo, caminaba diariamente deteniéndose a conversar con cualquier individuo: Esclavos, mujeres... ¡Cio me nihil scire o scio me nescire!
Adelio hervía de cólera. Tenía la piel irritada y los puños inquietos. No concebía cómo el anciano lograra hacerse voz y conquistara la masa estudiantil con tan pocas palabras. El era uno más, nadie sabía que era Adelio Arce. No soportaba su anonimato. La mayoría de la institución estaba atenta con lo que sucedía en el patio. De improvisto, Adelio exaltado y sin retenerse vociferó:
 -¿Qué dice?-. Al tanto que se dirigía a Carlos Marchant.-  ¿Quién cree que es usted? -
Carlos Marchant observó a Adelio, y mostrándole  la mitad de sus dientes con una carcajada, comentó:
- ¿Recuerda a los Romanticista? ¡Escuche el espíritu universal!
- ¡Qué espíritu universal! La historia no necesita a gente como usted.
- ¿Quién mueve la historia, hijo? Hegel lo señaló: el espíritu universal –Afirmó el anciano.
- Pero Marx ha refutado eso… Los cambios históricos se dan a partir de los modos de producción.
- ¡No me venga a hablar de Marx, por favor!- Urgió el senil.
Quienes presenciaban la situación callaron. Los profesores se reían y tomaban café a grandes tragos.
-¡Usted tiene alzhéimer!-Profesó Adelio, sabiendo que el único alzhéimer era su vergüenza frente la interacción con los otros.
-¿Cómo dijo mocoso?-
El anciano se dirigía hacia él, caminaba con desarticulación y ejecutaba  movimientos insólitos con la boca. Los espectadores un poco tensos, intervinieron deteniendo a Carlos Marchant  mientras se resistía dando puñetazos al aire. La situación había excedido los límites previstos para las autoridades. 
-¡Déjenme! ¡Déjenme! - Gritaba el francés con las venas del cuello moradas.- ¡Este muchacho me va a conocer! ¡Me va a conocer!
Adelio  en consecuencia del susto había retrocedido unos tres metros para ocultarse detrás de sus compañeros. Carlos Marchant alzó del suelo las fotocopias de Ferdinand de Saussure, y encendiendo un cigarrillo y con la cabeza gacha tomó la puerta principal. Una fuerte llovizna comenzaba a caer y poco a  poco las gotas le regaban la cabeza. Hubo silencio. Todas las miradas estaban direccionadas al mismo lugar, cosa que incomodaba más al francés.
 El decano desde la sala de informes contemplaba todo. Se fundaba en el papel de omnisciente.    ­­­
-¿Qué se esconde?-  Le dijo Carlos Marchant al verlo- ¡Usted es quien cría ese tipo de generaciones! Así vamos en este país, cada vez al núcleo de la demolición.
El decano se asomó desde la puerta y sacándose los anteojos, respondió:
-¡Váyase! ¡Acá no queremos gente como usted! Nosotros trabajamos a los muchachos de la manera correspondiente.
Carlos Marchant  bajó la cabeza, y ante las miradas de los militantes como de costumbre sentados en las mesas, dijo:
-¡Qué mierda miran ustedes!




viernes, 7 de junio de 2013


 




 Intervención publicidad "Inside" Agostina Quagliardi  /  Bernabé De Vinsenci 


 “El arte, un acontecimiento suicida en donde la  subjetividad busca distorsionarse, evadirse de su sitio común, violentada por los mecanismos externos. Es él quien impone los medios para alcanzar la vitalidad, el éxtasis para remover los cimientos que nos han dejado instalado con el artificio de la violencia.
El acto creativo, materia prima de rupturas, no flota en el aire como algo inalcanzable para unos pocos. Sino que se abre a todos para afirmar lo que el mundo circundante se niega a decir.
¿Cómo concederles liberación a los prisioneros de la vida?
¿Y cómo definir esa prisión que no es necesariamente una cárcel?
Quizás estas interpelaciones le corresponden al arte.
Ahora faltaría exponer una última pregunta:
¿Por qué han insistido en definir lo indefinible: “qué es el arte”?
¿Requiere el arte de una definición precisa?
¿No es él quien responde miles de preguntas creando así su propia naturaleza?”

                Bernabé De Vinsenci





























































Bernabé De Vinsenci





Agostina Quagliardi

Setenta y seis marcas en el cuerpo

       Antonio Durán figuraba en su enrolamiento, sin embargo para sus camaradas era más conocido como el “Zurdo”. Durán había sido el único apresado por la junta militar dentro del grupo. Los otros por casualidad estaban libres o exiliados. Mayormente los subversivos solían utilizar un nombre falso para confundir las persecuciones militares. Al cabecilla lo nombraban “Zurdo” o “Labrador”  por ser el ultra izquierda del montón, el más dispuesto a entregarse por la revolución. El dirigente o cabecilla vendría a ser aquel que menos atiende los reglamentos de una dictadura, y el que más defiende los acuerdos del estatuto subversivo. La palabra subversión proviene del latín Subvertere que significa: “trastocar”, “dar vuelta”. A Durán lo capturaron un sábado, aproximadas la seis de la mañana, mientras dormitaba en uno de los galpones del ferrocarril Nacional. No hubo tiempo para averiguaciones y tampoco para explicaciones, el primer súbdito de la fuerza al verlo, de inmediato le disparó un tiro en el pie derecho. Lesionado en el suelo los milicos se abalanzaron sobre él y entre forcejeos lo cargaron en un Peugeot 504 de vidrios polarizados. Antonio suponía lo que podría ser una tortura una vez en cautiverio, pero al experimentarla pensaba por qué no había sido un civil cualquiera antes que un subversivo. Nunca antes de ese momento pudo imaginar lo que se sentiría la picana eléctrica, idea de Polo Lugones que se introdujo como método de tortura en la dictadura de José Félix Uriburu cerca de los años treinta; lo que luego acabaría por denominarse “la década de infame”. Antonio mordía su lengua y cavilaba al tanto que lo torturaban: ¿No se utiliza la picana para los transportes de hacienda y las mangas de los establecimientos agropecuarios y frigoríficos? Pase de ser un revolucionario a un animal de zoológico ilegal. En ciertas ocasiones al darse los cambios de turnos en la vigilancia, según el milico, le permitía fumar un cigarrillo. Adentro de la celda una nube de humo crecía, al tanto que daba pitadas consecutivas, que ni siquiera las moscas se animaban a entrar. Eso sí, lo que no estaba permitido en los cautiverios era la libertad de aseo. Por obvias razones Antonio estaba hediondo y excesivamente velludo. Se encontraba irreconocible, el mismo grupo en tales condiciones no lo habría identificado. Exactamente, no conocía con puntualidad las horas y las fechas de los días. De modo que el subversivo persiste en su aislamiento apartado de los movimientos vitalicios. La puesta en escena que los dictadores les ofrecen es electiva, es decir, reinventarse una posibilidad de existencia en el abismo o aplanarse entre los escombros de ese abismo.
     Un rectángulo de pavimento valía como cama y venciendo al frío optaba por acurrucarse de la mejor manera posible para que su cuerpo empezara a ascender la temperatura; entre los alaridos de los demás detenidos el sueño devenía y aún así la pesadilla insistía en prolongarse hasta el mundo onírico.
Al otro día despertó con los ojos repletos de lagañas y una fuerte molestia en la columna vertebral. Oía que desde la calle una transmisión de parlante resonaba con el slogan: “Un terrorista no es sólo alguien con un revólver o una bomba, sino también aquel que propaga ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. Los enunciados lo estremecieron, un fuerte retorcijón de panza hizo contraerlo; cayó al suelo y empezó a sollozar. Debía mantenerse cauteloso con los gemidos. Era la hora del desayuno y cualquiera de los milicos lo escucharía. Ingeniosamente tomó una media y la mordió con los dientes. Esa mañana decidió no desayunar el mate cocido tibio con la migaja de pan correspondiente. Los nervios lo colocaban en un estado de anorexia, y sería incapaz de probar un bocado con las manos llenas de hematomas y sangre reseca. Cerca de las once, hora que Antonio desconocía, le gritaron:
-¡Durán!
-Sí, señor.
-¡Párese en posición que abriremos la celda! ¡Ponga las manos firmes contra su cuerpo y la mirada al frente!
La puerta emitió un sonido estrepitoso al abrirse. Las dos bisagras estaban cubiertas de óxido y el color de la fachada no se entendía bien si era un verde claro, o un azul deteriorado. El general ingresó custodiado por un médico felpudo y de cara pálida.
-¿Cómo se encuentra, Durán?- Saludó el general con una mueca.
-Bien- Expresó moribundamente el detenido. -Sólo con un poco de dolor en las manos-
-¡Dolor! ¡Dolor, Durán!- Dijo burlándose y prosiguió -La Patria tiene dolor. Está infectada por miles de subversivos como usted. Pero no importa, el conflicto será regulado. Por supuesto gracias a nuestra intervención-
Antonio no agregó nada, prefirió mantener el silencio. Deseaba llorisquear como en su infancia.
-Bueno, Durán- Interrumpió el general. -Tendrá que acompañarnos-
-Sí, señor- Afirmó espontáneamente tratando de connotar obediencia.
Salieron del lugar tomando un pasillo que se divida con enormes celdas en los costados. Desde adentro provenían gemidos y mecánicos ruidos de pasos. Marchaban con parsimonia, como si el ejecutado tuviera un poco más de tregua antes de llegar a la ejecución final. La lentitud estaba dada por la misma estrategia de sometimiento, a la introspección del subversivo en el lugar, para patologizar la angustia. No sólo la tortura estaba pensada desde las fisuras físicas sino que además con la integración del contacto psicológico inhumano. Lograban que el cautiverio expandiera su función de tortura, hasta el deseo de muerte en los detenidos. Salir de ahí y no olvidar, salir de ahí con la posibilidad de suicidarse. En estos modos estaban repensados los centros clandestinos.
Finalmente llegaron a una formidable sala. Era lo suficientemente espaciosa para al menos diez personas. En el centro del sitio, una lámpara de neón colgaba alumbrando la circunferencia de una mesa hidráulica. Un pálpito frenético le vino en el pecho a Antonio cuando observó diferentes utensillos esparcidos sobre una mesa pequeña de metal. El general se detuvo a dialogar con otros oficiales que ya estaban allí y al concluir, volvió.
-Acompáñeme- Le dijo, penetrándolo con la mirada -No tenga miedo-
Antonio lo siguió por detrás al ritmo de sus pasos. Temía de rosarle el talón, y hacerlo tropezar.
-Siéntese- Indicó el general con la mano, llegando a una silla.
-Sí, señor-
-¿Duran?- Interrogó uno de los que estaba allí.
-Sí, señor, Antonio Durán-
El general se paró enfrente del detenido y comenzó a decir:
- Usted sabrá que está aquí por razones obvias. De las cuales tuvimos que tomar medidas por el bien de la Patria. No es del azar que lo hayamos traído. Nos vemos obligados a realizarle una serie de preguntas, en lo que usted tendrá, obligadamente, que responder. Por su bien y por el bien de nosotros ¿Entiende?
-Sí, claro-
El detenido había notado mientras el general hablaba, que unos de los hombres  llevaba consigo una tijera de podar. Quiso evadir sus pensamientos a un panorama diferente del que pasaba, pero no pudo.   
-¿Conoce usted a estas personas? Uriel Bielsa, Humberto Bettini, Alicia Ardoy, Eva Varela, Susana Taiana….
Hizo una pausa, y esperó la repuesta del detenido.
-No, señor- Contestó sabiendo que mentía. -No conozco a ninguno de los que ha mencionado-
-¿Cómo dice?- Dijo el general ruborizado.
-Que no conozco a ninguno, señor-
-¿Usted me toma el pelo Durán?- Dio un suspiro hondo y continuó -¿Se cree que somos gansos? ¡Miguel, venga!
El interlocutor alzó la cabeza y se aproximó a un paso del general con la tijera en la mano.
-Muéstrele como hacemos hablar aquí a las personas-
Durán estaba maniatado de las manos y de los pies. Movilizaba el cuerpo lo que más podía, pero fracasaba, era imposible hacer cualquier tipo de ademán. El hombre puso la cara interior de la tijera en el dedo del detenido, y esperó la orden.
-Bueno, Durán. Usted es quien decide…
-Señor, le aseguro que no conozco a ninguna de esas personas.
 -¡Adelante Miguel!-Ordenó el general.
El hombre tomó con cada mano un canto del ojo de la tijera y fuertemente presionó en uno de los dedos de la víctima.
-¡No! ¡No!... ¡Se lo ruego! ¡Por favor!...- Exclamaba Durán retorciéndose.
-¡Tomá! ¡Tomá una maza!- Intervenía otro de los hombres -¡Con mazazos, es más fácil!-
-¡Basta! ¡Basta!- Gritaba el detenido con el rostro rojo.
En dúo obtuvieron cortarle el dedo. Habían distribuido sus funciones: uno presionaba la tijera en los huesos, y el otro daba largos golpes. Con este método habían logrado dividirle en dos el dedo meñique. Para que la hemorragia no se produjera, un médico actuaba. Daba indicaciones, y respondía a todas las dudas que los generales se hacían al ver tanta sangre derramándose. La logia de los médicos, y los torturadores era mantener a los presos vivos, alargar la tortura hasta que ellos, los militares, decidían dar muerte. Al día siguiente le comentaron a Durán que su dedo probablemente sería enviado a sus camaradas subversivos; y que saldría de prisión cuando cada uno de sus colegas fueran atrapados. Las declaraciones arrancaban a la mañana y finalizaban con el atardecer. Algunos morían en el periodo de tortura, otros en las celdas. Antonio logró escuchar en una de las conversaciones que, los cuerpos sin vida habrían de ser enviados al río de la plata. Era la mejor estrategia para no dejar rastros, y para no generar rumor en el resto de la población sobre la masacre que se estaba acometiendo. Los autos parlantes seguían pasando con diferentes slogans, el último que Durán escuchó fue: “Las urnas están bien guardadas”.
No conocía con exactitud el transcurso del tiempo, pero estimaba que habían pasado cinco años. La última voz que oyó dentro del centro clandestino había sido del mismo general, aquel que lo obligaba a hablar por las mañana tres veces en la semana: “¡Se pudrió todo Durán, se pudrió todo!– Y se tomaba la cabeza -Tómeselas. No me mire con esa cara de niño feliz. Váyase”.
Un seis de junio de 1984, Antonio Durán decidió acabar con su vida, no soportaba las marcas en su cuerpo, que lo retraía a aquellos días de cautiverio. En un papel había dejado escrito con letras rojas: ¡Patria o muerte, carajo!

 Bernabé De Vinsenci