martes, 23 de julio de 2013

Una clase, todo un circo.




                Juan Ritvo señaló que el proletariado es reaccionario. Y no es nada insólito, toda clase social actúa en conservación debido a su condicionamiento que implica modos de ver y representarse ante el cosmos. Marx expuso: “La conciencia es un producto social”. El proletariado, vocablo que vive en oposición de, o. Y está oposición se la designa a la burguesía. Todo aparenta ensamblarse en un texto dialéctico-filosófico, o en otra medida, según el juez, en el materialismo histórico. Si existe algún elogio en el arte, es la hibridad de apostar en la coyuntura de la realidad con la quimera. José Saramago dijo: “Todos dicen que soy pesimista y el problema, en realidad, es que el mundo es pésimo” está frase podría resumir la intencionalidad creativa. Es decir disolver lo pésimo en una condición de delirio. La servidumbre de narrar consiste en no darle a los acontecimientos las experiencias propias, en este sentido los relatos tornan a volverse fastidiosos. Por eso mismo el acto delirante -distorsión de la subjetividad- es impropio. Una pragmática que enajena al individuo.
La burguesía es una clase considerablemente peculiar y en ocasiones incierta, por esta misma obviedad, paralela a ella, existe el proletariado. La burguesía desempeña su función social aspirando a constituirse sobre una imagen. Ellos no quieren ser parte de la homogeneidad. Dentro de la homogeneidad codician subirse a la cima para consagrarse en una especie de divino. La idea puede reducirse con las mismas palabras que han sacrificado a lo largo de la historia: “Ellos allá y nosotros acá”. La imagen constituida no es un boceto hecho en un papel luego expuesto en un museo. No. Es una imagen cotidianamente competitiva, podría decirse, materialista y acumulativa, de relaciones sociales con altas jerarquías y de concurrencias a altas fiestas. En estas bases prácticas e ideológicas es propensa a desplazarse la burguesía, insistiendo a veces, como por ejemplo: “No yo no soy burgués”, o “Soy de clase media para abajo”. En el siglo pasado Marx denominó esto como “Falsa conciencia”. A veces sucede con la imagen reciente dicha que posee tipos de mecanismos para no declinar y uno de ellos es la auto-represión. Hay instancias, límites que no deben trascenderse. Si se lo hace, el resto de la sociedad, ya acostumbrada a la imagen, comenzará a dar chisme de todo lo acontecido. Tal injuria puede presentar déficit para la estructura armada: la imagen. Por lo general las parejas matrimoniales, uno o los dos, pasada la quincena de años de convivencia optan por tener un recóndito amante. Lo trágico, y vergonzoso de la clase burguesa deviene pasado los cuarenta y cinco años; en el momento crítico en que los hombres pueden llegar a padecer cualquier enfermedad que acabe con su existencia. La auto-represión comienza en un auge del cuestionamiento. Y he aquí que todo se desbarata, los instintos lanzan su punto de fuga, realizan lo que nunca han realizado. La imagen-social es indiferente al burgués, quien ha transgredido las normas de su clase. Nimiamente lo que importa es vivir, sacar a luz lo verdadero. Carlos Marx llamó lumpemproletariado a quienes se encontraban al margen de los proletariados. Como última etapa de su clase el burgués pasa a ocupar un lugar socialmente por debajo del lumpmproletariado. 




Bernabé De Vinsenci 

La negación somete al cuerpo
y el oficio vierte solidez en lo rígido,
el cerebro pule su anatomía en
circunvoluciones de muerte,
el sexo habla impropio al género
y el deseo hace un duelo contra lo trágico.
¿El lenguaje contiene agujeros y grietas
que relampaguean contra la artesanía
de inventarse, un sonido de exaltación
o ignorancia, representa la rima,
un flujo arterial?
La fe es un estado donde la perversión
se evapora: el hombre ansia la superstición
contra el dominio de las cosas.
Trazos a trazos, con líneas depuradas
y doscientos garabatos
la locura sin saberse de ella se esboza.


Bernabé De Vinsenci


Es el efecto encierro, el barro psicótico,
la semanticidad de la palabra manicomio
y no en lo referido a la anatomía material.
El manicomio es el medio de subsistencia,
la condición del oxígeno, el sustrato social,
los límites corpóreos, lo aún no florecido.
¿Quién soporta coágulos de ideas
como botellas decapitadas?
Un flujo de pigmento
ansiando desterrarse del lienzo,
así se representa el manicomio.

Bernabé De Vinsenci 

jueves, 18 de julio de 2013

Sobre el tiempo y la nostalgia
los centímetros desvanecen
 el tardo farol
con mezclas de agonía
asienta al ojo en miopía
y terca como una mula
al uso de razón.
Quien anda suelto
padece de memoria,
quien anda atado
el déspota lo ha achurado.
¿Habrá que achumarse
para baldear los desechos
de la vida?
No hay prójimo que sirva su ausia
sin asfaltos de inmolación.
Es el flujo del paso
que deja serigrafiada
la piel y sus ardores nocturnos.

Bernabé De Vinsenci 

sábado, 13 de julio de 2013

CAREM

No,
no son los cadáveres de calcio
los que bullen a la realidad.

¿Como si el cadáver brotara de la carne?

Un flujo árido,
cuatro hielos desintegrándose  por sí solos,
cinco  ecuaciones de lenguajes ermitaños,
siete pus,
miles de hemorragias existenciales,
tres moretones en la pared 
y un brebaje de nicotina cerebral.

¿Cuántos condimentos para
un cadáver sin calcio?


Bernabé De Vinsenci 

martes, 9 de julio de 2013



            Yael



   En la localidad de Yael los civiles aprendieron a saludarse ceremoniosamente con los ojos; en ocasiones aplicando lo que se denomina metalingüística ocular: la participación de las pestañas u otros factores. Vale añadir a ésta sutileza de cortesía lo siguiente: cuando un hombre camina por una callejuela al toparse con otro éste le alarma con la vista, a modo de saludo, qué es lo que le quiere expresar. Podrán preguntar cómo es ésta intercambiabilidad exenta de léxico. El código es el efecto de un convencionalismo hipnótico, o sistema de señales, que según la dilatación de la pupila, la agresividad es mayor o menor: cuanto más dilatada la pupila menor la agresividad, y viceversa. Es una comunicación social que tiene más de congénito que de virtud. Hay individuos nacidos con los ojos fuera de lo común, ciclópeos y otros no tanto al punto que suele confundírselos con japoneses. Parecería una ciudad de anómalos para aquellos que están habituados a las grandes urbes, a la pasión por el insulto, y a la travesura del poder. Sin embargo todo no es como aparenta en las primeras líneas. Llegado a ciertos hechos sociales - riñas, boxeo cotidiano, luchas de clases - tuvo que convenirse reducir el diálogo, y cualquier modo de hacer explícita la ideología sin que el locutor se precaviese de su prudencia. Quizás este contrato social pude ser tildado de arbitrario y despótico. Pero no. Aquí no se trata de malas designios sino como afirmaban los viejos y conservadores sociólogos de crear armonía.
Las estadísticas de peleas habían disminuido progresivamente al ponerse en vigencia este mecanismo de trato. Quien transgredía la norma se lo cautivaba por dos días sometiéndolo a rigurosos ejercicios oculares. Precedentemente la gran utilización del léxico, ideologías, y maléficas metáforas convertían un conjunto de enunciados por un conjunto de puños. Y como en la naturaleza sobrevive el más apto; el que más diámetro poseía se consagraba victorioso.
La fraternidad  se había cumplido con esta forma de cordialidad. Nada acontecía como antes, la cosa política, económica, y social era disputaba por la mediación de los ojos, y punto.
El bando de oposición y oficialismo, falsedades y veracidades, es decir, la prensa como núcleo generador de opiniones fue descartada siendo trasladada a Júpiter. Allí algún asteroide fatigado de tanta soledad estaría entregado a una larga charlatanería. Ciertamente se convino que no era necesario mal informar y confundir a los oídos. Se vislumbraba una etapa nueva,  los hombres podían vivir una vida más tenue sin atribuirse fuentes que más de las veces solían ser ideadas a conveniencias minúsculas. Diversos valores que incomodaban la convivencia mansamente se esfumaron. Ninguno debía empalagarse  por si el otro pensaba de modo parejo o desigual. Cada uno se constituía en el seno de su rancho sin el instinto de verificar cómo iba la cotidianidad del vecino. Pronto los nombres se desfiguraban para convertirse en dichosos signos. En vez de una secuencia de fonemas se improvisaba con un icono pictórico; y éste presentaba los mismos rasgos de la victima iconizada. La propuesta de Gilles Deleuze y Félix Guattari del rizoma podía distinguirse claramente en Yael, no había una jerarquía vertical sino por lo contrario, horizontal. No había torneos de narices para ver quién la tenía más puntiaguda que las otras, todas estaban caracterizadas por ser monótonas. 
El proceso de interacción silenciada llevó años para poder aplicarse eficientemente. Entiéndase silencio no como redención ante la expresión. Sino por la apertura insólita de dirigir las cosas, ejercitar el movimiento ocular y la prudencia a través del silencio. Aclaremos que estaba permitida la intervención de ambos ojos y además de pestañas, y morisquetas con las manos. Asunto que dependía exclusivamente de la destreza individual.  Los menos adaptados optaron por exiliarse y combatir desde afuera ante la supuesta obscena implementación. Al tiempo dieron cuenta de que ni un ápice podían reformar. Pese a que nada boicoteaba el desarrollo de Yael los años dieron fruto a las nuevas normas que fueron engrosándose. Al fin y al cabo, el sistema logró ser de manera tal que muchos forasteros inmigraron a la nueva ciudad con la intención de vivir pacíficamente.

Bernabé De Vinsenci