LA SUERTE ESTÁ DERRAMADA
No soportaba más,
irremediablemente sus abdominales se encontraban fatigosos y actuaban de tal manera hasta que en
el primer movimiento insignificante, el síntoma doloroso reaparecía. Y nada se
sabía de él. La inhalación, unos segundos y el furtivo dolor latente y en
aumento. Extendiéndose desde las tetillas al sexo. Mocovich, señor terco y
flaco, siempre se consideró el ser
indeseado para cualquier mujerzuela, no era el hombre estereotipado para gustar
y entrar en los juegos de seducción. <Al fin, el miedo es la contingencia misma, he
permanecido recreando muros por mucho tiempo. Y hoy, desconozco a los autores,
ellos han devorado más que mis años. Tener cuarenta y siete no es poca cosa
para la consciencia que se cuestiona de a ratos>Así
pensaba y arrepentido del mismo acto, observó
sus pies. Se veían nublosos y chuecos, tapados en una tela y protegidos
por una suela. Las nubes en su parsimonia innata de movilidad se entreveían por
formas. Y desde abajo, multitudes observaban creyendo que el cielo con el celeste
degastado hablaba a través de líneas inorgánicas. <Aquí estoy-Rió y unas
lágrima se le derramó-En medio de lo absurdo conviviendo con ello y escapando,
todo transcurriendo al mismo tiempo. La señora de la vereda de enfrente no cree
otra cosa de mí que estoy a punto de asaltarla> Y la anciana aceleró los pasos,
unos tras otros mecánicamente, y la sombra de sus espaldas no hacía más que
escapar de Mocovich < ¿Qué mierda cree usted? > Exaltó el tono hacía su
interlocutora prejuiciosa. La mujer de unos setenta años echó una mirada en
donde él estaba y prosiguió con su huida. Esta huida cotidiana, de todos
huyendo de todos. Si hay algo que caracteriza a las ciudades, no dejan de ser
los autobuses, cada uno de estos avasalla y ayuda a acelerar el paso de los
ciudadanos. Cuando un peatón cruza la calle, éste estima que el autobús viene a
veinte metros, y al traspasar la senda, una hosca y cuadrada forma se implanta
a una milésima de distancia. En esta espontaneidad de acto, la persona, victima,
transciende en una toma de decisión que abarca su abolición como existente. Sin
ir más lejos, las tendencias últimas han sido de optar por el suicidio. Por
esta misma razón en los adoquines, enormes manchas de rojo quedan impregnadas
ensuciándose.
< ¿Pero de que vale pensar? No es la
primera condición consecuente de la nausea. En los golpes de estado de cada
país, esta práctica se apacigua e igualmente desaparecen personas. Por
supuesto, la nausea, agota toda voluntad, nos degrada mantenernos en pie. Que nefastos, y que seductores son los ánimos
de vivir. Hoy piso en lo plano para no caerme y mañana el borde para ver si mi
debilidad permite suicidarme>
Mocovich, camino unas cuadras, su cabeza
gacha, fija al suelo. Aún sentía que muchos lo miraban y daba cuenta de eso por
la perturbación. Los nervios de los ojos le pesaban y no podía
dar una mirada fija ante un objeto.
Hemos hecho, nosotros, los seres sociales, un
túnel que se alimenta de micro-túneles. Cada sujeto es uno, y se comporta enceguecido. Y no basta, esta deplorable
afirmación. Hicimos inmune a esta secta
social, y nada quizá pueda revertirlo. En la fantasmagoría que cada cuidad contiene,
los portazos, el ruido de un automóvil, se deciden hablar por cada individuo, deshumanizan
para luego materializar. <El hombre es omnipotente, señor>Decía Mocovich
a un seguridad <Él puede cometer el bien y el mal, pero se ha vuelto incrédulo,
actúa de mala manera. ¿Y sabe qué? Lo hace con él mismo, el hombre es lobo del
hombre> ¿Se encuentra bien usted? <Por supuesto, mi querido amigo, más
que eso>
¿Qué generación existe hoy? Existe la que se
encuentra en deterioro común. Y no hemos de liberarnos en comunión, lo
contrario, cada día morimos en la comunión absurda, sometidos a la presión. Y
ella nace del sistema irracional que
ejercemos como engranaje para parecernos en nada a seres humanos. Nuca lo
seremos, éste camino vigente apunta autónomamente, y nadie lo hace apuntar,
nadie de nosotros. El vacío se llena en la toma, y no cuando él nos toma.
Hastiado de recorrer las calles, anchas y angostas Mocovich rumbeó a su casa,
allí cocinaría un arroz hervido y se acostaría temprano, pensando en la nada.
<Sí lo años se van en los rieles y creemos, no habernos concretados esperando que mañana será, aún no hemos
comprendido absolutamente nada, aún estamos en el vacío>Mocovich cerró sus
ojos y el sueño lo saco del malestar.
Bernabé De Vinsenci