La
máquina que quiso ser inmortal.
“…una
pasión de la escritura que sigue paso
a
paso el desgarramiento de la conciencia burguesa.”
Roland
Barthes, “El grado cero de la escritura”
Por
Bernabé
De Vinsenci
Roberto Emilio Gofredo
Arlt, más reconocido por Roberto Arlt, y sus “Aguafuertes Porteñas” –editadas regularmente en el diario El Mundo–, además de las novelas capitales “El juguete Rabioso” (1926), “Los
siete locos” (1929) y “Los
lanzallamas” (1931).
Nació en Flores un 26 de Abril de 1900, barrio
porteño, criado bajo la tutela de un padre autoritario, el prusiano Karl Arlt y su
madre Ekatherine Iostraibitzer quien provenía de Trieste, punto de confluencias de culturas en choques
(la austríaca, la italiana, y la eslava) . Vivió los primeros años en un contexto
humilde, y de trabajo, frente a una sociedad cruel y habitualmente hostil. De
niño recibió extorciones paternales: “Mañana
cuando amanezca te voy a azotar”, le decía Karl y el pequeño Roberto no
lograba pegar los parpados durante toda la noche a la espera de los golpes que
llegarían de madrugada. Sin ingresar en polémicas acerca de si el Juguete Rabioso, es o no, una novela
autobiográfica, a Silvio Astier le ocurre algo similar: su padre, figura
severa, lo alza a sus faldas y comienza a darle palmadas por atrás; además éste
personaje, Astier, se definía por ser un inventor, y por momentos un extático
soñador. A su vez transcurre lo mismo con Erdosain en Los siete locos: “Quien comenzó este feroz trabajo de humillación
fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me
decía: “Mañana te pegaré”. Siempre era así, mañana…”.
En los relatos
tradicionales es usual que el narrador proceda en tercera persona, Arlt es un prosista
que tenazmente pasa a la primera persona: “Yo la definiría”, “Estaba sentado”,
existe un deseo de ser cómplice directo dentro los acontecimientos, de proporcionar
un monologo dejando perplejo al lector; ya que a veces suele confundirse entre
el narrador, y el propio Roberto Arlt.
Quizá del
vínculo inclemente frente al padre, jornalero mal rentado en Argentina, haya
nacido su constructo psicológico y por otro lado la escritura, de su madre, quien
leía folletines. Una típica familia patriarcal. El aumento del trance familiar
llevó al adolescente a desertar de la casa con tan sólo dieciséis años. Luego se
casó dos veces, en 1922 con Carmen Antinucci, y en 1940 con Elizabeth Mary
Shine. Sus amigos testificaban que tenía un gran éxito con las mujeres, pero
sus amoríos casi siempre fueron tensos, de amor y odio extremo, de muerte. Hay una
diálogo en El amor bujo entre
Estanislao Balder y Alberto; éste último expresa (Hablando de Zulema): “A mí no
es necesario que me engañes si algún día te sucede enamorarte de otro. Creo que
la mujer tiene los mismo derechos sociales y sexuales que el hombre”. La
inclinación de Roberto Arlt alcanza a verificarse en una identificación con el
mundo materno, que lo trasladaba a la reconciliación con cierta actividad
placentera de la niñez, y una oposición al mundo paterno. Hay huellas de los
primeros años de vida que perduran en la vida de del escritor, su hija Mirta
Arlt, marcó que su padre era un ser “soñador”, pero por otro lado con rasgos de
despotismo.
En algunos casos
fue calificado, “el otro escritor que no sabía escribir”. Ante la recriminación
de que Arlt escribía con deficiencias, Ricardo Piglia explica que es una falta
de perspicacia histórica como teórica; Arlt había pensado a la lengua nacional
como «el lugar donde conviven y se
enfrentan distintos lenguajes, con sus registros y sus tonos» él elaboró y
modificó este conglomerado. En cierto modo, lo que señala Piglia, es que la
lengua manipulada por el escritor es propia del lunfardo social de aquellos
años y supo emplearla como un recurso
auténtico, conquistando la innovación y la estimulación del lector a través de
una unidad viva. Por otra parte, era un lenguaje con deformaciones sintácticas,
de declinaciones defectuosas, propia del alemán y el italiano que hablaban sus
padres. Roberto Retamoso en “Lenguaje y
escritura en Roberto Arlt”, comenta:
“Se trata, según sus propios términos, de la sonoridad y la flexibilidad de un
idioma comprensible para todos, que se
muestra vivo, nervioso, por lo que logrará sustituir a un idioma rígido que
no corresponde a nuestra psicología”.
El lenguaje
arltiano es una locución activa, fuera posiblemente, de todo artificio; la
materia prima de su labor literaria fue el sondeo del habla para reubicarla en
su escritura: la lengua viva.
Asimismo es
cierto que, en esos años gobernaba un tipo de literatura elitista, inquietados
por la forma escritural y las vanguardias europeas, las traducciones, etc., el
grupo Florida, que Arlt refirió
alguna vez como “la calle sin espíritu”; cuando éstos consiguieron su obra fue,
en descripciones de Cortázar, “para mostrar tan sólo las falencias y las
imposibilidades”. La configuración de Arlt en relación con la sociedad y su
escritura, devienen de su participación por disímiles oficios que, a su vez le consentían
la subjetividad de un proletario, de modo que programó estos acontecimientos
como recursos narrativos, concibiendo a la escritura, un espacio de dispersión
de los deseos. En un reportaje a Mirta Arlt en la revista Sudestada, dice: “En
esa época, lo que hacía –y que a mí me llamaba muchísimo la atención– era armar
radios, esas radios capilla. La primera que hubo en mi casa la hizo papá”. La
escuela de Arlt significó, la práctica autoinstruida y la empresa de la redacción,
en otras palabras, un esquema performático que tensionaba la “moral inviolable”
del sector pequeño–burgués; es obvio que esta empresa le permitía ganar dinero.
Respecto de la
obra de Arlt, José Amícola en “Astrología
y fascismo en la obra de Arlt”, periodiza cuatro etapas de críticas:
1)
1926-1952/REALISMO URBANO: Nacido en
toma de conciencia de fenómenos crecientes de Buenos Aires por oposición al
campo que empieza a perder interés y desaparecer de la zona iluminada
Argentina.
2)
1935-1964 /ANGUSTIA EXISTENCIAL: Gestada
en la profunda influencia de Sartre en la Argentina.
3)
1965-1971 /SEXUALIDAD, CLASES SOCIALES Y
ESTRUCTURAS NARRATIVAS: Los impulsos vienen ahora de un renovado freudismo,
de una intensificación del marxismo y de las luchas estructuralistas.
4) 1972-PRESENTE /POLIFACETIMOS
“LOS OFICIOS DE VIVIR”
El público arltiano
fue, como Beatriz Sarlo lo señala en “Escritos
sobre la literatura Argentina”: “Arlt era leído por un público al cual le
devolvía una imagen no reconciliada de un mundo que no consideraba divertido
sino despreciable y mezquino”. Si el
semiólogo francés Roland Barthes propone que la escritura es lo indecible del
habla; este fue el trabajo que efectuó el escritor porteño en sus lectores: simbolizar a través de los
signos y la escritura, elementos sociales latentes pero indecibles para la
propia sociedad. Arlt no sólo edificó un
modo nuevo de hacer literatura, al mismo tiempo instituyó su propio público. Da
la impresión de que en ese “registro del lenguaje en la sociedad” le permitió
al escritor acceder a un público aglomerado que, no sólo lo leía sino que además
abrigaba afinidad. En el prólogo de su tercera novela, “Los
lanzallamas”, Arlt escribe: “Crearemos nuestra literatura, no conversando
continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que
encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y
“que los eunucos bufen”. Forjar una práctica
literaria “nueva”, explotar fuerza de trabajo en los “contenidos” –lo que más
le interesó– igual que un peón de estancia o un albañil de una obra de
construcción, no como aquellos que atarean un bordado durante diez años y se
toman otros diez años de recreos. En cierto punto Flaubert, citado por Arlt en
dicho prólogo, connota tiempo y estilo; “Arlt”, por el contrario una hoja y un papel y a la manera nietzscheana:
un decir a martillazos. Roberto carece
de tiempo para proyectar sutilmente el estilo. Por lo tanto ambos nombres Arlt
y Flaubert son antitéticos en cuanto a la práctica específica de escribir. Lo revelador
aquí es que a Arlt los bordados no le atañían;
lo que sí le concernía era escribir “entre
los ruidos de un edificio social que desmorona inevitablemente”. Y en esas condiciones
no había tiempo para el bordado.
En una de sus
redacciones Arlt hace referencia a su apellido: "Otras personas también ya
me han preguntado: ¿Dígame, ese Arlt no es pseudónimo? Y ustedes comprenden que
no es cosa agradable andar demostrándole a la gente que una vocal y tres
consonantes pueden ser un apellido.” El escritor mediante sus escritos, a decir
verdad, instaura su “imagen de autor”, que a través del trabajo prepotente
–escritura– y con hipérboles, refleja la
idiotez incurable de la sociedad pequeño–burguesa, incluso, a veces la de
sus propios lectores. El escritor rioplatense rastrea y figura en su escritura:
1) Discursos distantes del terreno de los
escritores. 2) Saberes sin tradición
letrada. 3) Maestrías que surgen del
mundo del trabajo. En el marco de estos recursos Arlt traza una ficción que
asiste a implantar un “nuevo mundo”, o por lo menos a desintegrar las
costumbres vigentes, ya sean de la pequeña–burguesía o de la sociedad misma. Dos
propiedades emergen de la obra arltiana, el “deseo” y el “fracaso”. Los
personajes permanentemente están en un movimiento que comprende estos dos
puntos: “algo extraordinario tiene que acontecer”, “el intento de ruptura frente a la condición social”, “la
intervención frente al canon moral”, “la conquista de la nación” (Los siete locos), “el exilio” y en
último lugar una suerte de fracaso. No es casual que los protagonistas
novelescos -(ER)dosain, Silvio Asti(ER), Estanislao Bald(ER)- se acentúen por
ser masculinos. Y los tres contienen la fracción silábica “ER”, que puede localizarse
en su nombre, Rob(ER)to. Él mismo ha indicado que sus personajes son porciones
suyas.
El contexto del
ciclo arltiano estuvo signado por la primera oleada de inmigrantes más
significativa del país, acaecida a fines del siglo XIX; ya para la apertura del siglo XX, éstos habían
labrado su propio saber y adquirido un juicio cultural y una intervención
literaria y periodística. Además nacían
las primeras huelgas anarquistas, una de ellas la “Patagonia Rebelde”, los
fusilamientos frente a los pozos que las mismas víctimas excavaban y caían
desplomadas. Las movilizaciones proletarias, como la “Semana Trágica” (1919) huelga
en un taller metalúrgico y “La Forestal” (1921). La pena de muerte del italiano
Severino Di Giovanni (1931) a la que Arlt presenció como cronista. Se comenta
que al volver al diario “despedazado”, “deshecho”, le comentó a un obrero
linotipista: “Yo no me explico que
haya gente que se ponga guantes blancos para ver matar a un hombre”.
No obstante, se gestaba
un proceso el cual disgustaba a los autóctonos porteños, ya que apetecían conservar
el campo intelectual del siglo pasado. Arlt, hijo de expatriados, no integró la
elite de intelectuales dominante y a pesar de no conformarla exhibió en su
ciclo un juicio del plano socio–político del período; partícipe de un modelo
económico –agroexportador– en donde, empleando algunas de sus frases como “a
los del centro todo y a los de afuera nada”. Puso en crisis a través de su obra
las plataformas institucionales vigentes, el matrimonio, la familia, etcétera.
Es oportuno agregar
que en las tres primeras décadas del siglo XX, podían advertirse tres formas de
ser escritor:
- El nuevo profesional del teatro o de la industria editorial.
- El escritor también es periodista en los diarios como “Crítica” y “El mundo”.
- El escritor de la élite. (Todavía persiste)[1].
En el prólogo de El juguete Rabioso elaborado por Juan
Carlos Onetti, en la edición Bruguera Alfaguara,
el escritor uruguayo en el inicio, expresa: “Quiero aclarar que desde el principio
estas páginas se escriben, misteriosamente, porque el editor y el autor
estuvieron de acuerdo respecto a su tono. Yo no podría prolongar esta novela de
Arlt haciendo juicios literarios, sino sociológicos; tampoco podría caer en
sentimentalismos fáciles sobre, por ejemplo, el gran escritor prematuramente
desaparecido [...] Pero, sobre todo, imagino y sé la gran carcajada que le
provocaría a Roberto Arlt cualquier cosa de ese tipo”. Vale indicar que Onetti
había sido influenciado enérgicamente por Arlt, tanto que así llegó a decir que
éste había traducido a Dostoiesvsky al lunfardo.
Es menester evidenciar que introducirse en la
literatura para Arlt no resultó fácil, lo que implicó consecuentemente la
cimentación novedosa de su figura como escritor; en una carta a su hermana y a
su madre, presumiblemente de 1929, dice: “He llorado hasta por las calles al
pensar en el desastre que era mi vida cuando todos los acontecimientos
exteriores sólo debían proporcionarme felicidad, orgullo y alegría. Soy el
mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Quizá por eso sea el
mejor escritor”. Estas reliquias bibliográficas ayudan al conocimiento de
autor–vida–obra, y unos de los rasgos notables es la poética atravesada por la
tragedia que hace cómplice al lector, y que tiene punto de choque en el
referente: la realidad social trastocada por la ficción, por momentos
pintoresca, que busca deslegitimar la estructura social y alza a los hombres en
una manada deseante. Desde una perspectiva psicoanalítica, el escritor está
frente a una realidad insatisfecha, cito a Freud en el texto“El poeta y los sueños diurnos”: “Puede
afirmarse que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho.
Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada
fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad
insatisfactoria”. En este plano defino a Arlt con el nombre de “Máquina Deseante”
que restituye al lector su irreconciliación con la realidad, abriendo un puente
en la ficción, donde una muchedumbre receptora revela aquello que en su habla
cotidiana no ha sabido decir.
Nombrar a Arlt,
no figura peculiarmente reseñar a un escritor precoz, sino a un período histórico,
a una protesta contra la argentina oficial de aquellos años: el pacto entre
conservadores y radicales entre los años 1916 y 1930. El radicalismo que no
había cuestionado el sistema económico basado en el programa que la burguesía
agraria había sentado en el siglo anterior. El resultado había significado una
era de estabilidad, de robustecimiento del estado y de democratismo
parlamentario –dentro de las normas del juego liberal–. Para el año 1933 el inicio
del “Tratado Roca–Runciman” obligaba al
país a una exclusiva obediencia de Inglaterra. Dicho tratado aseguraba
la supervivencia de los grandes estancieros quienes producían la carne. Vale
decir también que surgen en Buenos Aires los conventillos en donde una familia
proletaria ocupaba un cuarto. El escritor Elías Castelnuovo (1893–1982), testigo de la época, la detalla de la
siguiente manera: “El recuerdo principal que tengo de aquellos años fue la
miseria […] No había trabajo. Me acuerdo que cuando teníamos el teatro
Proletario hacíamos colectas para conseguir diez centavos con el fin de que
viajara mucha gente que no podía hacerlo”. Los años finales del siglo XIX y principio del
siglo XX constituyeron una etapa de gran crecimiento demográfico produciéndose
una impensada concentración urbana. Un censo del año 1914 data en la ciudad de
Buenos Aires con 1.575.814 habitantes, de los cuales 797.969 eran extranjeros. Al
paso de las alteraciones sociales –concentración proletaria, malas condiciones
de empleo, proceso de migración interna– los escritores comenzaron a entrever
fenómenos nuevos que inscribían en su literatura. Por este entonces, puede
apuntarse que aflora la llamada “narrativa urbana”.
La cimentación
literaria arltiana, parte del decadentismo,
ancla una conspiración en repuesta a la “vida
puerca”. El “decadentismo” se
manifestó frente a la represión de las
masas populares, y tenía la inquietud por las cuestiones sociales. En diferentes
pasajes de la obra arltiana logra notarse los síntomas de un lenguaje técnico, el
proceso de modernización urbana que
acarreaba consigo la desazón, el ensanchamiento sistemático del capitalismo y
los efectos de cada unos de estos fenómenos. Arlt por otro lado apeteció ser un
inventor, el creador de “algo extraordinario” que lo inmortalizarse como “Thomas
Edison”. “Descubrir”, “crear algo” que lo hiciese vivir unos quinientos años. Este
recorrido casi cientificista, o sea, la voluntad técnica, se exhibe en sus
novelas como un hecho íntimo.
Más
allá de los elementos pertinentes fondeados en período en el que escribía, la
obra de Arlt es una proclama a la
sociedad y sus normativas y al sujeto inserto en ella, una escenografía en la
que, la pequeña–burguesía es ofendida. Su primera novela llevaría el título La vida
puerca y fue modificada por El
juguete rabioso en encargo de Ricardo Güiraldes, cuyo escritor en 1926 publica
Don segundo sombra. Con estos
personajes deseantes, delirantes y desequilibrados que se agitan dentro de su
narrativa, Arlt logró interponerse a la legitimación cultural que muy pocas
veces se cuestionaba en esos años.
Roberto
Arlt viene a ser el portavoz de las clases tiranizadas, a narrar la historia de
los vencidos. Invierte los sentidos: por cierto la más bienaventurada habría de
ser la pequeña–burguesía, y no aquellos que están dentro de la miseria y son explotados. Para respaldar esto, en El amor brujo, escribe:
“A un lacayo, y a una mucama, o a
un repartidor de leche y una cocinera, les resultaba menos difícil constituir
un hogar socialmente respetable, que a una chiquilla respaldada por el
petulante decoro de su familia burguesa […] El lacayo o el repartidor de leche
habían confeccionado dos o tres ideas concretas respecto a la vida, así también
la mucama y la cocinera, que con la dos o tres ideas maniobraban con éxito en
la vida”.
Antes de
concluir el texto, optaría por no realizar el juego polemista Arlt/Borges. Ya
que resultaría algo fastidioso. Sí es ineludible indicar que para uno la
literatura significó la vida y la muerte, y para el otro un ejercicio culto. En
mi consideración, aglutinando la obra de Roberto Alrt, profeso que con cada uno
de los avatares que viven sus personajes, podría descifrarse el propio avatar
del escritor, debido a que su obra se constituyó en pequeños órganos que
permitieron su existencia.
A Estanislao
Balder, en una secuencia de la novela, alegóricamente un leñador lo golpea con
un hacha dentro de su pecho. A Roberto Arlt le sucedió mismo, pero hubo un golpe
tan estrepitoso que hubo de matarlo un 26 de julio de 1942. Varios diarios lo conmemoraron,
uno de ellos La Vanguardia, diario socialista, tituló: «Dejó de existir Roberto
Arlt», La Prensa, diario conservador:
«Fallecimiento del señor Roberto Arlt», además La Nación, con: «Don Roberto Arlt. Falleció ayer en esta
capital», y por último El Mundo:
«Falleció ayer nuestro compañero Roberto Arlt». Ese invierno de 1942 los
contemporáneos no tenían la lúcida certeza de quién realmente se había marchado,
quién con la ausencia empezaría a hacer estragos, incluso, llegar a ser el
escritor distinguido por los letrados e iletrados; pero ¿Por qué? En un texto
titulado “Sobre su experiencia en el
Teatro Independiente”, escrito en marzo de 1932 para el diario El mundo, reproducido poco después de su
muerte en Conducta [Julio-Agosto de
1942] el escritor porteño escribe, acuña su epitafio: “La misión de un escritor
que se estima así mismo, es señalar a los ojos de los demás, las virtudes y los
defectos”, es decir: la franqueza.
Bibliografía
Goloboff, Gerardo Mario. Genio
y figura de Roberto Arlt. Ed Eudeba. Buenos Aires, 1989.
Arlt, Roberto. Los
siete locos. Ed. Colección Ombú. 2013.
Arlt, Roberto. El amor
brujo. Ed. Losada. Buenos Aires, 2009.
Arlt, Roberto. El
juguete rabioso.Ed. Bruguera Alfaguara, 1979.
Amícola,
José. Astrología y fascismo en la obra de Arlt. B. Viterbo Editora, 1994
Retamoso, Roberto. Lenguaje y escritura en Roberto Arlt.
Disponible en:
http://rephip.unr.edu.ar/bitstream/handle/2133/720/Lenguaje%20y%20escritura%20en%20Roberto%20Arlt_A1a.pdf?sequence=1.
Sarlo, Beatriz. Escritos
sobre la literatura argentina. Siglo XXI editores.

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