martes, 6 de agosto de 2013


"Hombre-sitio"

               El lenguaje sintetiza, reduce, capta las miles de intensidades de un segundo sobre un código delimitado, fracturado frente a todo lo que ha acontecido. En este rango puede ser que la existencia del lenguaje prevalece ante lo indefinido, como un proyectil amorfo. Michael Foucault dirá al respecto: “El lenguaje es, como saben, el murmullo de todo lo que se pronuncia, y es al mismo tiempo ese sistema transparente que hace que, cuando hablamos, se nos comprenda; en pocas palabras, el lenguaje es a la vez todo el hecho de las hablas acumuladas en la historia y además el sistema mismo de la lengua”. Pero a su vez, antitéticamente, el lenguaje embarca en sus episodios representatividades que trabajan la forma de un cuerpo, de ciertos puntos de fugas que subyacen en la contingencia, para constituirlos, y al mismo tiempo desfigurarlos. En tanto que el lenguaje es un fenómeno ambivalente, por momentos negativo, por momentos una contribución a la inmanencia, queda ajustado a una especie de dios, es decir, a la divinidad no vista, que se siente en donde todo lo sucedido, malo o bueno, está puesto según la voluntad de éste. Empero, es el hombre quien se ve atravesado y puesto como hombre mediante el lenguaje. De lo contrario hubiese creado un sistema de señales.
Hay un campo no delimitado, un campo heterogéneo susceptible de todo acontecimiento, regido por leyes inexistentes, leyes que se trazan solas. Este campo es individualizado como arte, atribuyéndosele vivencias universales, modos de trazar. Allí el lenguaje se vuelve el modo de nombrar lo inasignable, lo innombrable e inhaceptable, y enviste al lenguaje en posibilidad de decir, de negar el estado sugestivo, permitiendo mantenernos en una categoría posible de esquizoide, de no-individuo, de no-persona, un algo que se va formando en la medida que se va deformando a través de la desyoización. 
No existe, por su parte, una ontología del lenguaje que explique lo vivido, al hombre. Esta potencia maquinaria de tomar y arrojar, de poseer y desposeer, no requiere servirse de ninguna significación ni una patente que la identifique. En el decurso del siglo XIX el inicio de las ciencias ha estrangulado el lenguaje y se ha apropiado de él dándole al significado-significante y a la sintaxis un poder coercitivo e imperativo. En cierto sentido lo ha naturalizado en su discurso para impartirlo al resto de la sociedad, conceptualizando y atrapando las posibilidades de des-territorialización. 
Es en la poética donde el lenguaje comienza su intensidad de desahogo, en donde gran parte de la sociedad teme explorar en ella porque el lenguaje se le presenta desfigurado, anómalo, como un monstruo que busca removerle los cimientos. En el anti-edipo Gilles Deleuze y Félix Guattari dicen: “En un texto violentamente poético, Lawrence describe lo que hace la poesía: los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les resguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus convenciones, sus opiniones; pero el poeta, el artista, practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, primavera de Wordsworth o manzana de Cézanne, silueta de Macbeth o de Acab”. 

Es en el caos, en la irrupción de lo convencional, donde se da el punto de partida para desfragmentar todo cuerpo fragmentado. Ahí es en donde se busca horadar el muro, tornarse grieta en el cuerpo para salir de la piel, de los poros contaminados, asfixiados por la historia, historia-fascista, historia-régimen, historia-explotación. Cuando el lenguaje actualiza el contenido de su enunciado, es decir, que hace de su metalingüística un sui generis, desembalsama la individualización para repartirse a miles y millones de singularidades, marca el inicio de su permutación en la inmanencia de la vida, en un lienzo absorbido por líneas intensas, latitudes dispersas, continentes indistintos.
 En cierta medida el lenguaje alza su vuelo, despatologiza toda perturbación iniciada por la misma convención sintáctica de los modos que reproducen ciertos edificios jerárquicos. Si hablábamos acerca de la poética como un modo de acontecimiento inédito, una apertura y nuevas singularidades en el lenguaje. La obra-intervención “Hombre-Sitios” denota ésta posibilidad de desterritorializar, fundir sobre lo individualizado un lazo independiente, encontrar sobre estas individualidades un acceso a la singularidad. Desmenuzar órgano por órgano, sintaxis por sintaxis ésta carga que rellenan los signos vaciando a todo interlocutor, a todo espectador, a todo oído. En las páginas se ve una acumulación sintáctica acompañada por otro plano sintáctico-singular que a su vez condiciona y doblega el sentido de la acumulación-sintaxis primera. En cierta medida el acto-idea no tiene un armazón o señalización de indicaciones, la obra está abierta, es un porvenir sin destino, sin autoridad despojada de sí misma, hecha simplemente un punto de fuga lanzada a un horizonte incierto, que espera toparse con otros puntos de fuga. Es allí donde aúlla rizomáticamente, en la forma indefinida, inacabada, siempre dispuesta a toda alteración, a toda intervención, a todo nombramiento singular. Como decía Deleuze: “Los conceptos se definen por su capacidad de resonancia”. No hay nada ni nadie que anticipe el acontecimiento de la sensación; la obra salida como un punto de fuga se define y se dice por sí sola, por su resonancia. Si alguien alguna vez fue una niño sensible, y logra problematizarse con la obra, como ella misma dice, sabrá entender de qué se trata.


 



Libro de artista/
Agostina Quagliardi

Análisis de la obra/
Bernabé de Vinsenci.





1 comentario:

Anna Genovés dijo...

Muy interesante. Saludos, Anna