PERPETUO
MANDADO
Esa
mañana salí como todas las demás. Analizándola, no encuentro ningún detalle fuera de lo normal. El día estaba un
poco caluroso, quizás, y las personas circulaban con cierto apresuro que
todavía no comprendo. Las observaciones cotidianas seguían adeptas a mí, el
frescor del aire, las manos en los bolsillos y el cigarro. Mis labios se
resecaban un poco, pero desde el cuerpo podía emitir un líquido al que todos
llaman saliva y solucionarlo. El cabello molestaba y al correrlo de mi vista, sentía cierto
nerviosismo en las manos. Sabiendo que todos tenemos el poder de retener
nuestras acciones, intente frenarlo. Inútilmente el temblor seguía.
Desde
la avenida de la ciudad un conjunto de sonidos hoscos perturbaban mi cabeza.
Algunas palomas vi intentando establecerse en los cable y ligeramente la
agresividad del viento las echaba. Como siempre, traje los anteojos, que
observando el otro día algunas fotografías me dan cierto aspecto de
intelectual. Nunca propuse solucionar
contradicciones, puedo valerme como un neurótico o asimilarme a un morboso, pero nunca a un intelectual.
Las
personas ancianas con quienes solía pasar largas horas de plática, severamente
genere un vasto repudio hacia ellos. Su parsimoniosa narrativa de sabiduría no
coincido un día conmigo y me vi obligado a esquivarlos, incluso, hasta cuando
pedían cualquier tipo de ayuda. Hay noches en las que despierto preguntándome en que clase de individuo me
estoy transformado y vuelvo a dormirme,
pasando todo por desapercibido.
La
barba rápidamente ha crecido en mi rostro y he omitido afeitarme, debido que
últimamente me encuentro en pantanos de perezas. Si, seré un individuo
diferente, pero uno más. Ahora no estoy en la calle porque quiero, estoy por
obligación a realizar las actividades de cualquier otro ciudadano, y si no las
hiciera que voy a morir como un perro, o ser como uno de ellos.
Los
vidrios de los negocios son una serie de espejismos, mas allá, de la persuasión
que existe detrás ellos, cuando uno ejerce su rol de consumidor, súbitamente,
hay un sujeto parecido y en la curiosidad de saber quien es, te descubres.
A
veces siento que la falta de
socialización juega conmigo, imagino confundir objetos con sujetos. Leí por ahí
en algún periódico, que este tipo de signos son de
personas enfermas.
Rara
vez, trato de realizar las actividades pensando en otra cosa, es una especie de
medicina que me ayuda a estar en el montón de gente desesperada por comprar.
Ayer deje de ir a buscar el diario, las informaciones manipuladas me invadieron,
pero eso no va a permitir que no salga mas y la gente no lo siga comprando, fue
solamente una decisión particular. Velloso, quien siempre lo vendía, me miro de
mala manera, al ver que no llegue a su puesto. Trate de mirar fijo hacia
delante, simulando que no pasaba nada, pero note que le dijo a su compañero
algo de mí y lo agredí de mala manera.
No pasare de nuevo por esa cuadra.
El
bar en la esquina al cual nadie va, estaba cerrado, el cartel se extendía a lo
largo llamando a nadie.
Estoy
arto de llevar este gorrito que hace sobresalir mi pelo groseramente llamando
la atención, no lo uso para que me miren, aunque, algunos injustamente lo
piensen. Dentro de dos cuadras vendrá lo peor, el banco. Ese espacio inmenso
invadido por sellos, ruidos de artefactos y cualidades infinitas de ancianos a
quienes detesto.
Me
retrase dos día con la factura de la luz
y mañana la podrían cortar temprano. No toleraría que lo hicieran. Las grandes
empresas exprimen a sus clientes y previamente a los trabajadores, quienes, lo
sostienen todo.
Esa
puerta con etiquetas de préstamos, ya me ha generado incomodidad. Era sabido
que debía darle paso a una anciana, justo cuando iba a entrar, ella salía.
Bueno después de todo lo toleré y le estoy dando paso, ¡Gracias dijo!, lo único que le respondí fue
un cortante, ¡Bueno de nada!. Mis manos progresan de nerviosismo. Di un vistazo general. No había ninguna silla
desocupada todas estaban ocupadas.
Desde
la punta puedo ver como me observa un anciano indefenso o simula serlo, tratare
de no mirarlo. Hay una cajera muy hermosa, quizás, sea nueva, nunca antes la
había visto, además, usa anteojos como yo, quedo mirándola.
Otra
vez, el anciano observándome, la fila es
similar a la que me encuentro y se marchara al mismo tiempo seguramente. Me
entretengo con el papel, varios números aparecen en él, la suma total no
coincide. Al principio puedo ver mi nombre y apellido John Crichton y
seguidamente otra serie de datos. Voy a sacar la plata justa así me despachan
lo mas rápido posible.
Es muy hermosa la cajera, puede ser que le
deje el número, pero no, esas banalidades no. Si lo rechazara quedaría como un
estúpido.
La
fila de la otra punta parece ir al mismo ritmo que la mía. Una vez mas, el
anciano penetrándome con su mirada
inofensiva. Lleva una camisa y pantalones cortos. Es un burgués, seguramente,
el reloj que tiene sobre su muñeca vale
mas de lo que puedo imaginar. No voy hacerlo. Son diez o veinte minutos mas,
solo eso. Si lo hago estaría en un ambiente aun, peor. Buscare la forma de
distraerme, no estará muy lejos. Hay una mujer de unos cuarenta años leyendo un
libro, se ve claramente en su tapa dice:
Robin Cook “Ceguera Mortal”, un bestseller, lo único que sabe es escribir acerca de la medicina, ahora me pregunto ¿Qué
debo considerarme un intelectual o no? Si estoy haciendo critica literaria.
Que
suerte pasaron cinco minutos.
Parece
que una maquina se rompió, la hermosa cajera no esta, se ha ido. Hay un hombre
flaco de bigotes que nos anuncia a todos, que pronto el problema se
solucionara.
Sin querer vi de nuevo al anciano observándome. Pero no,
no quiero cometer el error más grande. Esos ambientes son demasiado, no lo
toleraría y me suicidaría. Una vez mas y estaré obligado hacerlo. La dama
regreso con su traje de oficina, es muy bella. La mujer que lee su libro a
pasado a la siguiente pagina, parece que los ruidos no la desconcentran.
Tratare de levantar el papel que se a caído entre mis zapatos. Me siento como
ellos, un anciano. Justo al levantarme quedare de frente a la fila del sujeto
que me mira. Haré un movimiento lento. Retomare nuevamente mi posición. ¡Hay
esta! , mirándome nuevamente. No puedo
controlarme ¿lo hago? ¡Ya esta! .Largo mi grito con un gran impulso conmoviendo
a todos: ¡Deja de mirarme anciano de
mierda! Inmediatamente me di cuenta que estaba del otro lado de la
línea, la que no debí pasar. La mujer que leía me miro atónita dejando caer su
libro, la hermosa cajera volcó todo el desprecio que sentía hacia mí desde que
había llegado. Saque el arma que se encontraba sujeta al cinto, escondida en el saco
y dispare hacia a la cabeza del anciano, solo una vez. Todos lo que
estaban a mi alrededor se agacharon creyendo que se trataba de un asalto y que
podría haber mas victimas.
La sangre de su cabeza salpico los vidrios
llenos de publicidades y formo una laguna en el suelo que empezaba a
deslizarse. Nadie había quedado a su alrededor. Uno entre la multitud decía: ¡Llamen
a la ambulancia, llamen a la ambulancia! Parecía la voz de un hombre.
Eso
fue lo único que recuerdo, pero no se trato de un asalto mal logrado, como
dicen algunos, solamente, hice lo que sentí en ese momento.
Ahora
estoy en este lugar lleno de gente interrogándome van y vienen, no paran. Ya
les mencione todo, estoy cansado de decirlo una y otra vez, pero no lo
entienden. Mañana confirmaron que me trasladaran a otra comisaría. Han pasado
dos horas del hecho. Son insoportable estas esposas me ponen nervioso, creo que
sentirme un anciano privado de su libertad.
No voy a tolerarlo.
A
los duendes
que esconden todo...
Bernabé De Vinsenci.