Capitalismo: devorador de auras
Prólogo
Abordaremos diversas pautas donde el sistema vigente
de nuestros tiempos -el capitalismo- está instituido de tal manera para
adquirir la potestad y rendición de las masas, formando al hombre en
inútil-autómata-, encarcelado de su propia tecnología, herramienta de sus
herramientas y ávido de objetos prescindibles que pasan a ser imprescindibles
para el “progreso” de la sociedad industrializada. Es decir, cómo moldea,
de alguna manera, a los hombres confiriéndoles una identidad de consumo
instaurando un ciclo de deseos-poder de nunca acabar: la sistematización de
comprar-consumir; todo durante un período congruentemente efímero, propio a su
vez de la filosofía contemporánea. Y cómo ciertos mecanismos de poder subyacen
bajo el manto de “benignidad natural”, arropando la naturaleza autoritaria bajo
un embozo pseudodemocrático.
Las técnicas y estrategias que el
poder propiamente confecciona están apoyadas en la producción de tecnologías
finas, calculadas y reproducidas para la resignación; en otros términos
podríamos especificarlas como: revoluciones técnicas de
subordinación. El propósito es almacenar a los sujetos en la obediencia de la
ley y del poder contrarrestando toda manifestación -subvertere, rebellis, degeneris-
frente a las normativas natura. De lo contrario, aquellos desobedientes,
recibirán el medicamento disciplinar en tanto que la infracción sobre
lo instituido puede demandar métodos rigurosos: el aislamiento. El filosofo
francés Gilles Deleuze, acerca de las sociedades disciplinarias en una
conferencia, expone:Las sociedades disciplinarias se definían como la
constitución de lugares de reclusión: cárceles, escuelas, talleres, hospitales,
etc. Como instituciones necesarias para mantener una continuidad ideológica. El
filósofo Foucault en su obra “Vigilar y Castigar” esboza las
semejanzas jerárquicas y organizacionales que conservan instituciones
específicas como, por ejemplo una prisión y una escuela, dejando entrever que
las instituciones son el statu quo de la burguesía acomodada. La
Elite ha explotado a fuerza de errores y perfecciones mecanismos de mayor
virtud en repuesta a los efectos de masificación de la clase obrera. Despliega
un temperamento hegemónico hacia el conjunto de los grupos sociales que le son
subalternos.
Retomaremos
de nuevo a Michel Foucault quien ha de problematizar los discursos provenientes
de las esferas dominantes. Al considerar que tanto la verdad como el
saberestán suspendidos en las relaciones de poder y que todo saber no es una
mera acumulación de conocimientos neutrales sino que es producto de las
batallas, podemos dilucidar qué: “la verdad es guerra” entre conciencias que
quieren “conducir” y conciencias que resisten a esa conducción. Foucault
no pierde de vista que en el siglo XVII el cuerpo es administrado relativamente
a una máquina: su adiestramiento, el aumento de sus aptitudes, su
integración en sistemas eficaces de control y económicos. Estas
problematizaciones foucaultianas nos advierten los vínculos entre
soberanía-súbdito:cuerpo-vida, opresores-oprimidos: cuerpo-vida. Michel,
escribe en su Historia de la sexualidad que existe un componente
indispensable para el proceso capitalista: el biopoder. Refiriéndose
a las disciplinas del cuerpo y a la regulación de la población que
instituyen la organización del poder sobre la vida.

Estos controles activan mecanismos de sujeción, racionalmente confeccionados
para la “felicidad” de los individuos, que pasan a ser sujetos
“obedientes” y súbditos del confort. Poseídos con significaciones imperativas y
pertinaces que lo han cristianizado como un signo más; es la réplica de un
mundo de significaciones que responde a los deseos de una sola lengua:
capitalista. ¿Acaso el panóptico no es una construcción lógica y racional
en el que cada sector cumple una función establecida dentro de un complejo
engranaje? Un acontecimiento histórico que puede servir de ejemplificación es
lo que Antonio Gramsci denominó Americanismo: El influyente libro de
Frederick Winslow Taylor, “Principles of scientific management”, modo
que los propietarios capitalistas habían hallado para sostener el efectivo control
del proceso de producción en relación a los obreros. En las fábricas
automotrices se incorporaron cambios: por un lado la eliminación de los tiempos
muertos con el sistema de turnos rotativos y continuos, la aplicación de la
cinta de montaje como forma de evitar la movilidad obrera dentro de la fábrica
y facilitar la fijación de la tarea. Además las iniciadas tendencias por las
firmas norteamericanas de adosar a la propaganda de sus productos un cierto
conjunto de símbolos y significaciones que resumían un estilo de vida a
adquirir junto con la compra del producto. Estamos aquí ante el nacimiento del management. Por
último combinaron una política de salarios consignada a convertir a los obreros
de la fábrica en consumidores básicos de productos automotores, con el interés
de ampliar el mercado de esos productos. Puede verse el inicio de una conducta
“coercitiva-legal”, pero burocráticamente violenta, que ejerce el poder desde
la estructura atravesando la superestructura. Y cómo se organizan las praxis obreras
dividiéndolos en pequeños grupos (rangos, jerarquías, separaciones productivas,
etc.) con el fin de dificultar alianzas que proyecten contraconductas ante los
discursos de los dueños del capital, “divide y reinarás”.
El
progreso de la racionalidad capitalista-tecnológica invalida
actitudes, cualidades, potencialidades de manifestación, las confrontaciones de
resistencia, aún así las víctimas juegan a ver quién gana primero la
naturalización de las normas. A cualquier forastero, aquel que sabe y maldice a
los patrones, el statu quo le caerá encima -de modo represivo-
por actitudes nocivas y conductas que infringen lo estimado. El
poder instituye y opera sobre una base binaria: legal e ilegal, permitido o
prohibido. Todo lo que es ajeno a lo legal puede significarse como corrupción: sentidos irracionales, vidas
desnudas, vidas precarizadas que corroen lo instituido y logran
despertar una manifestación contra-hegemónica debido a la alteración semánticas
de las imágenes, y de los deseos prefigurados. Por lo tanto la actitud
disciplinaria es control racional y permanente contra las conductas
legales e ilegales: el disciplinamiento todo lo ve y todo lo oye. La sociedad
cohabita en el rostro de una lengua demoniaca que peregrina signos,
lingüísticas determinadas, singularidades en su tentativa de
naturalizar-normativizar: ¿Acaso toda pronunciación, toda particularidad
lingüística no está excluida dentro de normativas sociales?
Las
instituciones procesan discursos (hegemónicos) que luego de ser interiorizados,
habituados y apropiados bajo la sensación del “sentido común” –que lo
podríamos llamar inseminación discursiva, tirano invisible-; no obstante cada
individuo es una imagen y semejanza de esa proyección poder-discursiva. Los
proyectiles informáticos agencian la subjetividad operando en la autonomía
reflexiva y abatiendo la producción deseante de los individuos. Como
expresamos anteriormente, el telos (de la conciencia dominante) es
que cada uno viva los acontecimientos interpretados o empaquetados done el
lenguaje sea impropio en cuanto al esfuerzo de significar y la militancia de
esa significancia ¿Por qué?Porque el deseo es revolucionario si se le permite
desear verdaderamente.
Por
lo pronto organizan una especie de canil en tanto que delimitan perímetros a
los flujos-rabias (trascendencia) y flujos-voluntades (potencialidad)
que estructuran, economizan y exigen convencer el consumo de mercancías: sexo-producto,
moda-producto, afecciones-producto. Dicho de otro modo, la “ontología
occidental” se halla en la avidez de mercancías, parafraseando a Buadrillard
decimos que: “el consumo no es más que un simulacro de libertad”.
En
el instante que asistimos al mundo nos encontramos ante una sociedad
signada globalmente, típicamente instituida, en la que hemos de lidiar
por nuestra singularidad para no perderla en el “poderío de los otros que
haciendo propia la hegemonía, defienden de ella”. Los instituyentes
inéditos habrán de apalear una relación orgánica frente a lo instituido en el
modo en que la coerción no se aprecie. De lo contrario las fuerzas
legibles –mecanismos de represión– inyectarán en el individuo un anticuerpo
funcionando como inmunología de lo establecido. Sartre expresó alguna
vez: “los hombres son productos de las estructuras pero en tanto las superan”, prevalecer
las estructuras constituye que la aprehensión de signos permanentes que
asimilamos sean devueltos –al exterior - alterados o transfigurados
mediante la crítica subjetiva, mediante los autos-mecanismos que defienden la
radicalidad. Ocasionando códigos propios, lenguas personales-diferenciadas de
los códigos sociales; pervertir el campo semántico y transportarlo a lugares
inexplorados.
Al
plantearnos, por ejemplo, el problema de la locura surgen ciertos
cuestionamientos a seguir: ¿Qué es el loco o enfermo mental? El demente,
enfermo mental – monstruo, CsO, etc. - no es más que el terrorista de
la “diosa” razón; el que fracciona la “armonía” y el “orden racional” de la
sociedad, el que dificulta lo instituido e impuesto por las clases dominantes
-que, a su vez, son los que encarnan la Razón- y el que sitúa el peligro en la
maniobra de las estructuras con su praxis. El que obstaculiza ser imagen y
semejanza de los saberes discursivos-hegemónicos; por ello hay que
privarlo de la sociedad –no vaya a ser cosa que contagie a los demás individuos
con su “trastorno psicológico”- ¡El loco al manicomio! por ser sujeto
irracional, asintáctico, que envía su practicidad contra los dictámenes de la
lógica imperativa. Las instituciones psiquiátricas asisten a efectuar el papel
de salvaguardar el “orden sacralizado” y encerrar a todo objeto
de estudio que no esté con los requerimientos de un “campo disciplinario” o
de un “cuerpo sano, reproductor”. Luego lo inspecciona y categoriza:
patologizando lo que suponga inoportuno. El sistema exige individuos
disciplinados: heterosexuales, fecundadores, controlados que fijen y acomoden
lo reinante. Sujetos culposos y neuróticos que demanden siempre lo mismo y
estén atemorizados ante lo nuevo. Por ello es que Deleuze plantea la “filosofía
de la diferencia”, múltiples puntos de fuga que nos trasladen a territorios
desconocidos.
La
razón requiere de la locura para mantenerse en su forma natural, precisa su
contrario y negación que la valide como tal, nutrirse de su némesis para
prosperar y propagarse: Si la Locura no existiera la Razón la inventaría. Ahora,
¿Cuál es el verdadero y cuál el imaginario?, ¿Existe la locura o la razón?, ¿Es
un juego discursivo de poder y saber perfilado históricamente? O ¿Es una
pseudo-categorización proveniente del discurso-científico-técnico que determina
lo que “es” el desorden en una sociedad? La Parte dominante mediante la utilización
del discurso ingenia una diferenciación o distanciamiento en el que crea a un
“otro” (particular y concreto) que no se adapte a la idea de “Progreso”,
“Cultura”, “Ser”, etc. Para así, evidenciar toda praxis barbárica en contra de
ese otro artificial que fue menester para la expansión de los deseos reinantes
¿Qué hubiese sido del nazismo sin los judíos? “No hay orden sin progreso ni
progreso sin orden” proclaman las lenguas que pretenden establecer un ideal
social que al fin y al cabo configuren los cimientos de la burguesía en el
poder. Existe, entonces, un binarismo, lo permitido o prohibido, lo ilegal o
legal. Aquello no anclado con la “organización” y que escape a los
patrones específicos que las conciencias dominantes instauraron para “armonizar”
y “equilibrar” las conductas de los individuos. Se intentará clausurar y
apartar (mediante el castigo) para que no convierta una apertura y transforme
los principios del plan de organización y desarrollo.
Al
admitir que éste es el único mundo posible y que no se alcanza estar mejor
(actitud panglossiana) nacen las “resignaciones deseo” y una perpetuidad
institucional que codicia eternizarse y preservarse cuando siente que está
siendo embestida por aquello que piensa por sí mismo. Toda estructura elabora
mecanismos de defensa para conservar su existencia por lo cual someterá
cuerpos, conciencias, singularidades; disciplinará –sin importar la región–.
Por
ello, al hallarnos en un mundo “unidimensional”, hemos de revelarnos frente a
lo que somos (coseidad) para impugnar un devenir de autenticidad y radicalidad.
Parándonos en la vereda de enfrente, embarazando un “metalenguaje sui
generis”, ampliando el campo de posibilidades existenciales, siendo lo
que somos; ¡Posibilidad!
Por:
Joaquín
Ficcardi/ Bernabé De Vinsenci.