Ruchard
Morbius
El rumbo de la cuidad con sus calles
laberínticas es un destino harto de incertidumbre. Las calles con sus epitafios (a veces con
nombres de próceres exterminadores, otras
con nombres de próceres libertadores) crean un universo peculiar y más aún cuando en las
veredas moran seres que parecieran ser sociólogos eruditos aunque con harapos
desgastados y con una hediondez que marca
suficiente distancia para que nadie se acerque a ellos. Estos sociólogos
se inscriben en una categoría, por cierto informal, designados con el término vagabundos. Ahora bien, habría que
realizar un breve revisionismo semántico de la palabra vagabundo para ver que se trata de una connotación
histórica (o una construcción) negativa. La etimología del vocablo proviene del
latín vagabundus y se refiere
exactamente al hombre nómade. Esto es, al hombre que no posee una estructura
fija, que va de aquí para allá: su única certeza es un espacio inédito a
explorar, sin retrocesos al sedentarismo. La convención social, entonces, ha
decidido modificar el sentido de la palabra consagrándola por otra, que es errabundo. Hete aquí que me viene a la
mente el concepto desterritorialización de Gilles Deleuze: abandonar el territorio
común de todos, con estructuras simbólicas profundas, para territorializarse en
otro desemejante, resemantizando los simbólico.
Volviendo, en una de esas calles
laberínticas me topé un lunes, 6 o7 de junio, con Richard Morbius. Ruchard
Morbius, correspondía a una lógica de seudónimo, que de algún modo era parte de
la desterritorialización. Se encontraba sentado –encandilado por el sol
invernal de la tres de la tarde– en la vereda de la calle Mendoza, y en una
botella de agua mineral ingería cerveza que simulaba ser un jugo barato de
color pis. Es habitual en las grandes urbes la naturalización, o mejor aún, la
complicidad de no prestarse a un encuentro con estos que los bienpensantes califican
como vagabundo, o inadaptados. No tuve la intención de pararme al verlo
acurrucado en una de las puertas. Pero me contuve en el momento que me dijo: “¡Qué
hacès Jim Morrison!”. No era el primero que me lo indicaba, antes hubo una
decena que me habían asimilaron con Morrison. Me detuve, lo miré y le estreché
la mano. “Vos sos de pueblo ¿No?”, me indagó luego, soslayándome con la mirada en consecuencia de que los rayos
del sol le cegaban la visión. Me ofreció
unos sahumerios que guardaba en un portafolio negro (inmediatamente, pensé que
eran robados de una tienda oriental, o algo por el estilo). Comenzó su charla
con un monólogo que le desfavorecía la narración al estar permanentemente mirando
hacia otro lugar. Me contó – mientras se
le caía baba por la boca– que había
trabajado de panadero en Zona Sur y que a la empresa le robaba “Cien años de soledad” de García
Marquès, como decía él, para venderlos a veinte pesos en algún puesto de la
calle San Juan y Corrientes. “Cuatro libros a veinte pesos son ochenta”, decía rompiendo la etiqueta de la botella.
Para robarse los libros, no sé cómo,
utilizaba un cinturón por debajo de la remera, y colocaba dos libros por
delante y otros dos por atrás. Este mecanismo de plus salarial le permitía
comprarse diferentes bebidas alcohólicas con las cuales entraba en un estado
dionisiaco, para adentrarse así en la irracionalidad que le supeditaba una
percepción más plena de lo real, o que lo substraía por completo. Pasado quince minutos del encuentro, una
sesentona que entraba apresurada a su casa, lo amenazó: “Voy a ir a la segunda”. Pensé rápidamente que se trataba de la
empresa de seguros “La segunda” (en la cual Manuel Ginobilli lucra con las
campañas publicitarias), sin embargo, era la comisaria segunda que estaba a la
vuelta por la calle Italia, o España. La anciana dirigió unas palabras con
tintes autoritarios al tanto que entraba a su casa y Richard le exclamaba,
desde sitio donde había permanecido: “Ocupese de sus cosas, señora”. Aquella entró a su mobiliario y se quedó muda en el zaguán sin quitar los
ojos de la factura del cable (era su táctica para ver si Richard se marchaba). “Es
una vieja conservadora”, le dije. Y su semblante despezado por múltiples
experiencias se puso risueño. Richard había vivido dos años (seiscientos ochenta días para él) en el verdadero Hades de
nuestra república, Buenos Aires. Allá se
había fotografiado con las emblemáticas
estatuas de Olmedo y Porcel y había estado en una relación amorosa perturbadora.
Morbius había alcanzado desenmascarar mi
condición de pueblerino, según él, por la nobleza: no todos se paran a
conversar, dijo al interrogarle. Supongo que esto se debía a la naturalización
de la indiferencia en los grandes suburbios donde los otros no interesan. Los suburbios
están compuestos de números, de People
Srange, de una matemática abstracta, o de polinomios en los cuales no
existen las resoluciones. “Bueno, ahora
dame cinco pesos por los sahumerios”,
dijo con un tono de empresario. En el bolsillo tenía un billete de diez pesos y
otro de dos. Saqué el de dos –que lleva la cara del ex–liberal Bartolomè
Mitre–y se lo di. Posiblemente con ese dinero se compraría otra cerveza
colocándola en la botella de agua mineral que llevaba consigo para que
gendarmería no lo detuviese. Porque si hay algo que define a Rosario en este
momento, es su similitud con un estado de sitio. Helicópteros que recorren la
ciudad cerca de la medianoche, la represión en las villas y sobre todo el
desplazamiento a otra localidad de los que no toleran el disciplinamiento, el
panóptico. Hay una frase que me queda de Richard Morbius al comentar en medio
de la conversación. Hubo dos libros que
no vendió posteriormente de haberlos robarlos: Borges y Shakespeare. Para él, dos magnánimos escritores, que le daban el
pasaporte a la literatura, como decía, a escribir pequeñas frases para luego
reagruparlas en un poema, o en fragmentos. Y en cierta medida la escritura a veces
es un rompe cabezas, vómitos de
enunciados, de anécdotas que pueden cobrar vida a través del verso o la prosa. “Bueno,
me voy”, le dije. Se levantó y reiteradamente me estrechó la mano. “¡Da la mano
más fuerte!”, dijo.
A
lo lejos, perdiéndome entre la gente, escuché: “Seguí así, no cambies”.
Bernabé De
Vinsenci
No hay comentarios:
Publicar un comentario