sábado, 14 de junio de 2014

“DÍA DEL ESCRITOR”

Ayer se recordó –cosa usual de nuestro tiempo– un oficio.  Aunque a simple vista este oficio en la actualidad guarda relación con la escritura vale indicar que tiene sus comienzos en la oralidad. En la antigua Grecia ya se encontraban los aedos y rapsodas evocando relatos de guerras y héroes. En la Odisea, Antínoo rey de los feacios,  admira al aedo Demódoco por su don de hechizar. Esto nos induce, por otra parte, a que los aedos hacían gran uso de su memoria, constituyendo no sólo un oficio del canto sino que a su vez cierta profesionalización. Por ejemplo, la utilización de hexámetros dactílicos, podría considerarse como un método eficiente de narración para los poetas. En efecto, los poetas tenían una técnica que en griego hace referencia a la habilidad y a la destreza de un oficio. Demódoco canta cuando Odiseo se encuentra en la tierra de los feacios como hospitalario y al oír al aedo cantar la guerra de Troya, emprende a sollozar. He aquí que el aedo adquiere cierto carácter divino al relatar lo que ha sucedido.
   En la famosa cuestión homérica se ha llegado a mencionar que Homero era ciego y que por esa razón poseía una gran facultad memorística lo que le proporcionaba el don del relato.
Fijémonos, al comenzar en el texto a hablar de un oficio que pareciera tener que ver con la escritura nos damos cuenta de que estamos lejos  del acto de escribir. Hemos nombrado dos palabras, la oralidad y la ceguera.  Sería torpe caer en la etimología de la palabra literatura para resumir el oficio del escritor. Lo único que sabemos es que desde sus inicios nada ha tenido que ver con escribir, y menos aún, con la ficción. Quizás actualmente se tenga una connotación romántica del escritor y de la literatura en general. En ese período la literatura logró autonomizarse de las prácticas discursivas científicas e históricas, definiéndose como actividad específica de la ficcionalidad. Entonces, deberíamos preguntarnos: un escritor ¿es alguien que meramente escribe invenciones? Si antes dijimos que los aedos narraban de algún modo hechos verídicos que asimismo eran reproducidos por el resto de la población: ¿por qué caemos en una valoración perteneciente al siglo XIX, en la cual escribir significa “hacer ficciones”? La etimología de la palabra ficción  significa ‘representar’ (en escena) o ‘inventar’, es decir, que la ficción es en sí una construcción. Por lo pronto, como dice Juan José Saer en su artículo “El concepto de ficción”, la ficción no es una reivindicación de lo falso. Hasta aquí, aparentemente, lo que hace un escritor no es algo caprichoso sino que desde sus orígenes este oficio lleva a afirmar que un escritor bien puede realizar una invención de hechos, o no.  Este oficio, no obstante, sobrepasa el logos, esto es, el discurso lógico colocándose más allá. Al hallarse aún más lejos que el logos, se ubica entre lo profético, o mejor aún, en una dimensión donde los discursos históricos, o científicos, no logran llegar.

     El oficio del escritor, finalmente, se acerca al mito, a las narraciones frente a las maravillas del mundo, a aquello que no tiene necesidad de ser explicado, pero que en algún tiempo debe ser confesado. Lo que tiene para decir un escritor –no todos– es lo que se encuentra en tensión de acontecer. Y es allí, aunque de manera desemejante con los poetas griegos, que surge el carácter divino.  









Bernabé De Vinsenci

 

jueves, 12 de junio de 2014


Ruchard Morbius
       El rumbo de la cuidad con sus calles laberínticas es un destino harto de incertidumbre.  Las calles con sus epitafios (a veces con nombres de próceres exterminadores, otras  con nombres de próceres libertadores) crean  un universo peculiar y más aún cuando en las veredas moran seres que parecieran ser sociólogos eruditos aunque con harapos desgastados y con una hediondez que marca  suficiente distancia para que nadie se acerque a ellos. Estos sociólogos se inscriben en una categoría, por cierto informal, designados con el término vagabundos. Ahora bien, habría que realizar un breve revisionismo semántico de la palabra vagabundo  para ver que se trata de una connotación histórica (o una construcción) negativa. La etimología del vocablo proviene del latín vagabundus y se refiere exactamente al hombre nómade. Esto es, al hombre que no posee una estructura fija, que va de aquí para allá: su única certeza es un espacio inédito a explorar, sin retrocesos al sedentarismo. La convención social, entonces, ha decidido modificar el sentido de la palabra consagrándola por otra, que es errabundo. Hete aquí que me viene a la mente el concepto  desterritorialización de Gilles Deleuze: abandonar el territorio común de todos, con estructuras simbólicas profundas, para territorializarse en otro desemejante, resemantizando los simbólico.
      Volviendo, en una de esas calles laberínticas me topé un lunes, 6 o7 de junio, con Richard Morbius. Ruchard Morbius, correspondía a una lógica de seudónimo, que de algún modo era parte de la desterritorialización. Se encontraba sentado –encandilado por el sol invernal de la tres de la tarde– en la vereda de la calle Mendoza, y en una botella de agua mineral ingería cerveza que simulaba ser un jugo barato de color pis. Es habitual en las grandes urbes la naturalización, o mejor aún, la complicidad de no prestarse a un encuentro con estos que los bienpensantes califican como vagabundo, o inadaptados. No tuve la intención de pararme al verlo acurrucado en una de las puertas. Pero me contuve en el momento que me dijo: “¡Qué hacès Jim Morrison!”. No era el primero que me lo indicaba, antes hubo una decena que me habían asimilaron con Morrison. Me detuve, lo miré y le estreché la mano. “Vos sos de pueblo ¿No?”,  me indagó luego, soslayándome con  la mirada en consecuencia de que los rayos del sol  le cegaban la visión. Me ofreció unos sahumerios que guardaba en un portafolio negro (inmediatamente, pensé que eran robados de una tienda oriental, o algo por el estilo). Comenzó su charla con un monólogo que le desfavorecía la narración al estar permanentemente mirando hacia otro lugar. Me contó  – mientras se le caía baba por la boca–   que había trabajado de panadero en Zona Sur y que a la empresa le robaba “Cien años de soledad” de García Marquès, como decía él, para venderlos a veinte pesos en algún puesto de la calle San Juan y Corrientes. “Cuatro libros a veinte pesos son ochenta”,  decía rompiendo la etiqueta de la botella. Para robarse los libros, no sé cómo,  utilizaba un cinturón por debajo de la remera, y colocaba dos libros por delante y otros dos por atrás. Este mecanismo de plus salarial le permitía comprarse diferentes bebidas alcohólicas con las cuales entraba en un estado dionisiaco, para adentrarse así en la irracionalidad que le supeditaba una percepción más plena de lo real, o que lo substraía por completo.    Pasado quince minutos del encuentro, una sesentona que entraba apresurada a su casa, lo amenazó: “Voy a ir a la segunda”. Pensé rápidamente que se trataba de la empresa de seguros “La segunda” (en la cual Manuel Ginobilli lucra con las campañas publicitarias), sin embargo, era la comisaria segunda que estaba a la vuelta por la calle Italia, o España. La anciana dirigió unas palabras con tintes autoritarios al tanto que entraba a su casa y Richard le exclamaba, desde sitio donde había permanecido: “Ocupese de sus cosas, señora”. Aquella entró a su mobiliario  y se quedó muda en el zaguán sin quitar los ojos de la factura del cable (era su táctica para ver si Richard se marchaba). “Es una vieja conservadora”, le dije. Y su semblante despezado por múltiples experiencias se puso risueño. Richard había vivido dos años (seiscientos  ochenta días para él) en el verdadero Hades de nuestra república, Buenos Aires.  Allá se había fotografiado con las emblemáticas  estatuas de Olmedo y Porcel y había estado en una relación amorosa perturbadora.
       Morbius había alcanzado desenmascarar mi condición de pueblerino, según él, por la nobleza: no todos se paran a conversar, dijo al interrogarle. Supongo que esto se debía a la naturalización de la indiferencia en los grandes suburbios donde los otros no interesan. Los suburbios están compuestos de números, de People Srange, de una matemática abstracta, o de polinomios en los cuales no existen las resoluciones.  “Bueno, ahora dame cinco pesos por  los sahumerios”, dijo con un tono de empresario. En el bolsillo tenía un billete de diez pesos y otro de dos. Saqué el de dos –que lleva la cara del ex–liberal Bartolomè Mitre–y se lo di. Posiblemente con ese dinero se compraría otra cerveza colocándola en la botella de agua mineral que llevaba consigo para que gendarmería no lo detuviese. Porque si hay algo que define a Rosario en este momento, es su similitud con un estado de sitio. Helicópteros que recorren la ciudad cerca de la medianoche, la represión en las villas y sobre todo el desplazamiento a otra localidad de los que no toleran el disciplinamiento, el panóptico. Hay una frase que me queda de Richard Morbius al comentar en medio de la conversación.  Hubo dos libros que no vendió posteriormente de haberlos robarlos: Borges y Shakespeare. Para él,  dos magnánimos escritores, que le daban el pasaporte a la literatura, como decía, a escribir pequeñas frases para luego reagruparlas en un poema, o en fragmentos. Y en cierta medida la escritura a veces es un rompe cabezas,  vómitos de enunciados, de anécdotas que pueden cobrar vida a través del verso o la prosa. “Bueno, me voy”, le dije. Se levantó y reiteradamente me estrechó la mano. “¡Da la mano más fuerte!”, dijo.
A lo lejos, perdiéndome entre la gente, escuché: “Seguí así, no cambies”.


Bernabé De Vinsenci