“DÍA DEL ESCRITOR”
Ayer se
recordó –cosa usual de nuestro tiempo– un oficio. Aunque a simple vista este oficio en la
actualidad guarda relación con la escritura vale indicar que tiene sus comienzos
en la oralidad. En la antigua Grecia ya se encontraban los aedos y rapsodas
evocando relatos de guerras y héroes. En la
Odisea, Antínoo rey de los feacios, admira al aedo Demódoco por su don de hechizar.
Esto nos induce, por otra parte, a que los aedos hacían gran uso de su memoria,
constituyendo no sólo un oficio del canto sino que a su vez cierta
profesionalización. Por ejemplo, la utilización de hexámetros dactílicos, podría
considerarse como un método eficiente de narración para los poetas. En efecto,
los poetas tenían una técnica que en griego hace referencia a la habilidad y a la
destreza de un oficio. Demódoco canta cuando Odiseo se encuentra en la tierra
de los feacios como hospitalario y al oír al aedo cantar la guerra de Troya,
emprende a sollozar. He aquí que el aedo adquiere cierto carácter divino al
relatar lo que ha sucedido.
En la famosa cuestión homérica se ha llegado
a mencionar que Homero era ciego y que por esa razón poseía una gran facultad
memorística lo que le proporcionaba el don del relato.
Fijémonos,
al comenzar en el texto a hablar de un oficio que pareciera tener que ver con
la escritura nos damos cuenta de que estamos lejos del acto de escribir. Hemos nombrado dos
palabras, la oralidad y la ceguera.
Sería torpe caer en la etimología de la palabra literatura para resumir
el oficio del escritor. Lo único que sabemos es que desde sus inicios nada ha
tenido que ver con escribir, y menos aún, con la ficción. Quizás actualmente se
tenga una connotación romántica del escritor y de la literatura en general. En
ese período la literatura logró autonomizarse de las prácticas discursivas científicas
e históricas, definiéndose como actividad específica de la ficcionalidad.
Entonces, deberíamos preguntarnos: un escritor ¿es alguien que meramente
escribe invenciones? Si antes dijimos que los aedos narraban de algún modo
hechos verídicos que asimismo eran reproducidos por el resto de la población:
¿por qué caemos en una valoración perteneciente al siglo XIX, en la cual
escribir significa “hacer ficciones”?
La etimología de la palabra ficción
significa ‘representar’ (en
escena) o ‘inventar’, es decir, que
la ficción es en sí una construcción. Por lo pronto, como dice Juan José Saer
en su artículo “El concepto de ficción”,
la ficción no es una reivindicación de lo falso. Hasta aquí, aparentemente, lo
que hace un escritor no es algo caprichoso sino que desde sus orígenes este oficio
lleva a afirmar que un escritor bien puede realizar una invención de hechos, o
no. Este oficio, no obstante, sobrepasa
el logos, esto es, el discurso lógico colocándose más allá. Al hallarse aún más
lejos que el logos, se ubica entre lo profético, o mejor aún, en una dimensión
donde los discursos históricos, o científicos, no logran llegar.
El oficio del escritor, finalmente, se acerca
al mito, a las narraciones frente a las maravillas del mundo, a aquello que no
tiene necesidad de ser explicado, pero que en algún tiempo debe ser confesado. Lo
que tiene para decir un escritor –no todos– es lo que se encuentra en tensión
de acontecer. Y es allí, aunque de manera desemejante con los poetas griegos,
que surge el carácter divino.
Bernabé De Vinsenci
