El carruaje imprevisto.
El fuego está encendido rodeado de infinitas sobras
inquietas
¡Las voces pendencieras reclaman demonios! No han
alcanzado la multitud exacta, aunque los arboles quieren ser siluetas.
Desde la plazoleta una bestia moviliza el festín y todos
beben de su baba viscosa
entreteniéndose al sentir vibrar los cueros.
¡Los astros observan ante los ojos que parecen estar
acabados!
La dama estremece el hilo del alma, y se esconde en sus
cabellos,
orgánicos como las
nubes ¡Niega bajar sus parpados ama imitar!
¡Ama no amar a quien ama, teme a amar!
Péndulos de voces arman a un ser, se desliza, se esconde
y nace sobre el fuego para que este no descanse.
Caminos rodean este limbo,
el humo rodea
espaldas, frías como la estación madre.
Hay una de las calles pavimentadas en la cual un carruaje
se siente sin verse,
sucesivas noches ocurre lo mismo, pero hoy no se oyó.
¡Imperiosos del bullicio, mendigos del silencio!
Injuriosos sujetos morfaban la impura viscosidad
y luego mutaban a carnes indefinidas tratando de hacer lo
que antes hacían.
¡Todos querían ser deformes una vez, experimentase en el
dolor!
La medianoche hermana se había alejado y
el carruaje no había pasado.
¡Estaban ebrios de danzas y del dolor!
De pronto, un estruendo amaneció desde la penumbra del
horizonte
Y un aforado
carruaje surgió a vista de todos. Cuando este había pasado
la luz reapareció y toda la multitud volvió a ser lo que
era estremeciéndose y ahogados en el llanto refinado.
A todas las bestias que se esconden de
maestro…
Bernabé De Vinsenci.