Fumo a deshora haciéndolo todo el tiempo y lo más miserable es que el cigarrillo se ha convertido en un
órgano condicional para mi mano. Ayer Angelita me contaba de la tela que le está
poniendo a su nueva bota parisina y yo fumaba y fumaba no dejaba de hacerlo,
jugaba con las formas sucesivamente
hasta hostigarme la boca. Atrás en mis espaldas un pequeño demonio me mordía los
pulmones al mínimo movimiento. -¡Deja de fumar!- se enfurecía Ángela y abría la
ventana y tocia al sacar un nuevo cigarro de mi atado. La habitación vecina
siempre bochinchera, portazos y la luz
prendida hasta las seis de la mañana, durante el día no se ven entrar ni salir.
En algún cruce de domingo, tampoco han dado un saludo, ellos estaban antes que
nosotros alquilando, y al parecer nuestra venida lo afecto.
El encargado de las rentas
hasta ha venido todos los meses, como lo
afirmo antes del contrato,. Desde su entrada por la puerta principal ya se sabe
que es él. Interroga a cada uno,, toma un café y se va cauteloso, y colérico. A
mí no me ha hablado mucho, seco, soberbio y altivo me mantuve cada vez, que
vino para no generar tantas idas y vueltas de palabras. No soy demasiado
sociable, pese a mis fastidios e intolerancias. Más de una vez, me han
confundido serio por renegado.
Paso media hora, Ángela se
fue a dormir, mañana supongo que madruga y yo en el living fumando. Exactamente
son las tres de la madrugada, todo el lugar y los demás departamentos en
silencio, excepto el de al lado que aún siguen con la luz encendida y alguno
gemidos del sexo. No hacen más que eso.
“Fumar causa cáncer” leo
sobre uno de los costados del paquete de cigarrillos. ¿Acaso la sociedad no es un cáncer? y todavía tiene más lentitud que éste, lo hace
terminalmente en décadas, a sangre fría. Luego de incansables formas, de estorbar
a las moscas con el humo, se me vino el cansancio del día. Cuando el reloj de
pared dio las cuatro y media, tome el último cigarro, lo enfrente a mis ojos y
le dije: ¡Te comportas bien ¿Me entendiste? Él no hablo, pálido se mantuvo y
arrugo la piel al verme mover las manos. Todos los tabacos son sinónimo de
inexistencia, no lo saben, por supuesto que no, jamás han poseído la capacidad
de razonar, pero sin embargo sienten la mortalidad ante el fuego como los
espejos que hacen esconder la belleza, si no existirían todos seriamos bellos.
Claro sin contar lo que pueden decir los otros al vernos. Agreguémosle que sin
espejos y todos mudos seríamos lindos.
La desvirgada pitada del último
cigarrillo fue normal, un poco de ardor en la garganta y la subida hasta la lengua
de los componentes químicos. Las primeras formas realizadas con el humo se
expandieron y desaparecieron, parecían nubes bajas y veloces. Un rato me
mantuve c6n constancia en querer formar
una forma, y al cabo de intentos me desanime.
Prepare un café con leche,
éste hirvió y el
pocillo se lleno con su ruido universal. No había notado que el cigarro estaba
en el cenicero de madera, un recuerdo de Tandil. Pensar en ello me produjo
ansias de darle unas pitadas más,, de consolarlo
para que no muriera solo, unos mimos con mi boca, le darían una muerte sana.
Deje el pocillo sobre la mesa de la cocina, tome rumbo al living y una sombra
se deslizo debajo de mi cinto. El cenicero se encontraba vacío, sólo algunas
cenizas frías lo cubrían y el objeto me llamaba, me llamaba. No tuve más opción
que acercarme y decirle ¿Qué te pasa? como si fuera un enfermo. Me miro severo y enmudeció viendo la sombra pasar por
mis espaldas. De inmediato lo arroje al retrato de papá situado en la pared, el
vidrio se cayó, se rompió y la fotografía quedo desnuda.- ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
-Apareció atónita Angelita con su camisón floreado- Nada, nada anda a dormir.
Solamente se rompió el cuadro de papá.
Me acosté cerca de las
cinco y cuarto, no pude dormir. Quizás me quede dormido en el sillón y todo fue
un sueño, lo cierto era que el pocillo estaba tibio en la mesa y en los sueños
no hay elementos a los cuales se le pueda medir su temperatura.
A la mañana siguiente fui
a comprar más cigarros, el vendedor se escondió, puso el cartel “Cerrado” y
bajo las cortinas. Ángela en el almuerzo expreso que nunca se había sentido tan
extraña como hoy. La calme diciéndole que pueden ser las desvaluaciones del clima.
No tuve más remedio que ir por la tarde a la casa de un curandero, debía
encontrar repuestas a lo acontecido en la madrugada
.-No, señor, usted no tiene
ninguna hechicería-Pero... Señora ¿No estará usted equivocándose? Le dije-No,
se lo puedo afirmar que usted no tiene nada de eso-Entre por la calle calmo, en
una de las esquinas un fuerte dolor de espaldas me condujo al hospital. ¡No aguanto más! ¡Es
insoportable! Gritaba internado mientras
una de las enfermeras acudía a mis gritos y mi hermana entraba detrás de ella.
-Ángela ¿Por qué lloras?-La
replique al verla entrar en la habitación
-No por nada Mateito-Y acariciaba mi pierna
¿Pero decime? Me siento
mucho mejor, mañana nos vamos ¿Qué tanta preocupación?-
Ángela seguía sollozando y
secaba los mocos con un pañuelo cocido por ella.
Bueno, si no me decís por
qué lloras, me saco todo esto y me voy a la mierda.
No hubo repuestas por
parte de su hermana.
¿Qué pasa?- Insistí con
bronca y tire un vaso
Está bien, está bien, creo
que deberías saberlo-Dijo Ángela entre lagrimas- Mañana el que se va sos vos- Y
los ruidos de su tristeza despertaron a los enfermos de las demás salas-
¿En serio me lo decís?-
Si-
Me muero, eso es. ¿Y cómo
lo sabés?-
Hace un rato vino una
mujer, no sé cómo me conoció, y sabía que yo exactamente era tu hermana. Dijo
que fuiste a su casa, y que de tantos papeles que tenía se equivoco con lo que tenía
que decirte....
¿Y?-
Nada, mi hermanito, mañana
te vas a morir. La últimas palabras de la mujer fueron que evocaste una forma de igual tamaño a la muerte,
mientras fumabas y según ella, una vez que la evocaste te toma y no te suelta
hasta llevarte con ella-
Me eche a reír tanto que
debieron darme un calmante.
Bernabé De Vinsenci