domingo, 24 de noviembre de 2013




La Literatura en la República Popular. 





"Para quien, intelectual u obrero,
está fuera de esta lucha de ustedes, es muy divertida la idea
de que un joven burgués muela a palos a un viejo
burgués, y que un viejo burgués mande a la cárcel
a un hijo burgués".

Pier Paolo Pasolini

Cuando Juan D. Perón ocupaba la Subsecretaría de Guerra, logró que se lo eligiera presidente del departamento Nacional del Trabajo, y sobre esa base fundó en seguida en la Secretaria de Trabajo y Prevensión con jerarquía ministerial. Perón emprendió la búsqueda de apoyo en algunos dirigentes obreros. El respaldo popular fue ascendiendo a medida que prosperaba el plan del nuevo secretario de Trabajo. El consenso que efectuaba Juan Domingo llevaría a los sectores conservadores a mover un grupo militar exigiéndole, el 9 de octubre de 1945, su renuncia a todos los cargos. Los grupos ya definitivamente peronistas, se dispusieron a organizar un movimiento popular para obtener el retorno del General. El 17 de octubre se inició una marcha en el epicentro de Buenos Aires desde las zonas suburbanas y se nuclearon en la plaza de Mayo evocando la libertad y el retorno de su jefe. El 24 de Febrero de 1946, en elecciones formales, la fórmula Perón-Quijano triunfó en todo el país con el 55% de los votos.
Por aquellos años se editaba la revista Sur fundada en 1931 por la escritora Victoria Ocampo de raíces aristócratas y educación francesa. Nieta de un compañero de Sarmiento. En aquella revista se publicó el primer texto en español sobre el Ulises de James Joyce y varios escritos de la escritora británica Virginia Woolf. Ocampo estaba definida por su oposición al bando populista. Como derivación de su enfrentamiento con Juan Domingo Perón, éste decretó su detención enviándola a la cárcel El Buen Pastor, un instituto de prostitutas, durante veintiséis días. En Sur asimismo publicaban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, autores de “La fiesta del Monstruo” que escribieron en 1947, bajo el famoso seudónimo Bustos Domecq. “Allí un militante le cuenta a su pareja, Nelly, lo que sucedió en el camino hacia Plaza de Mayo, en donde escucharían al “Monstruo”, refiriéndose así a Perón, en el día de su fiesta. Según algunas lecturas, entre las que se cuentan la del propio Piglia y la de José Pablo Feinmann, este cuento es una versión actualizada de “El Matadero” de Esteban Echeverría. Si allí los “bárbaros” mataron a un unitario, en “La fiesta del monstruo” será un universitario judío el asesinado. Es evidente, entonces, la manera en la que Borges y Bioy Casares pretenden reflejar al peronismo: antisemita y bárbaro. No sólo en la obra de Borges es posible encontrar referencias de su enfrentamiento con el gobierno de Perón, sino también en algunos hechos, como cuando trabajaba en una biblioteca en 1946, y fue “ascendido” a inspector de gallinas, aunque se negó presentando su renuncia”[1]. Dentro de esta controversia, estaban situadas emblemáticas figuras como Ernesto Sábato y Ezequiel Martínez Estrada quienes consolidaron el bloque intelectual antiperonista. Sábato estimó a Perón como el demagogo carente de escrepúsculos y entusiasta de la doctrina nazi. Cierto es que la literatura y el campo intelectual en ese período estaban dotados a partir de la “tiránica” figura de Perón, y las adjetivaciones correspondientes a los sectores populares, como por ejemplo, los “cabecita negras” o los “los grasa”; estos insultos alcanzarían su extremo cuando en las paredes de la ciudad apareció escrito “¡Viva el cáncer!” aludiendo a Eva Duarte de Perón quien murió el 26 de julio de 1952 a la edad treinta y tres años de un cáncer que se había iniciado en el útero para luego extenderse por todo el cuerpo. Eduardo Galeano en “Memoria del Fuego” anota: “¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo”. Martínez Estrada autor de obras reconocidas, como “La cabeza de Goliat” y “Radiografía de la pampa”, estuvo incluido en la tarea de especular dicha figura. Colocándose en una versión diferente al sostener que el entendimiento del peronismo sólo podía observárselo como un emergente de fenómenos anteriores. Para Estrada la reivindicación del interior de Buenos Aires fue la tragedia de una clase proletaria ausente. Estos asaltaban un lugar sin cognición política ni costumbre de organización. La inquietud del santafecino era cómo crear entre los obreros una conciencia de luchas de clases.
Dentro de la historia nacional, la aparición de Perón figuró la vanguardia del pensamiento cultural, social y político. Haciendo entender a los sectores populares que los bienes materiales eran monopolizados por las clases dominantes. En cuanto a las interpretaciones intelectuales pronto asumieron continúas querellas. En el diario uruguayo Acción del 4 de junio de 1956 Borges, que su madre y su hermana habían sido detenidas por haber participado en manifestaciones contrarias al líder, declaró que las aseveraciones de Martínez Estrada envolvían un elogio a Perón. Las polémicas llegarían hasta la revista Sur donde Borges volvía a opinar que “el régimen de Perón era abominable, la revolución que lo derribó fue un acto de justicia y el gobierno de esa revolución merece la amistad y la gratitud de todos los argentinos”[2] Ernesto Sábato intervino en la polémica finalizando el debate al expresar que el peronismo no debe ser entendido como una bárbara aberración y sí como un movimiento de masas que articuló de modo confuso genuinas necesidades.
Unas de las revistas indispensables fue Contorno (1953-1959) entre los integrantes de este grupo se situaban Oscar Masotta, Carlos Correas, Juan José Sebrelli, los hermanos Ismael y David Viñas y Noé Jitrik. La revista tenía como propuesta indagar la literatura con el compromiso respecto de la realidad. Los jóvenes planificaron su proyecto editorial en oposición a la revista Sur. Una de las discrepancias contra la revista de Victoria Ocampo era la falta de preocupación frente a la realidad. Los integrantes de Contorno percibían que estaban atravesando un tiempo de desorientación en el cual era difícil tomar posición. El “denuncialismo” de revista tuvo sus raíces en el intelectual comprometido del francés Jean Paul Sartre. Quien editaba, y más de una vez distribuyó bajo el brazo junto a Simone de Beauvoir, la revista “Les Temps Modernesfundada en 1945. El título hacia referencia al rodaje cinematográfico de Charles Chaplin filmado en 1936. En principio, lo que determinó a los jóvenes de Contorno fue la conducción de un conocimiento filosófico, ensayado en la lectura de autores como Sartre y Albert Camus. En su mayoría los constituyentes de la revista habían transitado Francia una vez consumada la Segunda Guerra Mundial. Luego David Viñas en 1958 filmará “El Jefe” junto a Fernando Ayala haciendo una alegórica crítica al peronismo. Contorno emprendió la relectura intelectual del cuestionamiento liberal. En 1953 Ismael Viñas había enunciado el programa de su revista, afirmando “no queremos ejemplos: los que tenían inteligencia se han burlado, han fracasado, se han entregado o han huido. Los que tenían buena fe y coraje han carecido de inteligencia […] Parece que sólo nos queda la reiteración en la crítica y en la denuncia”. En unas de sus últimas entrevistas, en el programa televisivo “Espejados”, David Viñas sostuvo que el peronismo era el sentido común. En “Les Temps ModernesViñas publicó un artículo con el título Argentina entre populismo y militarismo” que firmó con en el seudónimo de Antonio J. Cairo. Allí escribió lo siguiente: Podría decirse, para intentar comprender un poco mejor, que Borges y Perón “son dos burgueses” […] con ellos culminan la literatura y la política concebidas en el núcleo programático inicial de 1845, dado que Perón y Borges –a pesar (y a causa) de sus contradicciones y sus matices– son la concreción perfecta de esta conciencia posible”[3].
El 13 de noviembre de 1955 encabezó el golpe militar Pedro Eugenio Aramburu. “Desde entonces, las figuras de tradición liberal –conservadores y radicales, abogados y empresarios- predominaron en la administración y fijaron la posición del gobierno, que fue definida explícitamente como una prolongación de de “la línea de Mayo y Caseros”. [4] Los integrantes del equipo gubernamental no tenían duda de que el gran porcentaje de los votos obtenidos por Perón, en el año 1951, habían sido mediante el fraude, la sujeción y la manipulación de la opinión. El peronismo quedaba proscripto. El grupo elitista que participaba en Sur declaró, “Como oposición al tirano nos juntaba a todos, algunos no se daban cuenta. Hoy aquella fisura alcanza proporciones cismáticas.[5]
Los fusilamientos que marcan de espanto aquellos tiempos servirían de lugar para una investigación gloriosa de Rodolfo Wash cuyo título, “Operación masacre” connotaba la técnica del gobierno para anular al peronismo.
La movilización de Perón colocó a los letrados liberales en el desprecio de la clase obrera, las imágenes incluyen monstruos, sujetos sin cultura, sin educación, las vestimentas de trajes exóticos y sus lenguajes raros, hediondeces y conductas; que en ocasiones serán equiparados como animales. A partir de esta congregación popular que venía promoviendo desde las primeras inmigraciones del fines del siglo XX y la iniciación del siglo XXI y los disimiles movimientos obreros. En la década del cincuenta, estos “huérfanos políticos” descubren, captan la irrupción de lo novedoso en un actor que auxilia sus penurias. Es obvio que el paternalismo a Perón –si existió verdaderamente- y la materialidad hacia Evita crea un “complejo político”, supone la representatividad democrática que a lo largo de los años fue interrumpida por parte de las clases conservadoras, ya sea a través del fraude o mediante la militarización.




Bernabé De Vinsenci
bernabe-devinsenci@hotmail.com




[1]Reinhold, Bárbara. El peronismo en la literatura. Edición en Clarín.

[2] J,L. Borges “Una efusión de Martínez Estrada”, en Sur, n. 242, septiembre y octubre de 1956.
[4] Romero, José Luis. Breve historia de la Argentina. Cap. XIV LA REPÚBLICA EN CRISIS (1955-1973). Ed Fondo de cultura Económica 1997.
[5] J.A Paita, “Nuestra actualidad pública”, en Sur, n. 243 noviembre-diciembre 1956.

domingo, 10 de noviembre de 2013


La máquina que quiso ser inmortal.







“…una pasión de la escritura que sigue paso
a paso el desgarramiento de la conciencia burguesa.”

Roland Barthes, “El grado cero de la escritura”

Por
Bernabé De Vinsenci


Roberto Emilio Gofredo Arlt, más reconocido por Roberto Arlt, y sus “Aguafuertes Porteñas” –editadas regularmente en el diario El Mundo, además de las novelas capitales “El juguete Rabioso” (1926), “Los siete locos” (1929) y “Los lanzallamas” (1931).
 Nació en Flores un 26 de Abril de 1900, barrio porteño, criado bajo la tutela de un padre autoritario, el prusiano Karl Arlt y su madre Ekatherine Iostraibitzer quien provenía de Trieste,  punto de confluencias de culturas en choques (la austríaca, la italiana, y la eslava) . Vivió los primeros años en un contexto humilde, y de trabajo, frente a una sociedad cruel y habitualmente hostil. De niño recibió extorciones paternales: “Mañana cuando amanezca te voy a azotar”, le decía Karl y el pequeño Roberto no lograba pegar los parpados durante toda la noche a la espera de los golpes que llegarían de madrugada. Sin ingresar en polémicas acerca de si el Juguete Rabioso, es o no, una novela autobiográfica, a Silvio Astier le ocurre algo similar: su padre, figura severa, lo alza a sus faldas y comienza a darle palmadas por atrás; además éste personaje, Astier, se definía por ser un inventor, y por momentos un extático soñador. A su vez transcurre lo mismo con Erdosain en Los siete locos: “Quien comenzó este feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me decía: “Mañana te pegaré”. Siempre era así, mañana…”.
En los relatos tradicionales es usual que el narrador proceda en tercera persona, Arlt es un prosista que tenazmente pasa a la primera persona: “Yo la definiría”, “Estaba sentado”, existe un deseo de ser cómplice directo dentro los acontecimientos, de proporcionar un monologo dejando perplejo al lector; ya que a veces suele confundirse entre el narrador, y el propio Roberto Arlt.
Quizá del vínculo inclemente frente al padre, jornalero mal rentado en Argentina, haya nacido su constructo psicológico y por otro lado la escritura, de su madre, quien leía folletines. Una típica familia patriarcal. El aumento del trance familiar llevó al adolescente a desertar de la casa con tan sólo dieciséis años. Luego se casó dos veces, en 1922 con Carmen Antinucci, y en 1940 con Elizabeth Mary Shine. Sus amigos testificaban que tenía un gran éxito con las mujeres, pero sus amoríos casi siempre fueron tensos, de amor y odio extremo, de muerte. Hay una diálogo en El amor bujo entre Estanislao Balder y Alberto; éste último expresa (Hablando de Zulema): “A mí no es necesario que me engañes si algún día te sucede enamorarte de otro. Creo que la mujer tiene los mismo derechos sociales y sexuales que el hombre”. La inclinación de Roberto Arlt alcanza a verificarse en una identificación con el mundo materno, que lo trasladaba a la reconciliación con cierta actividad placentera de la niñez, y una oposición al mundo paterno. Hay huellas de los primeros años de vida que perduran en la vida de del escritor, su hija Mirta Arlt, marcó que su padre era un ser “soñador”, pero por otro lado con rasgos de despotismo.
En algunos casos fue calificado, “el otro escritor que no sabía escribir”. Ante la recriminación de que Arlt escribía con deficiencias, Ricardo Piglia explica que es una falta de perspicacia histórica como teórica; Arlt había pensado a la lengua nacional como «el lugar donde conviven y se enfrentan distintos lenguajes, con sus registros y sus tonos» él elaboró y modificó este conglomerado. En cierto modo, lo que señala Piglia, es que la lengua manipulada por el escritor es propia del lunfardo social de aquellos años y  supo emplearla como un recurso auténtico, conquistando la innovación y la estimulación del lector a través de una unidad viva. Por otra parte, era un lenguaje con deformaciones sintácticas, de declinaciones defectuosas, propia del alemán y el italiano que hablaban sus padres. Roberto Retamoso en “Lenguaje y escritura  en Roberto Arlt”, comenta: “Se trata, según sus propios términos, de la sonoridad y la flexibilidad de un idioma comprensible para todos, que se muestra vivo, nervioso, por lo que logrará sustituir a un idioma rígido que no corresponde a nuestra psicología”.
El lenguaje arltiano es una locución activa, fuera posiblemente, de todo artificio; la materia prima de su labor literaria fue el sondeo del habla para reubicarla en su escritura: la lengua viva.
Asimismo es cierto que, en esos años gobernaba un tipo de literatura elitista, inquietados por la forma escritural y las vanguardias europeas, las traducciones, etc., el grupo Florida, que Arlt refirió alguna vez como “la calle sin espíritu”; cuando éstos consiguieron su obra fue, en descripciones de Cortázar, “para mostrar tan sólo las falencias y las imposibilidades”. La configuración de Arlt en relación con la sociedad y su escritura, devienen de su participación por disímiles oficios que, a su vez le consentían la subjetividad de un proletario, de modo que programó estos acontecimientos como recursos narrativos, concibiendo a la escritura, un espacio de dispersión de los deseos. En un reportaje a Mirta Arlt en la revista Sudestada, dice: “En esa época, lo que hacía –y que a mí me llamaba muchísimo la atención– era armar radios, esas radios capilla. La primera que hubo en mi casa la hizo papá”. La escuela de Arlt significó, la práctica autoinstruida y la empresa de la redacción, en otras palabras, un esquema performático que tensionaba la “moral inviolable” del sector pequeño–burgués; es obvio que esta empresa le permitía ganar dinero.
Respecto de la obra de Arlt, José Amícola en “Astrología y fascismo en la obra de Arlt”, periodiza cuatro etapas de críticas:

1) 1926-1952/REALISMO URBANO: Nacido en toma de conciencia de fenómenos crecientes de Buenos Aires por oposición al campo que empieza a perder interés y desaparecer de la zona iluminada Argentina.
2) 1935-1964 /ANGUSTIA EXISTENCIAL: Gestada en la profunda influencia de Sartre en la Argentina.
3) 1965-1971 /SEXUALIDAD, CLASES SOCIALES Y ESTRUCTURAS NARRATIVAS: Los impulsos vienen ahora de un renovado freudismo, de una intensificación del marxismo y de las luchas estructuralistas.
4) 1972-PRESENTE  /POLIFACETIMOS “LOS OFICIOS DE VIVIR”

El público arltiano fue, como Beatriz Sarlo lo señala en “Escritos sobre la literatura Argentina”: “Arlt era leído por un público al cual le devolvía una imagen no reconciliada de un mundo que no consideraba divertido sino despreciable y mezquino”.  Si el semiólogo francés Roland Barthes propone que la escritura es lo indecible del habla; este fue el trabajo que efectuó el escritor porteño en  sus lectores: simbolizar a través de los signos y la escritura, elementos sociales latentes pero indecibles para la propia sociedad.  Arlt no sólo edificó un modo nuevo de hacer literatura, al mismo tiempo instituyó su propio público. Da la impresión de que en ese “registro del lenguaje en la sociedad” le permitió al escritor acceder a un público aglomerado que, no sólo lo leía sino que además abrigaba afinidad. En el prólogo de su tercera novela,  “Los lanzallamas”, Arlt escribe: “Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.  Forjar una práctica literaria “nueva”, explotar fuerza de trabajo en los “contenidos” –lo que más le interesó– igual que un peón de estancia o un albañil de una obra de construcción, no como aquellos que atarean un bordado durante diez años y se toman otros diez años de recreos. En cierto punto Flaubert, citado por Arlt en dicho prólogo, connota tiempo y estilo; “Arlt”, por el contrario  una hoja y un papel y a la manera nietzscheana: un decir a martillazos.  Roberto carece de tiempo para proyectar sutilmente el estilo. Por lo tanto ambos nombres Arlt y Flaubert son antitéticos en cuanto a la práctica específica de escribir. Lo revelador aquí es que a Arlt  los bordados no le atañían; lo que sí le concernía era escribir “entre los ruidos de un edificio social que desmorona inevitablemente”. Y en esas condiciones no había tiempo para el bordado.  
En una de sus redacciones Arlt hace referencia a su apellido: "Otras personas también ya me han preguntado: ¿Dígame, ese Arlt no es pseudónimo? Y ustedes comprenden que no es cosa agradable andar demostrándole a la gente que una vocal y tres consonantes pueden ser un apellido.” El escritor mediante sus escritos, a decir verdad, instaura su “imagen de autor”, que a través del trabajo prepotente –escritura– y con hipérboles, refleja la idiotez incurable de la sociedad pequeño–burguesa, incluso, a veces la de sus propios lectores. El escritor rioplatense rastrea y figura en su escritura: 1) Discursos distantes del terreno de los escritores. 2) Saberes sin tradición letrada. 3) Maestrías que surgen del mundo del trabajo. En el marco de estos recursos Arlt traza una ficción que asiste a implantar un “nuevo mundo”, o por lo menos a desintegrar las costumbres vigentes, ya sean de la pequeña–burguesía o de la sociedad misma. Dos propiedades emergen de la obra arltiana, el “deseo” y el “fracaso”. Los personajes permanentemente están en un movimiento que comprende estos dos puntos: “algo extraordinario tiene que acontecer”, “el intento de ruptura frente a la condición social”, “la intervención frente al canon moral”, “la conquista de la nación” (Los siete locos), “el exilio” y en último lugar una suerte de fracaso. No es casual que los protagonistas novelescos -(ER)dosain, Silvio Asti(ER), Estanislao Bald(ER)- se acentúen por ser masculinos. Y los tres contienen la fracción silábica “ER”, que puede localizarse en su nombre, Rob(ER)to. Él mismo ha indicado que sus personajes son porciones suyas.  
El contexto del ciclo arltiano estuvo signado por la primera oleada de inmigrantes más significativa del país, acaecida a fines del siglo XIX;  ya para la apertura del siglo XX, éstos habían labrado su propio saber y adquirido un juicio cultural y una intervención literaria y periodística.  Además nacían las primeras huelgas anarquistas, una de ellas la “Patagonia Rebelde”, los fusilamientos frente a los pozos que las mismas víctimas excavaban y caían desplomadas. Las movilizaciones proletarias, como la “Semana Trágica” (1919) huelga en un taller metalúrgico y “La Forestal” (1921). La pena de muerte del italiano Severino Di Giovanni (1931) a la que Arlt presenció como cronista. Se comenta que al volver al diario “despedazado”, “deshecho”, le comentó a un obrero linotipista: “Yo no me explico que haya gente que se ponga guantes blancos para ver matar a un hombre”.
 No obstante, se gestaba un proceso el cual disgustaba a los autóctonos porteños, ya que apetecían conservar el campo intelectual del siglo pasado. Arlt, hijo de expatriados, no integró la elite de intelectuales dominante y a pesar de no conformarla exhibió en su ciclo un juicio del plano socio–político del período; partícipe de un modelo económico –agroexportador– en donde, empleando algunas de sus frases como “a los del centro todo y a los de afuera nada”. Puso en crisis a través de su obra las plataformas institucionales vigentes, el matrimonio, la familia, etcétera.
Es oportuno agregar que en las tres primeras décadas del siglo XX, podían advertirse tres formas de ser escritor:

         - El nuevo profesional del teatro o de la industria editorial.
         - El escritor también es periodista en los diarios como “Crítica” y “El mundo”.
         - El escritor de la élite. (Todavía persiste)[1].


       En el prólogo de El juguete Rabioso elaborado por Juan Carlos Onetti, en la edición Bruguera Alfaguara, el escritor uruguayo en el inicio, expresa: “Quiero aclarar que desde el principio estas páginas se escriben, misteriosamente, porque el editor y el autor estuvieron de acuerdo respecto a su tono. Yo no podría prolongar esta novela de Arlt haciendo juicios literarios, sino sociológicos; tampoco podría caer en sentimentalismos fáciles sobre, por ejemplo, el gran escritor prematuramente desaparecido [...] Pero, sobre todo, imagino y sé la gran carcajada que le provocaría a Roberto Arlt cualquier cosa de ese tipo”. Vale indicar que Onetti había sido influenciado enérgicamente por Arlt, tanto que así llegó a decir que éste había traducido a Dostoiesvsky al lunfardo.
 Es menester evidenciar que introducirse en la literatura para Arlt no resultó fácil, lo que implicó consecuentemente la cimentación novedosa de su figura como escritor; en una carta a su hermana y a su madre, presumiblemente de 1929, dice: “He llorado hasta por las calles al pensar en el desastre que era mi vida cuando todos los acontecimientos exteriores sólo debían proporcionarme felicidad, orgullo y alegría. Soy el mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Quizá por eso sea el mejor escritor”. Estas reliquias bibliográficas ayudan al conocimiento de autor–vida–obra, y unos de los rasgos notables es la poética atravesada por la tragedia que hace cómplice al lector, y que tiene punto de choque en el referente: la realidad social trastocada por la ficción, por momentos pintoresca, que busca deslegitimar la estructura social y alza a los hombres en una manada deseante. Desde una perspectiva psicoanalítica, el escritor está frente a una realidad insatisfecha, cito a Freud en el texto“El poeta y los sueños diurnos”: “Puede afirmarse que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho. Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria”. En este plano defino a Arlt con el nombre de “Máquina Deseante” que restituye al lector su irreconciliación con la realidad, abriendo un puente en la ficción, donde una muchedumbre receptora revela aquello que en su habla cotidiana no ha sabido decir.
Nombrar a Arlt, no figura peculiarmente reseñar a un escritor precoz, sino a un período histórico, a una protesta contra la argentina oficial de aquellos años: el pacto entre conservadores y radicales entre los años 1916 y 1930. El radicalismo que no había cuestionado el sistema económico basado en el programa que la burguesía agraria había sentado en el siglo anterior. El resultado había significado una era de estabilidad, de robustecimiento del estado y de democratismo parlamentario –dentro de las normas del juego liberal–. Para el año 1933 el inicio del “Tratado Roca–Runciman” obligaba al  país a una exclusiva obediencia de Inglaterra. Dicho tratado aseguraba la supervivencia de los grandes estancieros quienes producían la carne. Vale decir también que surgen en Buenos Aires los conventillos en donde una familia proletaria ocupaba un cuarto. El escritor Elías Castelnuovo (1893–1982),  testigo de la época, la detalla de la siguiente manera: “El recuerdo principal que tengo de aquellos años fue la miseria […] No había trabajo. Me acuerdo que cuando teníamos el teatro Proletario hacíamos colectas para conseguir diez centavos con el fin de que viajara mucha gente que no podía hacerlo”.  Los años finales del siglo XIX y principio del siglo XX constituyeron una etapa de gran crecimiento demográfico produciéndose una impensada concentración urbana. Un censo del año 1914 data en la ciudad de Buenos Aires con 1.575.814 habitantes, de los cuales 797.969 eran extranjeros. Al paso de las alteraciones sociales –concentración proletaria, malas condiciones de empleo, proceso de migración interna– los escritores comenzaron a entrever fenómenos nuevos que inscribían en su literatura. Por este entonces, puede apuntarse que aflora la llamada “narrativa urbana”.
La cimentación literaria arltiana, parte del decadentismo, ancla una conspiración en repuesta a la “vida puerca”.  El “decadentismo” se manifestó frente a  la represión de las masas populares, y tenía la inquietud por las cuestiones sociales. En diferentes pasajes de la obra arltiana logra notarse los síntomas de un lenguaje técnico, el proceso de  modernización urbana que acarreaba consigo la desazón, el ensanchamiento sistemático del capitalismo y los efectos de cada unos de estos fenómenos. Arlt por otro lado apeteció ser un inventor, el creador de “algo extraordinario” que lo inmortalizarse como “Thomas Edison”. “Descubrir”, “crear algo” que lo hiciese vivir unos quinientos años. Este recorrido casi cientificista, o sea, la voluntad técnica, se exhibe en sus novelas como un hecho íntimo.    
Más allá de los elementos pertinentes fondeados en período en el que escribía, la obra de Arlt  es una proclama a la sociedad y sus normativas y al sujeto inserto en ella, una escenografía en la que, la pequeña–burguesía es ofendida. Su primera novela llevaría el título La vida puerca y fue modificada por El juguete rabioso en encargo de Ricardo Güiraldes, cuyo escritor en 1926 publica Don segundo sombra. Con estos personajes deseantes, delirantes y desequilibrados que se agitan dentro de su narrativa, Arlt logró interponerse a la legitimación cultural que muy pocas veces se cuestionaba en esos años.
Roberto Arlt viene a ser el portavoz de las clases tiranizadas, a narrar la historia de los vencidos. Invierte los sentidos: por cierto la más bienaventurada habría de ser la pequeña–burguesía, y no aquellos que están dentro de la miseria y son explotados.  Para respaldar esto, en El amor brujo, escribe:

“A un lacayo, y a una mucama, o a un repartidor de leche y una cocinera, les resultaba menos difícil constituir un hogar socialmente respetable, que a una chiquilla respaldada por el petulante decoro de su familia burguesa […] El lacayo o el repartidor de leche habían confeccionado dos o tres ideas concretas respecto a la vida, así también la mucama y la cocinera, que con la dos o tres ideas maniobraban con éxito en la vida”.

Antes de concluir el texto, optaría por no realizar el juego polemista Arlt/Borges. Ya que resultaría algo fastidioso. Sí es ineludible indicar que para uno la literatura significó la vida y la muerte, y para el otro un ejercicio culto. En mi consideración, aglutinando la obra de Roberto Alrt, profeso que con cada uno de los avatares que viven sus personajes, podría descifrarse el propio avatar del escritor, debido a que su obra se constituyó en pequeños órganos que permitieron su existencia.
A Estanislao Balder, en una secuencia de la novela, alegóricamente un leñador lo golpea con un hacha dentro de su pecho. A Roberto Arlt le sucedió mismo, pero hubo un golpe tan estrepitoso que hubo de matarlo un 26 de julio de 1942. Varios diarios lo conmemoraron, uno de ellos La Vanguardia, diario socialista, tituló: «Dejó de existir Roberto Arlt», La Prensa, diario conservador: «Fallecimiento del señor Roberto Arlt», además La Nación, con: «Don Roberto Arlt. Falleció ayer en esta capital», y por último El Mundo: «Falleció ayer nuestro compañero Roberto Arlt». Ese invierno de 1942 los contemporáneos no tenían la lúcida certeza de quién realmente se había marchado, quién con la ausencia empezaría a hacer estragos, incluso, llegar a ser el escritor distinguido por los letrados e iletrados; pero ¿Por qué? En un texto titulado “Sobre su experiencia en el Teatro Independiente”, escrito en marzo de 1932 para el diario El mundo, reproducido poco después de su muerte en Conducta [Julio-Agosto de 1942] el escritor porteño escribe, acuña su epitafio: “La misión de un escritor que se estima así mismo, es señalar a los ojos de los demás, las virtudes y los defectos”, es decir: la franqueza.




Bibliografía

Goloboff, Gerardo Mario. Genio y figura de Roberto Arlt. Ed Eudeba. Buenos Aires, 1989.
Arlt, Roberto. Los siete locos. Ed. Colección Ombú. 2013.
Arlt, Roberto. El amor brujo. Ed. Losada. Buenos Aires, 2009.
Arlt, Roberto. El juguete rabioso.Ed. Bruguera Alfaguara, 1979.
Amícola, José. Astrología y fascismo en la obra de Arlt. B. Viterbo Editora, 1994
Sarlo, Beatriz. Escritos sobre la literatura argentina. Siglo XXI editores.



[1] Sarlo, Beatriz: “Escritos sobre la literatura Argentina”.