El sol abrió su dorado rayos
sobre las llanuras contemplando su reflejo frente a las miradas de
incertidumbre mutuamente. La faz de la
tierra era escudo, era la protección en meditación haciendo remordimientos en
los estragos de la historia. Los señores instruidos por el jugo de aceite
recreaban la historia, barnizando a una sociedad frente al engaño la civilización.
El niño creció cuando el
enfrentamiento bélico fecundaba, las raíces de la vanidad crecían frente a su
sendero. Era el último hombre, la generación, de lo fáctico, aquel que terminaría
con el pensamiento ortodoxo occidental nutrido de la Europa saqueadora.
La piel morena fue emblema
de su retículo cultural, donde la caza y la pesca eran la madre de la alimentación.
Los minerales de la tierra en cada aurora reposaban sobre su pies, fortaleciéndolo
a cada suspirar para el enfrentamiento.
Los años de sometimientos,
transpiración y evaporación pasaron como si la mirada quisiera captar el
momento en que la pupila absorbe la luz. Varias cabezas habían sido colgadas,
mientras las gotas de sangre caían sobre la tierra, pidiendo simplemente veneración.
Esa el joven mañana salio,
mientras las moléculas de oxígenos jugaban con sus largos pelos impidiéndole la
visión hacia el horizonte que tanto su tribu soñaba. Cruzo su primer obstáculo
los arbustos, que parsimoniosamente realizaban la fotosíntesis. Tomo su arma
que se hacia vulnerable frente a la de los ortodoxos y camino para montar en su
caballo, que esperaba irracionalmente.
Tomo el sendero del núcleo
bélico y viendo perderse en la nada, dirigía su mirada al rancho revocado en vivencias. El caballo
aumentaba lentamente la llegada y cataratas lentas de olvidos caían sobre el
lomo de su animal. Desde lo lejos visualizaba
la muchedumbre que no se distinguía, algunos se expandían en el suelo con deformes anatomías.
Detuvo lentamente su
animal, que se distraía en querer nutrirse de los suelos estériles, que
solamente tenían algunos pastos. Camino con su caballo como queriendo enlazar a
amistad con los ortodoxos. Todo era inicio de una vana relación.
-¡Fuego!- Grito uno de
ellos.
- ¡Esperen!- Intervino el
oficial.
Él reposado en su animal no entendía, su lengua
era diferente. Entonces, repuso uno de ellos.
-¡Bájese!-Mientras lo
miraba.
Él no entendía, la orden.
Seguía sometido en la pose inicial por temor, sus compañeros habían sido
muertos, mientras algunos ortodoxos seguían jugando con sus anatomías.
- ¡Pero le he dicho que
se baje!.- Repuso nuevamente.
Todo era innecesario, la incomunicación
era abundante entre individuos de diferentes intrusiones, ambas de naturaleza reciprocan.
- ¡Bájenlo, de inmediato!-
Los subalternos se
dirigieron, ante el joven que permanecía rígido y lo tomaron del cuello, como
la noche toma el día. Lo arrastraron frente al sargento, mientras una pequeña
tormenta de tierra decoraba la situación.
-¡Que es lo que quieres!-
Pregunto
Pero él, no respondió.
-¡Mátenlo!-Ordeno el que había
sido mandado como sargento en la guerra y dictaba cada una de las ordenes, para
que los insensatos obedecieran.
Todos tomaron sus armas y
dieron inicios a las balas al mismo tiempo, dando por estallido al corazón del
joven que se bañaba así mismo de sangre por todo su cuerpo.
-¡Basta de barbarie!- Grito
el sargento- ¡Basta!-
Mientras las artesanías quedaban
solitarias en la tribu, pidiendo manos para la proliferación.
AUTOR: Bernabé De Vinsenci
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