jueves, 1 de diciembre de 2011


                                                             LA CUEVA DE AMERICA


El sol abrió su dorado rayos sobre las llanuras contemplando su reflejo frente a las miradas de incertidumbre mutuamente.  La faz de la tierra era escudo, era la protección en meditación haciendo remordimientos en los estragos de la historia. Los señores instruidos por el jugo de aceite recreaban la historia, barnizando a una sociedad frente al engaño la civilización.
El niño creció cuando el enfrentamiento bélico fecundaba, las raíces de la vanidad crecían frente a su sendero. Era el último hombre, la generación, de lo fáctico, aquel que terminaría con el pensamiento ortodoxo occidental nutrido de la Europa saqueadora.
La piel morena fue emblema de su retículo cultural, donde la caza y la pesca eran la madre de la alimentación. Los minerales de la tierra en cada aurora reposaban sobre su pies, fortaleciéndolo a cada suspirar para el enfrentamiento.
Los años de sometimientos, transpiración y evaporación pasaron como si la mirada quisiera captar el momento en que la pupila absorbe la luz. Varias cabezas habían sido colgadas, mientras las gotas de sangre caían sobre la tierra, pidiendo simplemente veneración.
Esa el joven mañana salio, mientras las moléculas de oxígenos jugaban con sus largos pelos impidiéndole la visión hacia el horizonte que tanto su tribu soñaba. Cruzo su primer obstáculo los arbustos, que parsimoniosamente realizaban la fotosíntesis. Tomo su arma que se hacia vulnerable frente a la de los ortodoxos y camino para montar en su caballo, que esperaba irracionalmente.
Tomo el sendero del núcleo bélico y viendo perderse en la nada, dirigía su mirada  al rancho revocado en vivencias. El caballo aumentaba lentamente la llegada y cataratas lentas de olvidos caían sobre el lomo de su animal.  Desde lo lejos visualizaba la muchedumbre que no se distinguía,  algunos se expandían en el suelo con deformes anatomías.
Detuvo lentamente su animal, que se distraía en querer nutrirse de los suelos estériles, que solamente tenían algunos pastos. Camino con su caballo como queriendo enlazar a amistad con los ortodoxos. Todo era inicio de una vana relación.

-¡Fuego!- Grito uno de ellos.
- ¡Esperen!- Intervino el oficial.

Él  reposado en su animal no entendía, su lengua era diferente. Entonces, repuso uno de ellos.

-¡Bájese!-Mientras lo miraba.

Él no entendía, la orden. Seguía sometido en la pose inicial por temor, sus compañeros habían sido muertos, mientras algunos ortodoxos seguían jugando con sus anatomías.

- ¡Pero le he dicho que se baje!.- Repuso nuevamente.

Todo era innecesario, la incomunicación era abundante entre individuos de diferentes intrusiones,  ambas de naturaleza reciprocan.  

- ¡Bájenlo, de inmediato!-

Los subalternos se dirigieron, ante el joven que permanecía rígido y lo tomaron del cuello, como la noche toma el día. Lo arrastraron frente al sargento, mientras una pequeña tormenta de tierra decoraba la situación.

-¡Que es lo que quieres!- Pregunto

Pero él, no respondió.

-¡Mátenlo!-Ordeno el que había sido mandado como sargento en la guerra y dictaba cada una de las ordenes, para que los insensatos obedecieran.

Todos tomaron sus armas y dieron inicios a las balas al mismo tiempo, dando por estallido al corazón del joven que se bañaba así mismo de sangre por todo su cuerpo.


-¡Basta de barbarie!- Grito el sargento- ¡Basta!-

Mientras las artesanías quedaban solitarias en la tribu, pidiendo manos para la proliferación. 




                        AUTOR: Bernabé De Vinsenci

  


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