jueves, 19 de enero de 2012


Al otro día

¡Y ahora las malditas hormigas!- Exclamo, aplastando al indefenso insecto que caminada por su cuerpo.
Inútil fue intentar descansar, mas allá, de las pocas horas dormidas durante los días anteriores. La ducha reaparecía como una herramienta, pero realmente vana. Mojado, gozoso de frescor y aun, todavía insomne. Entre la muerte y la morbosidad del insomnio, es preferible la primera. El alma descansa o por los menos el cuerpo simula hacerlo. Sentía que su cama lo había desterrado y entonces, se vio obligado a tomar un pequeño catre. Bastante incomodo. Intento nuevamente dormir, cerraba sus parpados y en el interior sus ojos se desvanecían, pero de pronto el principio del sueño se consumía. El día y la noche, vivir y dormir entre la gran muchedumbre solos algunos se encontraran en situación viceversa. Bernard  Ackermann era unos de esos.
A esa altura de la noche, nadie predispone una compañía a la victima insomne, solamente el sueño quien estaba ausente. Bernard intuía que vendría en la apertura de la aurora. Entraría cumpliendo su verdadero labor, por supuesto, que en un horario tardío.
Decidió abrir la ventana de la calle, para que los leves sonidos del exterior entrasen.
Su piel blanca y la mirada de una vasta desesperación en la penumbra, lo sumergían en un mundo extraño. Un mundo de pocos. Permaneció allí, sólido y perceptible a las vibraciones menos notorias del día.
¡Ah…ah!- respondió ante el malestar de su ojo izquierdo.
Una pequeña basura podría haber entrado sin darse cuenta. Se levanto colérico y exaltado, desparramando las sabanas por el piso.
Frente al espejo distinguió el avanzado rojizo sobre la blancura de su ojo. Se sentía cada vez mas molesto. Abrió la canilla y mientras, el liquido caía, trataba de recogerlo pasándolo suavemente  por su ojo. Todo empeoraba y no encontraba la manera de calmar su nerviosismo. Tomo un trapo y lo paso detenidamente. Volvió a observarse en el espejo y su nivel de percepción había disminuido. Retomo el pasillo y al encontrarse con el catre, veía una enorme nube. Desesperadamente y chocándose los objetos intento salir por la puerta principal de su casa. Se detuvo y lentamente desnudo camino a su cama. Cerró los ojos y se durmió, sin saberlo.
 Mañana su hermana Ebba lo llevaría al medico para saber cual había sido la causa de su ceguedad y quienes se ocuparían de él.  

                                                                       
Bernabé De Vinsenci

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