jueves, 5 de enero de 2012


CAMINANTES SI CAMINOS

La pequeña casa se extendía a largo de la avenida sobre uno de los costados, intricada por flores de pesados años y algunas latas oxidadas heridas por la lluvias diarias. La aurora todas las mañanas chocaba frente a la ventana de atrás entibiando la cortina a cuadrille sostenida por un palo.
El matrimonio de ancianos que vivía hacia varios años, caminaba mayormente en el interior de la casa chocando los pies parsimoniosos sobre los pisos opacado por la tierra. La enredadera infrenable comía parte de la casa humedeciendo la pared de barro y confundía el color que alguna vez habían pintado una tarde de sol.
Anton, llego a la casa de los ancianos sabiendo que siempre recibían a caminantes que transitaban por el pueblo.  Entro por la tranquera vulnerable, varios  clavos estaban a la vista amenazadores. Golpeo sus manos algo tímido y vio que desde la ventana la anciana cocinaba. Un enorme cucharón de madera tenia en su mano, quizás, había sido un instrumento de alto valor, heredado por sus padres. Ella lo observo y desde su posición gritaba señalándole con su mano que entrara.
-¡Pase, Pase!-
Anton,  tenia sus manos sudadas en sus bolsillos, la saco lentamente y se dirigió hacia la puerta, donde, el anciano lo esperaba apoyado en el marco.  En sus zapatos acumulaba barro de la lluvia del día anterior.
- ¿Cómo anda hijo?...-Lo saludo atentamente el anciano con un escarbadientes sobre boca.
- Bien, algo cansado...abuelo- Repuso, Anton con sus manos nuevamente en los bolsillos.
- ¡Pase, Pase!- decía la abuela siguiendo su labor desde la cocina.
La casa era humilde. Varios elementos había colgado en las paredes, un almanaque viejo y  variados recuerdos. Un gran banco se extendía a lo largo, ocupando el tamaño de la mesa de madera desgastado por los silenciosos años.
-¡Siéntese, siéntese!- Insistió el abuelo.
-Si...esta bien- Respondió, tímidamente él.
Antón, estaba algo exhausto miraba a su alrededor con curiosidad, una gota de sudor recorrió su mejilla y estallo en el suelo. Sus ojos olían los objetos y sus narices percibían el gran olor de la olla. Un pequeño mantel decoraba la mesa y en su centro un pequeño objeto de artesanos reposaba alegremente.
-¿Hace poco  que anda por los pagos?- Pregunto, curioso el anciano.
-No, llegue hoy-
-¿Y para donde va?-
El hombre había llevado su mano a la boca y miraba fijamente a Antón.
- Al sur-Respondió, Antón.
- Nosotros siempre recibimos a algún caminante, se han quedado hasta tres días...son gente buena-Decía el anciano entablando confiabilidad.
- Yo abuelo mañana a la mañana temprano me voy-
-Si hijo, no hay problema- Y la piel de su rostro se deformaba, con una sonrisa.
La anciana seguía cocinando, una gran olla cubría más de la mitad de la cocina y el humo se expandía en el techo nublando la visión, la curiosidad de Antón pese a esto se interrumpía.
 El ruido de una gallina le avisaba al matrimonio que un huevo había sobre la paja. Pájaros que colgaban del cable de la luz cantaban risueñamente, el sol se prendía y apagaba por una deforme nube que pasaba por el cielo.
Antón se situaba taciturno, el anciano en el otro extremo de la mesa y la anciana con los pelos en un gran desorden cocinando. Solo hacia eso desde la llegada del caminante.
 Había dos habitaciones, una donde dormirían ellos seguramente y la otra para las personas como él. La puerta del baño estaba cerrada y el pasillo silencioso en penumbra.
- Ya esta la comida- Dijo la anciana, exaltando a Antón.
El fuego estaba apagado y sin darse cuenta el anciano había puesto la mesa, súbitamente.
-Bueno hijo, siéntase cómodo como en su casa-Agrego el hombre, quejándose de los dolores de su espalda, mientras, se levantaba en busca del pan.
Los ancianos no son de gran apetito o han perdido la delicadeza de elaborar grandes comidas, quizás, sea el desgaste de sus años o la falta de fuerza. La vasta olla tapaba los rostros sobre la mesa y el humo seguía como la marcha de un tren. Un gran cucharón daba por lleno al plato de cada uno.  Antón tomo la cuchara y al probar la sopa, repuso.
-Muy buena, la felicito señora-
Los ancianos se miraron y rieron soezmente. Ella tenia enormes párpados y pestañando le dijo a  Antón.
-¡Especias secretas!-
El silencio nuevamente. Algunas moscas había remolinando sobre sus caras poniéndolos molestos.
Se levanto, había almorzado necesitaba una siesta el sueño lo invadía y el cansancio lo obligaba a recostarse.
- Bueno iré a dormir-Dijo bostezando.
-Si hijo, la segunda puerta es la pieza, pasa tranquilo-Contesto el anciano con un plato en su mano y  un escarbadientes decorando su boca.
Se dirigió, sus pies iban arrastrándose, los ojos se le cerraban. Abrió la puerta, había dos camas tendidas. Ambas de diferentes acolchados. Se tiro cayéndose sin fuerzas. Acaricio las sabanas con su piel y cerro sus ojos.
Intento dormirse varias veces, pero la imagen de aquellas sonrisas se lo impedía. La voz de la anciana sonaba sobre su cabeza  ¡Especias secretas! y la imagen de su mirada penetraba en sus entrañas. Se levanto. Descalzo, camino en el piso de madera hacia la puerta que se encontraba totalmente cerrada. Observo, nadie andaba, todo estaba en silencio. Miro alrededor de toda la habitación y se sentó sobre la cama, tomándose de sus cabellos otra vez transpirando, su remera húmeda pegada sobre su piel. Estaba molesto. Algo ocurría. Se arrodillo, levanto las sabanas que no impedían ver la parte inferior de la cama. Saco la linterna que llevaba en su mochila. Alumbro, todo estaba sucio, polvillo y algunas telas de arañas. Entonces, vio una puerta que se extendía sobre el piso. Esta misma lo llevaría a un sótano seguramente. Corrió la cama lentamente y la abrió. Todo estaba oscuro, saco su linterna del bolsillo y alumbro todo el  recinto. Varias mochilas y objetos que él también llevaba se encontraban allí. Bajó tomándose fuertemente para no caerse y hacer demasiado ruido, podría llamar la atención a los ancianos con un mínimo golpe. El ambiente era grande, hay cabrían varias personas sin ningún tipo de problema. Exploro más y sorprendidamente se paralizo. Había encontrado cadáveres desnudos con sus bocas abiertas y las manos sobre sus cuellos, todas estaban en emblema de desesperación. Estaban pálidos menos uno él. Azorado cayo golpeándose. Uno de los dedos de su pies .Subió nuevamente. Había comprendido todo. Su corazón empezaba una marcha más potente y ligera. Sabia su inexorable muerte ahora, entonces, se recostó sobre la cama. Cerro sus ojos y recordó nuevamente las sonrisas de los ancianos junto al gusto a sopa.



Bernabé De Vinsenci.

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