martes, 3 de enero de 2012

«EL GRAN IMPACTO»
Bernabé De vinsenci

Masterbrun señor delgado y de gran altura, pasaba como todas las tardes antes de ir a su negocio por  la misma vereda« de tierra y con algunas raíces enormes»tratando de no caerse, a veces se sujetaba de su hijo, quien solía acompañarlo, pero todos lo días no demostraba los mismos movimientos, sus exactitudes no serian siempre las originales a la de no caerse, cierta vez, con apresuro y mirando hacia arriba, choco con una raíz de gran tamaño y cayéndose en una posición extraña, que el cuerpo no resiste, finalmente se quebró el fémur, después de dos meses de reposo volvió a su rutina habitual, con gran desconfianza a las veredas. La reciente vereda dicha, no era trivial para Masterbrun, porque en uno de sus costados  poseía casas, o mejor añadido tenia grandes casa,  había una que se hacia distinguir mas que las demás que eran lujosas y espaciosas. Esta era pequeña sin pintar y se situaba al lado de un enorme galpón, que a veces solían meter autos o algún camión de caja grande. Dejando de lado cualquier objeto o atribución a su agrades para Masterbrun, cada vez que Él pasaba en la pequeña puerta deteriorada de la casa, había un anciano parado al lado de ella, tenia unos lentes culo de botella puestos y miraba la gente pasar. No hablaba con nadie, parecía tener temor de algo o como si lo hubiesen obligado a callar. Lo importante que Masterbrun, más allá de sus observaciones, pasaba y saludaba haciendo un ademán poco confiable, el anciano calvo con algunas melenas en sus costados y una voz que parecía estar difonica respondía “Adiós señor” y se quedaba mirando a Masterbrun hasta que se perdiese a lo lejos.
Masterbrun por ciertas razones progresivas económicas, había logrado comprarse un auto después de caminar casi una vida entera sobre su pequeño pueblo de casas bajas. Estaba feliz como dios después de haber creado a Adán. Por ciertos intercambios de papeles y palabras entre políticos y no tan políticos, habían logrado cambiar las pocas calles del pequeño pueblo, obligando a los conductores transitar, hasta por calles de tierras, queriendo llegar ellos solamente hasta el almacén que quedaba una cuadra de su casa, un poco odioso, para aquellos que poseían los mejores autos. Después del contento logrado cambio de las calles para algunos, en cambio no tanto en otros, Masterbrun había dejado de pasar por la vereda donde vivía el anciano, Él comprendía que era un logro haber podido obtener un medio de transporte y que por un lado le favorecía, en cambio, por otro no, refiriéndose a que tenia que abandonar un saludo que levantaba su autoestima, además, de aquel rostro que se refería a su padre. Habían pasado varios años para Masterbrun,  un logro obtenido por más que no quisiese para que se le borrase en su cabeza la imagen de aquel anciano tan acogedor culturalmente, que vivía en su barrio. Esa noche Masterbrun había no, decidido ir al bar de la esquina porque estaba cansado, además, era viernes y al otro día debería trabajar por la mañana, para disfrutar después, el fin de semana que le restaba. Termino de comer los fideos que había recalentado del mediodía y se acostó con el sabor del tuco en su boca, reforzando el sabor que había logrado las manos de su esposa con tantos años en la cocina. Cuando Masterbrun se acostó, después de bajar la radio para profundizarse en el sueño, escucho de repente ¡pum! y el eco quedaba en la pieza, asiéndolo saltar de su cama y llamando rápidamente a su esposa, con un susto incontrolable.
-¡Vieja¡ ¿Qué paso?-Gritaba desde la habitación.
-¡Nada…me parece que se nos cayó en el patio, el tambor!-
-¡anda….a fijarte!-Volvió a gritar.
-¡No. estas loco vos viejo…esta  todo oscuro   …mañana nos fijamos!-
El anciano Masterbrun se quedo dormido con la radio encendida en sus oídos, que fue apagada por su esposa, cuando fue a dormir después de limpiar los cubiertos. A la mañana siguiente, Masterbrun fue al patio y encontró el tambor en su lugar. Cuando entro adentro encendió la radio de inmediato, mientras tenia el mate de plata en su mano, oía decir que la explosión había sido a causa de una garrafa, Masterbrun pego su oído al aparato mas aun todavía, escuchando. Cuando el locutor término de dar la información, corrió a su auto, olvidándose las llaves lo cual tuvo que regresar. Con gran velocidad en la calle, se dirigió a la casa del anciano que había olvidado temiendo que sea Él, y vio la calle cortada, con una cinta roja de árbol a árbol. Estacionó. Mientras caminaba, veía que se acercaba a la vereda donde solía  pasar, todas las mañanas, la fachada humilde de la casa del anciano, era ahora parecida a las ruinas, dejada por la segunda guerra mundial. Se dirigió hacia un hombre gordo que tomaba fotos del hacho y le pregunto.
-¿Qué lo que ha pasado?-«sin indicaciones de saludo o agrado para entrar en confianza»
-Terrible…terrible lo que sucedió- Respondió, mientras se mordía los labios.
Masterbrun había dejado de mirar al señor y se concentraba en la terrible imagen, cuando inesperadamente dijo el gordo, sacando fotos en diferentes ángulos.
-Aparentemente el anciano, quería pasar gas de una garrafa a otra y súbitamente exploto.
-P…pe…pero ¿se encuentra vivo?-  Pregunto Masterbrun, con las pupilas abiertas como un gato en la noche.
-No. Murió después del impacto, cuando lo sacaron agonizaba, moviendo sus pies-
El muchacho seguía sacando fotos.
-¡gracias!- Dijo, Masterbrun.
-De nada-Respondió, el gordo.

Masterbrun estaba en un estado inquietante, queriendo ayudar a un caso, que se encontraba en manos de Dios. Esa mañana fue a trabajar caminando y se había que dado hasta las cuatro, al regresar a  su casa decidió pasar por el lugar del hecho. Llevaba las manos en los bolsillo iba perplejo, al mirar hacia el frente, vio que los pedazos de material  desparramado habían sido sustituido por chapas que formaban una especie de paredón, permitiendo así la sensación de que nadie había vivido allí. Al otro día llovió, permitiendo Dios dejar caer sobre la tierra, las lagrimas del anciano.



Fin.

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