EXISTEN SOLO UNOS POCOS
La
voluntad se definió en él, no poseía predominancia de cuerpo inanimado a pesar
de su larga estadía en la tierra. Todavía su desprotegida piel recordaba cuando
se cubría en décadas pretéritas con compuestos naturales llamados telas,
irritándose, envasándose del frío que escarchaba agua acumulada. A veces por
impulsiones involuntarias su esfera circular, es decir, su ojo, en la parte de
la superficie se formaba un liquido transparente. La epidermis benévola tendía arrugarse como un papel extremadamente
fino y denotaba dialécticamente sus años. Inminentemente una emanación
espantaba su entorno.
Seguía dejando preceder ademanes inanes de agresividad
para que la penuria de viento lo acariciase. En su espalda encorvada, la muerte
a diferencia de todos los demás individuos no estaba presente. Ella también
envejece y antes de morir debe apuñalar, es su razón para ser parte de la
existencia. Es inverosímil percibir que hay detrás de la carne que cubre
nuestros pulmones. Pero si, desagradablemente esta la muerte cargada como una
mochila silenciosa y analizando la ocasión para dar su maniobra. Algunos la
llaman garrapatas invisible. En casos únicos primero muere ella, antes que la
victima, solo cuando esta permanece demasiado tiempo en la tercera edad. De a
poco su deterioro se ve progresivamente cuando se va perdiendo en el espacio
que se encuentra. Un humo incontrolable amenazaba viniendo de las demás mesas y
se penetraba sobre la ropa. Siempre los bares tienen ese detestable olor a
toxico peculiar, que persuade a hombres de pelos canosos tratando de olvidar
el, acepto. La mesa de los costados son las mas autenticas y entretenidas, el
vidrio permite estar presente en dos mundos. De pronto, una voz ronca con un
barniz intelectual se mezclo con las carcajadas.
- El hombre es una escultura que procede en la vida
buscando su escultor. Lo que se conoce de él es una notable característica, su
escaso empeño en los modelos- Dijo el anciano sin animar demasiado al extraño
que lo acompañaba en la mesa. Él había ocupado la silla sin ninguna invitación,
la especie de seno que produce el lugar hace que los clientes generen un lazo
de hermandad, por eso había tenido tal atrevimiento.
Sus nariz delato un suspiro y el silencio se apodero
nuevamente, quedando los dos en un pacto.
El espacio estaba aturdido en penumbra, gracias a la
pequeña ventana podía entrar una pequeña porción de luz refractándose sobre la
mesa, en donde ambos relajaban su brazos.
Sus labios se secaban, el monologo era muy extenso y su
compañero no intervenía encarando ninguna gama de palabra, para permitirle una
pausa de descanso. Lo único que noto de él era su enorme barba y una camisa
prendida con tan solo tres botones. No podía distinguir el tono de su voz y
tampoco la imaginaria.
Las luces monótonas en las calles se encendían
automáticamente ordenado por el mismo anochecer.
- La vejez fecunda nostalgia, algunas historias se
mezclan con recientes y la memoria se pierde. Parecido como recoger una
hormiga, volver a echarla al montón y saber entre todas distinguirla- El
anciano llevo el vaso de vino a su boca
y prosiguió- Hay personas que uno las ve todos los días y después se
pierden como las nubes en el cielo- interrumpió levantándose de su posición-
¡Disculpe... debo ir al baño!- Mientras, se tomaba la panza.
El sujeto que lo acompañaba no dio indicio de repuesta,
ni movimiento. Algunos clientes leían el diario y otros jugaban al pool.
-¡ Uno a esta altura del partido, le duelen todos los huesos!- Exclamo rumbeando por el
pasillo.
Las hojas afuera empezaban a desprenderse de las plantas,
el otoño enfrentaba al estío y los días se acortaban.
Cuando regreso, la mesa estaba solitaria, el sujeto
callado de rasgos introvertidos se había marchado y su copa quedaba en el
extremo vacía. Miro el vino rojizo ensanchándose con la figura del vaso,
comprendiendo que solo era para un anciano como él. Se quedo hasta la
madrugada, esperando que el mozo del bar le diga.
- Jefe en diez minutos cerramos- Y observaba su reloj
color plata que había comprado en la relojería de Marchesani, sobre la esquina
de la plaza y el cine, con la plata de
las propinas.
Bajo la oscuridad espero algún otro oído, que rara vez
llegaría, siendo día de semana pocos circulaban a mas tardar diez de la noche. En su mayoría todos
trabajan y se acuestan temprano. A él no le importaba la condena de esa rutina,
en su casa nadie lo esperaba mas que la cama desatendida y el desorden. De a
poco las personas en el lugar disminuyeron. La silla vacía sirvió de compañía
esa noche. El mozo le dijo que cerrarían mas temprano que de costumbre porque
no quedaba nadie . Tomo el saco del respaldar de la silla y se tuvo que
marchar. Antes se detuvo en la puerta y pregunto.
- ¡Che..
Alejandro!... ¿ Te sobro algún diario viejo?-
- Si abuelo, fíjese debajo de la mesada que hay una caja
llena, trate de no desordenarlos –Respondió, el mozo ocupado con una copa.
Cerro lentamente la puerta del bar con el diario bajo su
brazo y sintió el primer frió de la noche. Mañana volvería y, quizás, alguien
estaría esperándolo para una extensa charla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario