Había sido pesado el paso del tiempo, quizás, turbio los
años. Un gran dictador de la carpintería que hacia si dicha. Una labor que en
la sangre se había hecho glóbulo. Siempre había sido un proletariado demente,
en grandes horas excesivas, sabia que el arma principal de las cosas era
trabajo y si ello no lo hacían el país quedaba inerme. La barba brotaba en su rostro hasta ganarle
en el cansancio, entonces, se formaba el individuo ojos de todos. No era ni
esporádico y normal que fuese a la ciudad. Su cortesía era la carpintería
solamente y, por supuesto, que su
desdicha la ciudad.
A veces su cabeza colapsaba, acataba las mismas series de
días anteriores. Mas que su única compañía era su sombra que, además, copiaba
todos su ademanes. El puente que conectaba con la ciudad no existía por mando
propio del viento. Era hombre de espíritu escéptico, un extrovertido frente a
la naturaleza y su sombra. Siempre se otorgaba a propósito a la soledad. Un día
se vio conciso, insignificante y repetitivo. Deba concluir en su nausea. No
hablo con su sombra, ella no le permitiría marcharse, entonces debió encerrarse
en la alcoba. Pensativo en su camastro analizaba. Era una extensa decisión, pero finalmente
llego a su hipótesis. A la noche
siguiente se iría.
La noche devoro el día,
mientras, se llevaba los recuerdos. Tomo sus cosas y se exigió ir a la ciudad.
Cuando salió, la casa quedo sola y su sombra buscándolo. Trataba de encontrar
aquel hombre excesivo a la tristeza y respiros de hondas agonías, donde por
poco se convierte en sombra.
Bernabé
De Vinsenci.
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