EL
SOL Y LOS PAJAROS
Había amanecido tan temprano que los pájaros
fueron sorprendidos sobre las ramas disueltas de figuras orgánicas. Ciertas melodías
programadas previamente en el alba se habían ahuyentado y la aurora encandilo vehementemente
sus ojos de otoño. El sol parecía un ciclope admirable con un
potencial radiante omnipotente. La luna
del otro lado aun amenazaba con volver y adormecer los pájaros que habían sido
molestamente despiertos. La cueva estaba invadida por multitud de picos
cerrados y hojas crudas de verde. El sol proseguía cada vez ascendiendo con más
rapidez. De a poco las zonas frías entraron en contacto con los rayos y las escarchas en
las aguas se diluyeron como el humo de un cigarrillo deprendido por las
narices. El sol autónomo actuaba sin retrasos abandonando la otra parte del hemisferio
ahora ocupado por la luna.
Fue entonces, cuando el astro se poso en el
lugar adecuado y correspondiente de siempre. Sin detallar a las palomas. No las
había observado en su llegada por la entrante visión de la faz que lo
estimulaba. Mientras amenazaba cautelosamente a todos lo individuos con su manta
diurna detallo un ángulo llamativo, de lo contrario no lo hubiese hecho, el
prestar su atención en él. Perplejo virgen de este estado le pidió a la luna
cambiar nuevamente los lugares. Ese bulto indescriptible lo había azorado. Por lo
pronto aquel monstruo eran los mismos ojos de los pájaros que se reflejaban con
su propia luz. Esa había sido la primera
vez que el sol había querido cometer un avivamiento y no pudo, porque el astro también
debe respetar a la naturaleza.
BERNABE
DE VINSENCI.
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