martes, 27 de marzo de 2012


EL SOL  Y LOS PAJAROS
Había amanecido tan temprano que los pájaros fueron sorprendidos sobre las ramas disueltas de figuras orgánicas. Ciertas melodías programadas previamente en el alba se habían ahuyentado y la aurora encandilo vehementemente sus ojos de otoño.   El sol parecía un ciclope admirable con un potencial radiante  omnipotente. La luna del otro lado aun amenazaba con volver y adormecer los pájaros que habían sido molestamente despiertos. La cueva estaba invadida por multitud de picos cerrados y hojas crudas de verde. El sol proseguía cada vez ascendiendo con más rapidez. De a poco las zonas frías entraron  en contacto con los rayos y las escarchas en las aguas se diluyeron como el humo de un cigarrillo deprendido por las narices. El sol autónomo actuaba sin retrasos abandonando la otra parte del hemisferio ahora  ocupado por la luna.
Fue entonces, cuando el astro se poso en el lugar adecuado y correspondiente de siempre. Sin detallar a las palomas. No las había observado en su llegada por la entrante visión de la faz que lo estimulaba. Mientras amenazaba cautelosamente a todos lo individuos con su manta diurna detallo un ángulo llamativo, de lo contrario no lo hubiese hecho, el prestar su atención en él. Perplejo virgen de este estado le pidió a la luna cambiar nuevamente los lugares. Ese bulto indescriptible lo había azorado. Por lo pronto aquel monstruo eran los mismos ojos de los pájaros que se reflejaban con su propia  luz. Esa había sido la primera vez que el sol había querido cometer un avivamiento y no pudo, porque el astro también debe respetar a la naturaleza.   
BERNABE DE VINSENCI.

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