jueves, 21 de junio de 2012


DEL VENTANAL HACÍA ADENTRO.

En la sombra sujeto a la sobriedad cuando debería haber estado o poseído por lo dionisiaco el mundo se hizo un martirio. La sublimidad apareció sujeta a alguien y propensa  a lo mundano. La nausea de repente se disolvió de donde estaba concentrada expandiéndose por los cuerpos,  y especialmente sobre los cerebros explotados por infinitas neuronas. Ella danzaba y alterando los sentidos inconscientes hacia sollozar.
El tiempo, por lo pronto, se convirtió en un surrealismo etéreo  para los demás. Ojos paganos y blasfemias susurraban con rigidez al  lado de los oídos. No hubo tiempo de una inexpresiva replica de lo ¿Qué sucede? O ¿Qué es este agobio descubierto?
Desde Perú boquitas pintadas dilataban de qué se trataba de un romanticismo, por ello, nada valía ese cosmos inhabitado. Nada subyacía todo era grotescamente en vano y hasta insatisfactorio para la prosa.
Pero hay estuve, con mi yo, y la camisa a cuadros que atento sobre el origen de este festín ensordecedor, sobre el vientre de ella. -¡No, no soy lo que piensas- Quizás,  Friedrich Nietzsche, tenga razón en que nuestra vestimenta transmite el pensar de cada uno y dije nuevamente -¡Te confundes! -Entonces, no me desterró de la penuria tan acogedora de siluetas anónimas y ella como centro al menos en lo que supuse.
Bajo un faro de luz amarilla observé que indefinibles cabellos rodeaban a lo que llamamos ojos. Pero estos no eran triviales en sus pupilas había infinitos senderos de sensaciones y más abajo seguida de su nariz una boca que se sentaba en el léxico de la simpleza con tonos de puras suavidades.
El cuerpo esa encomienda de trastornos desgarrados por infortunios golpes se me hacía extraño y cada vez que me centraba en la escasa luz para detallarla volvía a pertenecerme. Volvían las respiraciones y la anatomía a su lugar.
El pasillo del sujeto solitario perdía su atención sobre mí, la imagen de angustia, que Jean Paul Sartre, me había encarnado sobre el ser pasaba a un segundo plano. Había intocables energías y elásticos que esfumaban los indignos pensamientos.
De a poco el  aroma de su cuerpo emano brisas que dispersaron lo que han llamado aquí cabeza. El hombre en mí se supo marcharse y sabias ensordecedoras mujeres guiaron algunas de las vagas emociones tratando de decir al fin que todo se trataba de un suspenso en beatitud.
Se notaba su teatro casi incorporado, sus pasos sobre el escenario que hicieron  de mi un actor, por supuesto, que improvisaba no desde los contenidos sólo de la capacidad de acción.
¡Cuántas sensaciones nuevas y exploradas que se encontraban recónditas  en mí hizo conocerme! Y ahora hay una distancia de cuerpos, pero no de fecundas sensaciones que, aún, en la aurora  esgrimen los parpados. Ahora tomo el atardecer en cada día  para comprender lo que ella puedo crear, para contemplar el inventario: de una mujer.


                     Ahora las manos me tiemblan, no sé, si de no dormir o todavía de aquella noche.









                                                                

BERNABÉ DE VINSENCI 

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