DEL VENTANAL HACÍA ADENTRO.
En la sombra sujeto a la sobriedad cuando debería haber
estado o poseído por lo dionisiaco el mundo se hizo un martirio. La sublimidad apareció
sujeta a alguien y propensa a lo
mundano. La nausea de repente se disolvió de donde estaba concentrada expandiéndose
por los cuerpos, y especialmente sobre los
cerebros explotados por infinitas neuronas. Ella danzaba y alterando los
sentidos inconscientes hacia sollozar.
El tiempo, por lo pronto, se convirtió en un surrealismo
etéreo para los demás. Ojos paganos y
blasfemias susurraban con rigidez al
lado de los oídos. No hubo tiempo de una inexpresiva replica de lo ¿Qué
sucede? O ¿Qué es este agobio descubierto?
Desde Perú boquitas pintadas dilataban de qué se
trataba de un romanticismo, por ello, nada valía ese cosmos inhabitado. Nada subyacía
todo era grotescamente en vano y hasta insatisfactorio para la prosa.
Pero hay estuve, con mi yo, y la camisa a cuadros que
atento sobre el origen de este festín ensordecedor, sobre el vientre de ella. -¡No,
no soy lo que piensas- Quizás, Friedrich
Nietzsche, tenga razón en que nuestra vestimenta transmite el pensar de cada
uno y dije nuevamente -¡Te confundes! -Entonces, no me desterró de la penuria
tan acogedora de siluetas anónimas y ella como centro al menos en lo que
supuse.
Bajo un faro de luz amarilla observé que indefinibles
cabellos rodeaban a lo que llamamos ojos. Pero estos no eran triviales en sus
pupilas había infinitos senderos de sensaciones y más abajo seguida de su nariz
una boca que se sentaba en el léxico de la simpleza con tonos de puras
suavidades.
El cuerpo esa encomienda de trastornos desgarrados por
infortunios golpes se me hacía extraño y cada vez que me centraba en la escasa
luz para detallarla volvía a pertenecerme. Volvían las respiraciones y la anatomía
a su lugar.
El pasillo del sujeto solitario perdía su atención
sobre mí, la imagen de angustia, que Jean Paul Sartre, me había encarnado sobre
el ser pasaba a un segundo plano. Había intocables energías y elásticos que
esfumaban los indignos pensamientos.
De a poco el aroma
de su cuerpo emano brisas que dispersaron lo que han llamado aquí cabeza. El hombre
en mí se supo marcharse y sabias ensordecedoras mujeres guiaron algunas de las vagas
emociones tratando de decir al fin que todo se trataba de un suspenso en
beatitud.
Se notaba su teatro casi incorporado, sus pasos sobre el
escenario que hicieron de mi un actor,
por supuesto, que improvisaba no desde los contenidos sólo de la capacidad de
acción.
¡Cuántas sensaciones nuevas y exploradas que se
encontraban recónditas en mí hizo
conocerme! Y ahora hay una distancia de cuerpos, pero no de fecundas
sensaciones que, aún, en la aurora esgrimen los parpados. Ahora tomo el atardecer
en cada día para comprender lo que ella
puedo crear, para contemplar el inventario: de
una mujer.
Ahora las manos me tiemblan, no sé, si de no
dormir o todavía de aquella noche.
BERNABÉ DE VINSENCI
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