jueves, 8 de noviembre de 2012


 ¡Tic-tac! El reloj en forma de mundo se hostiga,
¡Tic-tac! El muro sin autor crece,
¡Tic-tac! La audiencia enmudece,
el ruido hosco abre vuelo, la plazoleta se convierte en nostalgia
y la idiosincrasia aborrece generaciones recientes.
¡Tic-tac! El oxido, con su alambre de púas, habilita las nubes en jaulas perpetuas. El trueno se hace aullido y la brutalidad hastiada de hartazgo remata su último cadáver. El establo de paja y lodo retrae el calcio, la voluntad que mantiene la carne en pie, decae.
¡Tic-tac! Lengua, vientre de todo lenguaje, quemazón de interlocutores no entendidos.
¡Tic-tac!
¡Tic-tac! Riel en constancia, abundante y liso. ¡Tic-tac! El oído sin tapar.
 ¡Tic-tac! Devenir de la muerte.
Tic-tac, insoportable nausea de mortalidad.

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