En
la rutina inexorablemente no creía, su hipótesis se acuñaba “que lo único que
produce malestar, es la metafísica” No
cada elemento aislado de su entorno y luego una vez la costumbre de verlo todo,
desemboca en la tenebrosidad cotidiana ¡Para nada¡ Gritaba incómodamente el
señor. Queda absolutamente marginado el delirio de culpabilidad hacía los
objetos. De ningún modo son ellos hacedores, forjando la pulsión de muerte.
Mamamos de sus formas una y otra vez. Afinando la conceptualización, nos asimilamos
a una producción en serie de captación.
Dante
aún, daba un puntapié ojeando estrictamente su desdichado entorno, un quehacer
de siempre. Se resistía a la instancia de comprender la causa y efecto que
esgrime la pereza cuando el alba se desvirga ante el poniente. Cada anormalidad
de su cuerpo cubierta por los primeros frescores del día parecían estar
inducidos, según él, en telas de arañas ¡Ah¡
¡Ah¡ Vociferaba al despertarse. Las telas
desaparecían dejando a la vista su epidermis albina o en alguna otra connotación,
pálida. Sin dejar indicios de que fumaba exorbitantemente, Dante, en tiempos de
cóleras masticaba las colillas, soportaba en su paladar la sustancias y mugredad,
cegado por muros supuestos, aquellos de no soportarse así mismo “¿Cómo que no
se soporta así mismo? “ Le dijo su psicóloga en una de las visitas “Sí, señora
me pasa eso” Se levantó y se fue. En vano no le era atribuirse del pequeño
ejército mortal- los cigarrillos-, en las formas lanzadas por su indeseada boca,
a través del humo y las inacabadas formas amorfas alcanzaba el éxtasis de sus reflexiones.”¿Y
por qué será?” “¿Pero cómo puede ser?” “¿Todo es así?”
Con
claror le puedo afirmar –No sólo los filósofos desean bañarse y enjuagarse los
genitales con la savia del conocimiento. Una consciencia vulgar también se
encuentra en la mesa de los eruditos. El mismo hecho fútil de poseer la galera cognoscitiva,
instalada innatamente en la cordura de todo ser humano al nacer. Posibilita el
acercamiento a la sabiduría- Argumentaba, Dante, una mañana al jovenzuelo que
arrastraba las zapatillas en una estrecha calle repleta en adoquines “Pero
señor debo irme” Le decía este. A ese horario del día era poco habitual toparse con un adolescente,
sin embargo él, con una suma más de costumbres, sentía plenitud al amonestarlo.
Más de una vez chiflaba en la ciudad a desconocidos con sus oraciones, en
ocasiones tenía audiencia y en otras indiferencias y además sospechas de que
tenía una especie de esquizofrenia “Pobre loco, este tipo” Balbuceaba las
personas
Cierta
parsimonia se distinguía en sus muecas, por una razón tan lógica que sus
propias arrugas lo hubiesen delatado, antes que dijese su edad. La diez décadas de aquel mil nueve cuarenta y
cinco traían peleas y encuentros, cicatrices y quebraduras. Es trivial, lo
sabemos todos, sobre cada organismo el deterioro físico en progreso indeterminado.
Y los rasgos latentes no se desaprueban ante un interlocutor anónimo, ellos
están por encima de cualquiera y conferencian.
Hombre de narciso bajo se suponía Dante cuando el
insomnio lo constreñía a chocarse frente al espejo. Los primeros diez segundos sucedían
con fatalismo, de la llanura del pie hasta el último pelo de su melena recorría
un tipo de escalofrío poco experimentado en los humanos. “¡Qué feo me hizo el
tiempo!”
Había
noches en las cuales apetecía sacarse los ojos con una navaja y cuidadosamente
tomarlos para luego darle un riguroso impulso en sus engrosadas manos. Dos
nervios de cada perforación quedarían
colgados extendiéndose hasta el término de su mejilla y desnudo sin
pudor, lo más importante. En este estado inhumano saldría por la avenida-
Dante
era el sujeto no sujetado, el señor mudo por semanas. Su acto comunicativo
estaba dado por un modo de encierro. Muchos creerán que no, pero si hubo alguien en este astro, poseído por el reino
animal racional que no le fue menester relacionarse fue Dante. “Todos vivimos
con la podredumbre” se decía a solas “Soy podredumbre andante y de esta manera
conforto la ansiedad, porque si hay agua nociva para el hombre, es el querer
adelantarse a los hechos” seguidamente frotaba su frente y con un pañuelo
limpiaba las gotas en bandada.
Bernabé
De Vinsenci
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