lunes, 3 de diciembre de 2012


En la rutina inexorablemente no creía, su hipótesis se acuñaba “que lo único que produce  malestar, es la metafísica” No cada elemento aislado de su entorno y luego una vez la costumbre de verlo todo, desemboca en la tenebrosidad cotidiana ¡Para nada¡ Gritaba incómodamente el señor. Queda absolutamente marginado el delirio de culpabilidad hacía los objetos. De ningún modo son ellos hacedores, forjando la pulsión de muerte. Mamamos de sus formas una y otra vez. Afinando la conceptualización, nos asimilamos a una producción en serie de captación.
Dante aún, daba un puntapié ojeando estrictamente su desdichado entorno, un quehacer de siempre. Se resistía a la instancia de comprender la causa y efecto que esgrime la pereza cuando el alba se desvirga ante el poniente. Cada anormalidad de su cuerpo cubierta por los primeros frescores del día parecían estar inducidos, según él,  en telas de arañas ¡Ah¡ ¡Ah¡ Vociferaba  al despertarse. Las telas desaparecían dejando a la vista su epidermis albina o en alguna otra connotación, pálida. Sin dejar indicios de que fumaba exorbitantemente, Dante, en tiempos de cóleras masticaba las colillas, soportaba en su paladar la sustancias y mugredad, cegado por muros supuestos, aquellos de no soportarse así mismo “¿Cómo que no se soporta así mismo? “ Le dijo su psicóloga en una de las visitas “Sí, señora me pasa eso” Se levantó y se fue. En vano no le era atribuirse del pequeño ejército mortal- los cigarrillos-, en las formas lanzadas por su indeseada boca, a través del humo y las inacabadas formas amorfas alcanzaba el éxtasis de sus reflexiones.”¿Y por qué será?” “¿Pero cómo puede ser?” “¿Todo es así?”
Con claror le puedo afirmar –No sólo los filósofos desean bañarse y enjuagarse los genitales con la savia del conocimiento. Una consciencia vulgar también se encuentra en la mesa de los eruditos. El mismo hecho fútil de poseer la galera cognoscitiva, instalada innatamente en la cordura de todo ser humano al nacer. Posibilita el acercamiento a la sabiduría- Argumentaba, Dante, una mañana al jovenzuelo que arrastraba las zapatillas en una estrecha calle repleta en adoquines “Pero señor debo irme” Le decía este. A ese horario del día  era poco habitual toparse con un adolescente, sin embargo él, con una suma más de costumbres, sentía plenitud al amonestarlo. Más de una vez chiflaba en la ciudad a desconocidos con sus oraciones, en ocasiones tenía audiencia y en otras indiferencias y además sospechas de que tenía una especie de esquizofrenia “Pobre loco, este tipo” Balbuceaba las personas
Cierta parsimonia se distinguía en sus muecas, por una razón tan lógica que sus propias arrugas lo hubiesen delatado, antes que dijese su edad.  La diez décadas de aquel mil nueve cuarenta y cinco traían peleas y encuentros, cicatrices y quebraduras. Es trivial, lo sabemos todos, sobre cada organismo el deterioro físico en progreso indeterminado. Y los rasgos latentes no se desaprueban ante un interlocutor anónimo, ellos están por encima de cualquiera y conferencian.
Hombre  de narciso bajo se suponía Dante cuando el insomnio lo constreñía a chocarse frente al espejo. Los primeros diez segundos sucedían con fatalismo, de la llanura del pie hasta el último pelo de su melena recorría un tipo de escalofrío poco experimentado en los humanos. “¡Qué feo me hizo el tiempo!”
Había noches en las cuales apetecía sacarse los ojos con una navaja y cuidadosamente tomarlos para luego darle un riguroso impulso en sus engrosadas manos. Dos nervios de cada perforación quedarían  colgados extendiéndose hasta el término de su mejilla y desnudo sin pudor, lo más importante. En este estado inhumano saldría por la avenida-
Dante era el sujeto no sujetado, el señor mudo por semanas. Su acto comunicativo estaba dado por un modo de encierro. Muchos creerán que no, pero si hubo  alguien en este astro, poseído por el reino animal racional que no le fue menester relacionarse fue Dante. “Todos vivimos con la podredumbre” se decía a solas “Soy podredumbre andante y de esta manera conforto la ansiedad, porque si hay agua nociva para el hombre, es el querer adelantarse a los hechos” seguidamente frotaba su frente y con un pañuelo limpiaba las gotas en bandada.

Bernabé De Vinsenci

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