Después de varias intensas
décadas en un país incógnito, los hombres habían restituido su emancipación. El gran perímetro territorial
se ocupaba, como los años ocupan su lugar en la vejez. Sin embargo, existía una
deforme controversia “La vociferación por aglomerarse en el mismo espacio”.
Nada tenía que ver con el calor corporal, o la constitución de una vecindad en
la cual se produzcan lazos afectivos. Desde los inicios del antepasado las
ideas ortodoxas habían sido implementadas de ese modo, y ahora todos a través
de su inconsciente colectivo seguían con la sucesión. Tantas eran las fonéticas
en la pequeña área que de a poco fueron proliferándose diferentes tipos de
hablas evanescentes. Todos no eran tan
iguales, un grupo dominaban y otros, un gran conjunto, eran sumisos a esa
dominación. Las relaciones al sistematizarse se volvieron estándar. Entre tanto
espanto, nadie decidía hacer una campaña programando una movilización de
territorio, aún, el antagonismo los unía. De una manera tan significativa que
hasta en los techos de las terminales, decenas de familias armaban su hábitat.
De pronto un día el circo empezó a dar colapsos que la mayoría terminó por
entender que unos abusaban de numerosos. La desesperación hizo que muchos
recurrieran al poder, para liberarse de poder. Lógicamente nadie sabía que el
poder se vestía de salvación.
Bernabé De Vinsenci
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