martes, 19 de febrero de 2013


Después de varias intensas décadas en un país incógnito, los hombres habían restituido  su emancipación. El gran perímetro territorial se ocupaba, como los años ocupan su lugar en la vejez. Sin embargo, existía una deforme controversia “La vociferación por aglomerarse en el mismo espacio”. Nada tenía que ver con el calor corporal, o la constitución de una vecindad en la cual se produzcan lazos afectivos. Desde los inicios del antepasado las ideas ortodoxas habían sido implementadas de ese modo, y ahora todos a través de su inconsciente colectivo seguían con la sucesión. Tantas eran las fonéticas en la pequeña área que de a poco fueron proliferándose diferentes tipos de hablas evanescentes.  Todos no eran tan iguales, un grupo dominaban y otros, un gran conjunto, eran sumisos a esa dominación. Las relaciones al sistematizarse se volvieron estándar. Entre tanto espanto, nadie decidía hacer una campaña programando una movilización de territorio, aún, el antagonismo los unía. De una manera tan significativa que hasta en los techos de las terminales, decenas de familias armaban su hábitat. De pronto un día el circo empezó a dar colapsos que la mayoría terminó por entender que unos abusaban de numerosos. La desesperación hizo que muchos recurrieran al poder, para liberarse de poder. Lógicamente nadie sabía que el poder se vestía de salvación.

Bernabé De Vinsenci

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