martes, 12 de febrero de 2013


Es extraño el tiempo. El tiempo no necesita del empirismo, uno se constituye en él consagrado en su sometimiento a base de toda experiencia sensorial. Cómo uno podrá recurrir a una teoría del tiempo, si con su nacimiento certifica que es objeto de él.
La desgracia de todo ser humano es la sumisión obligatoria a este fenómeno y las posibilidades de aborto que no se les presentan. Porque si el hombre fuese conciencia en la no existencia, negaría su parto. Por lo pronto todo prójimo es una sórdida condición interrelacionado frente a otras condiciones, símiles a él.
Existe una desproporción. La condición muchas veces excede al cuerpo y la ecuación de este desequilibrio se canaliza mediante el malestar permanente, constatándose globalmente en forma de epidemia.
Un sentido en el individualismo, es estar aislado frente a otros agentes en desproporción. Entonces el colectivismo significaría un caos compuesto por infinitas desproporciones. Poniendo en aprieto las palabras, algo no perdurable.
Todo “es”, en la medida que tiene cuerpo, de forma contraria es la nada.
Sin embargo el tiempo no es tan intangible como se lo ve. Indispensablemente “es” por poseer un cuerpo, un péndulo que marca los latidos de su conciencia. Mientras el péndulo hace su mecanismo del eterno retorno, el tiempo se desplaza.
El péndulo es alimentación, no por marcar el ritmo de voluntad, sino porque el péndulo reproduce al tiempo envejeciéndonos, a nosotros, los hombres.

Bernabé De Vinsenci 

No hay comentarios: