Es extraño el tiempo. El tiempo no necesita del
empirismo, uno se constituye en él consagrado en su sometimiento a base de toda
experiencia sensorial. Cómo uno podrá recurrir a una teoría del tiempo, si con
su nacimiento certifica que es objeto de él.
La desgracia de todo ser humano es la sumisión
obligatoria a este fenómeno y las posibilidades de aborto que no se les
presentan. Porque si el hombre fuese conciencia en la no existencia, negaría su
parto. Por lo pronto todo prójimo es una sórdida condición interrelacionado
frente a otras condiciones, símiles a él.
Existe una desproporción. La condición muchas veces
excede al cuerpo y la ecuación de este desequilibrio se canaliza mediante el
malestar permanente, constatándose globalmente en forma de epidemia.
Un sentido en el individualismo, es estar aislado frente
a otros agentes en desproporción. Entonces el colectivismo significaría un caos
compuesto por infinitas desproporciones. Poniendo en aprieto las palabras, algo
no perdurable.
Todo “es”, en la medida que tiene cuerpo, de forma
contraria es la nada.
Sin embargo el tiempo no es tan intangible como se lo ve.
Indispensablemente “es” por poseer un cuerpo, un péndulo que marca los latidos
de su conciencia. Mientras el péndulo hace su mecanismo del eterno retorno, el
tiempo se desplaza.
El péndulo es alimentación, no por marcar el ritmo de
voluntad, sino porque el péndulo reproduce al tiempo envejeciéndonos, a
nosotros, los hombres.
Bernabé De Vinsenci
No hay comentarios:
Publicar un comentario