El
hombre se convierte en el perverso que lame una bañadera de pieles cuando ya no hay más refugio de placer en su cuerpo.
No hay trapos, hilos, o sogas en el espacio con forma de cárcel, que él ha creado,
para acusar a su presa. La disciplina del conocimiento adivinará un día que
nada tenía que ver el rito sexual con la reproducción de la especie.
Con tal enunciado los escépticos afirmaban que:
“no hacían más que envenenar a las personas antes de explorarse”. Y por espanto ellos con su cianuro en la palma se
veían en citas de bares cerrados.
Numerosos
cuerpos fueron hallados con ardor de veneno y los rostros eran anónimos, y la
mortalidad se agravaba como el cataclismo de una angustia.
Bernabé De
Vinsenci
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