No se necesita suficiente destreza para apoyar una taza
de café sobre una mesa de pino y olvidarla humeando. De tales instrucciones se
sirvió Henry para hacerlo. Con un caramelo de limón cubría su paladar, y entre
tanto desplazaba las papilas gustativas para verificar la presencia del deleite. El café de hoy no era casual, diariamente
solía tomar tres o en ocasiones cuatros. Siendo las tres de la tarde se vio
coaccionado a preparar uno pese a la visita que lo aguardaba.-Entonces usted
afirma que desconoce sobre el caso de la señorita Diana - Claro, hombre-
aseguró Henry-Como es habitual ese viernes me encontraba jugando a las
bochas-Seguidamente de la interrogación llevó su mano al pocillo, y bebió un
trago de café. Fileto clavó la mirada en Henry. Los policías suelen buscar a
los sospechoso a través de los ojos volviéndolos paranoicos hasta que ellos al
fin se delaten culpables. El caso de la
jovencita había alarmado a toda la ciudad. En los vecindarios no dejaba de
llamar la atención el caso atroz. Más allá del hallazgo macabro la policía
ahora buscaba encontrar la cabeza de la mujer. El victimario al parecer se
llevó- Continuó Fileto- Henry no respondió sentía deseos por querer cortarle la
lengua con una tijera para que se callase de una vez. Pero no se quedaría viéndolo
desangrar, luego, la condimentaría para comérsela. ¿Qué le pasa?-Nada-
Respondió Henry-Solamente me quedé pensando el caso. Si usted sabe algo infórmenos- Por supuesto
los mantendré al tanto. El policía se paro dirigiéndose hacia la puerta, y Henry
lo siguió por detrás. Disculpe las molestias- No, por favor. No es ninguna molestia-Dijo
Henry jubilosamente y cerró la puerta.

Para los hombres que saben asesinar no significa un misterio
que a una mujer la encuentren decapitada y sin cabeza. Esa labor es para hombres
prodigiosos, casi médicos. Hombres que realizan
cortaduras con sumo cuidado sin dejar rastros. ¿De qué vale mi trabajo-Pensaba
Henry-matar a alguien, dejar a una familia entera de luto y compromiso a policías
e investigadores? Es verdad soy un hombre sin moral o ética como quieran nombrarlo,
pero al menos la cabeza de esta muchacha me es útil. Ya la he colgado a un
costado del atril, y mañana la pintaré sobre el lienzo. Es una medusa perfecta.
Pasaron varias décadas y Henry no volvería a prender más
un cigarro después de que le detectaron cáncer
de pulmón. Al morir la casa fue hipotecada, y en uno de los cuartos, entre
libros, y pinturas la medusa fue hallada. Henry vivió libre, la única cadena perpetua fue su
cáncer.
Texto y Dibujo: Bernabé De Vinsenci
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