sábado, 23 de marzo de 2013


Puede ser que la división del espacio haya generado  una hemorragia para los individuos.  Válidamente se puede señalar que esos límites espaciales corresponden a un conjunto de normas compartidas en las que si existiese cualquier tipo de transgresión  por medio de un sujeto, éste quedaría excluido del resto. A medida que el retrato de estás normativas y prácticas persisten en la historia el lienzo se mancha de sangre, y los cuerpos caídos quedan en su tumba con el epitafio anónimo. Stefano sostenía el proverbio: “de que el bienestar se logra a partir de que los hombres se dan cuenta de que no deben radicarse siempre en el mismo lugar”. De vez en cuando solía caminar por las vías ferroviarias creyendo de qué se alejaría del suburbio. Al fin todo acababa en lo mismo, realizaba  diez kilómetros y seguidamente el paisaje se tornaba acromático, unas fuerzas extrañas hacían que regresase.
 Las ciudades son  juanetes deformes que causan dolor al dar dos cinco pasos. Hasta ahora no se ha querido decir que nadie deba, o puede salir de la ciudad. Percibir eso sería una imprudencia del que trata de entender. Lo que transcurre en la ciudad es intangible, tan etéreo que en el mismo territorio se fecundan poderíos supersticiosos. Quizás Stefano era un heterodoxo equivocado en cuanto a sus deducciones. A pesar de todo comprendía bien las causas de los suicidios, es decir, el desperdicio de haber salido de una vagina para autoeliminarse. Claro, la calificación más certera es etiquetar de áspero existencialismo a todas estas observaciones. Stefano sabía aullar, científico ciudadano acerca de este tema. Y según él todas las sociedades se encuentran en comunión, excepto, en el momento de que la gran devastación normativa hace resurgir desconocidos. Entonces, en la gran bola que todos nos identificamos,  hay seres que comienzan a perder esa identificación para volverse desechados, atrapados en una masa abstracta, sin significados, inerme de oxigeno para las fosas nasales. ¿Qué sacrificio comente el desconocido al ver que su espacio lo contradice? Stefano bien lo supo constatar: el suicidio, los suicidios, la bala en la cabeza, el hombre lanzándose del séptimo piso. ¿De qué vale estar y a la vez no estar, en consecuencia de las omisiones que ejerce cada individuo de la sociedad?  Stefano lo cuenta después de muerto ¿Cómo? o ¿Por qué?  No se sabe. Sin embargo él se tomó la modestia de dar cada detalle de lo que había pasado en su vida: “Las tardes permanecían apagadas. Tomé la vía, un catorce de enero, para escapar y no hubo caso, traté de dialogar con alguien y nadie me prestó la menor atención. Sentí cierta omnipotencia en mí, pero de nada valía. Eran las cuatro de la tarde cuando miré hacia afuera y aún los espacios seguían restringidos. No tuve más remedio que matarme”
  Es difícil situar una época o un contexto que contraste este hecho. De nada sirve, las sociedades han sido creadas para eliminarse a sí mismas. La sociedad es un espacio sin sociedad.

Bernabé De Vinsenci 

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