Puede
ser que la división del espacio haya generado una hemorragia para los individuos. Válidamente se puede señalar que esos límites
espaciales corresponden a un conjunto de normas compartidas en las que si
existiese cualquier tipo de transgresión
por medio de un sujeto, éste quedaría excluido del resto. A medida que
el retrato de estás normativas y prácticas persisten en la historia el lienzo
se mancha de sangre, y los cuerpos caídos quedan en su tumba con el epitafio
anónimo. Stefano sostenía el proverbio: “de que el bienestar se logra a partir
de que los hombres se dan cuenta de que no deben radicarse siempre en el mismo
lugar”. De vez en cuando solía caminar por las vías ferroviarias creyendo de qué
se alejaría del suburbio. Al fin todo acababa en lo mismo, realizaba diez kilómetros y seguidamente el paisaje se tornaba
acromático, unas fuerzas extrañas hacían que regresase.
Las ciudades son juanetes deformes que causan dolor al dar dos
cinco pasos. Hasta ahora no se ha querido decir que nadie deba, o puede salir
de la ciudad. Percibir eso sería una imprudencia del que trata de entender. Lo que
transcurre en la ciudad es intangible, tan etéreo que en el mismo territorio se
fecundan poderíos supersticiosos. Quizás Stefano era un heterodoxo equivocado
en cuanto a sus deducciones. A pesar de todo comprendía bien las causas de los
suicidios, es decir, el desperdicio de haber salido de una vagina para
autoeliminarse. Claro, la calificación más certera es etiquetar de áspero existencialismo
a todas estas observaciones. Stefano sabía aullar, científico ciudadano acerca
de este tema. Y según él todas las sociedades se encuentran en comunión,
excepto, en el momento de que la gran devastación normativa hace resurgir
desconocidos. Entonces, en la gran bola que todos nos identificamos, hay seres que comienzan a perder esa
identificación para volverse desechados, atrapados en una masa abstracta, sin
significados, inerme de oxigeno para las fosas nasales. ¿Qué sacrificio comente
el desconocido al ver que su espacio lo contradice? Stefano bien lo supo
constatar: el suicidio, los suicidios, la bala en la cabeza, el hombre
lanzándose del séptimo piso. ¿De qué vale estar y a la vez no estar, en
consecuencia de las omisiones que ejerce cada individuo de la sociedad? Stefano lo cuenta después de muerto ¿Cómo? o ¿Por
qué? No se sabe. Sin embargo él se tomó
la modestia de dar cada detalle de lo que había pasado en su vida: “Las tardes
permanecían apagadas. Tomé la vía, un catorce de enero, para escapar y no hubo
caso, traté de dialogar con alguien y nadie me prestó la menor atención. Sentí cierta
omnipotencia en mí, pero de nada valía. Eran las cuatro de la tarde cuando miré
hacia afuera y aún los espacios seguían restringidos. No tuve más remedio que
matarme”
Es difícil
situar una época o un contexto que contraste este hecho. De nada sirve, las
sociedades han sido creadas para eliminarse a sí mismas. La sociedad es un
espacio sin sociedad.
Bernabé
De Vinsenci
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