domingo, 23 de junio de 2013

El huraño y el senil
             Bernabé De Vinsenci

Ocurrió en una fecha en la que Adelio Arce no recuerda con precisión. Sospechaba en la etapa de su mocedad, y aún sigue sospechando sobre su patología huraña. Habían pasado tantas décadas de aquello que todo parece confundirse con un suceso onírico. «Entiendo que no es un agravio la escasa capacidad de mi memoria- Recapacitaba Adelio-Pero los días pasan tan a prisa que tienden a parecerse productos de una máquina que reproduce jornadas en series». Lo obvio es que los rostros no se deshacen, y cuanto más anómalas son las facciones más lúcida es la imagen que se tiene de él en la memoria. Las primeras observaciones que le dirigió  Adelio Arce al francés no fueron demasiadas caritativas. El senil vestía con un saco oscuro, corbata blanca y lo más connotativo de su aspecto, la cabeza calva irradiada por el reflejo de alguna luz de neón. Cuando éste conversaba emitía una fonética tosca y formal que lo confundía con un jurista. Cada enunciado que dictaminaba sus oyentes preparaban la audición como si fuesen a presenciar una conferencia. Carlos Marchant era hijo de franceses, popularmente reconocido en la universidad por sus promulgaciones de los hechos que habían ocurridos en París. Era habitual que narrase episodios históricos de Francia: Mayo del 68, La revolución francesa, Ferdinand de Lesseps… y de vez en cuando, si algún interlocutor le cedía paso, se atrevía a departir sobre la inexistencia del inconsciente. Explicaba: «Es una simple teoría imaginaria ¿Dónde está el inconsciente? ¿Lo ves? ¿Lo tocás? No. ¿Y entonces? » El oyente permanecía mudo, volteando los ojos sin lugar fijo. A menudo lo que exponía Marchant para Adelio, quien captaba alguna frase a la pasada, era validero «Roberto Arlt es el eje de la literatura argentina-Decía- ¡Qué hermosa frase la del prólogo a los lanzallamas! “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo ».
 El anciano solía caracterizar a las teorías como consideraciones, y no como aquello verdadero y absolutista. Era frecuente que al conferenciar frunciera los hombros, y continuase ejecutando garabatos con las manos. En la institución se empezó a reconocerlo como Sócrates. Continuamente se lo veía en los pasillos dialogando con otros estudiantes. « En cierta medida las personas mayores en la universidad -Pensaba Adelio-Crean discípulos persuadiéndolos con narraciones de sus pretéritas experiencias ¡Yo nunca voy a poder hacer eso!». Severamente le incomodaba la no posibilidad de relacionarse, creía ser un autista.
Adelio ingresaba a sus horarios de cursada, y mayormente lo topaba al francés  con unas fotocopias bajo el brazo. Arce sesgaba su mirada hacía el suelo, y fingiendo indiferencia seguía la marcha; o simulaba no escucharlo mirando algún afiche del PTS.
Hubo una jornada, el 21 de mayo de 1983, en la que varios cursos habían de reunirse. Cada catedrático formulaba una temática que luego expondrían los estudiantes. Adelio gozaba de tener el seminario con su terminación en libro “Curso general de la lingüística” De Ferdinand De Sausurre. Textos publicados en 1916 por Charles Bally y Albert Sechehaye, dos discípulos del sueco. Ambos habían rescatado apuntes del bigotudo sumándole los aportes de sus propias agudezas en el seminario.
Las consignas proponían discutir acerca de las definiciones capitales del la lingüística como ciencia: Signo, valor lingüístico, mutabilidad, inmutabilidad…. Se hacía notable que el manejo de la teoría resultaba abstracta para los recién principiantes en la materia. Adelio cavilaba que los debates se hundieran en un proyecto filosófico-especulativo pasando por alto la efectiva intención de Ferdinad de Saussure. Varios mencionarían el inconsciente de Freud, y pregonarían la definición de la lingüística sincrónica con el significado torpe y chato: « A la vez». Adelio rememoraba haberle preguntado a un compañero de curso qué significaba sincrónico, y el tísico dudando de su propia definición le había manifestado: «Dos cosas a la misma vez».
Llegó el día en que se reunieron. El decano de la facultad examinaba minuciosamente cada silueta detrás de un ventanal y platicaba con Jorge, el portero de la tarde. Un hombre rechoncho que padecía de diabetes. Los colegas parodiaban con que se trataba de una movilización reformista universitaria. Al distinguir a Beatriz, profesora de Introducción a la comunicación de inmediato dieron cuenta de que nada de eso ocurriría. El discernimiento los puso en un estado de sosiego. Tanto el decano  como el portero sabían de algunas administraciones ilegales.  
Carlos Marchant encabezó la discusión poniendo la atención de todos:
-¡Muchachos! Dejen de persuadirse con teorías de burguesía…de individuos que vivieron en plena vidorra. ¡Kant lo decía! Nunca se llega conocer la «cosa en sí», sólo podemos saber cómo las cosas aparecen frente a nosotros.  
Uno de los que se situaba en entre la multitud, prosiguió satisfactoriamente las ideas del francés:
-¡Sí, tiene razón Carlos! Sócrates, el maestro. ¿Por qué no seguir sus huellas? El griego fue una especie de Jesús Cristo, caminaba diariamente deteniéndose a conversar con cualquier individuo: Esclavos, mujeres... ¡Cio me nihil scire o scio me nescire!
Adelio hervía de cólera. Tenía la piel irritada y los puños inquietos. No concebía cómo el anciano lograra hacerse voz y conquistara la masa estudiantil con tan pocas palabras. El era uno más, nadie sabía que era Adelio Arce. No soportaba su anonimato. La mayoría de la institución estaba atenta con lo que sucedía en el patio. De improvisto, Adelio exaltado y sin retenerse vociferó:
 -¿Qué dice?-. Al tanto que se dirigía a Carlos Marchant.-  ¿Quién cree que es usted? -
Carlos Marchant observó a Adelio, y mostrándole  la mitad de sus dientes con una carcajada, comentó:
- ¿Recuerda a los Romanticista? ¡Escuche el espíritu universal!
- ¡Qué espíritu universal! La historia no necesita a gente como usted.
- ¿Quién mueve la historia, hijo? Hegel lo señaló: el espíritu universal –Afirmó el anciano.
- Pero Marx ha refutado eso… Los cambios históricos se dan a partir de los modos de producción.
- ¡No me venga a hablar de Marx, por favor!- Urgió el senil.
Quienes presenciaban la situación callaron. Los profesores se reían y tomaban café a grandes tragos.
-¡Usted tiene alzhéimer!-Profesó Adelio, sabiendo que el único alzhéimer era su vergüenza frente la interacción con los otros.
-¿Cómo dijo mocoso?-
El anciano se dirigía hacia él, caminaba con desarticulación y ejecutaba  movimientos insólitos con la boca. Los espectadores un poco tensos, intervinieron deteniendo a Carlos Marchant  mientras se resistía dando puñetazos al aire. La situación había excedido los límites previstos para las autoridades. 
-¡Déjenme! ¡Déjenme! - Gritaba el francés con las venas del cuello moradas.- ¡Este muchacho me va a conocer! ¡Me va a conocer!
Adelio  en consecuencia del susto había retrocedido unos tres metros para ocultarse detrás de sus compañeros. Carlos Marchant alzó del suelo las fotocopias de Ferdinand de Saussure, y encendiendo un cigarrillo y con la cabeza gacha tomó la puerta principal. Una fuerte llovizna comenzaba a caer y poco a  poco las gotas le regaban la cabeza. Hubo silencio. Todas las miradas estaban direccionadas al mismo lugar, cosa que incomodaba más al francés.
 El decano desde la sala de informes contemplaba todo. Se fundaba en el papel de omnisciente.    ­­­
-¿Qué se esconde?-  Le dijo Carlos Marchant al verlo- ¡Usted es quien cría ese tipo de generaciones! Así vamos en este país, cada vez al núcleo de la demolición.
El decano se asomó desde la puerta y sacándose los anteojos, respondió:
-¡Váyase! ¡Acá no queremos gente como usted! Nosotros trabajamos a los muchachos de la manera correspondiente.
Carlos Marchant  bajó la cabeza, y ante las miradas de los militantes como de costumbre sentados en las mesas, dijo:
-¡Qué mierda miran ustedes!




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