El huraño y el
senil
Bernabé De Vinsenci
Ocurrió en una fecha en la que Adelio
Arce no recuerda con precisión. Sospechaba en la etapa de su mocedad, y aún
sigue sospechando sobre su patología huraña. Habían pasado tantas décadas de
aquello que todo parece confundirse con un suceso onírico. «Entiendo
que no es un agravio la escasa capacidad de mi memoria- Recapacitaba Adelio-Pero
los días pasan tan a prisa que tienden a parecerse productos de una máquina que
reproduce jornadas en series». Lo obvio es que los rostros no se deshacen,
y cuanto más anómalas son las facciones más lúcida es la imagen que se tiene de
él en la memoria. Las primeras observaciones que le dirigió Adelio Arce al francés no fueron demasiadas
caritativas. El senil vestía con un saco oscuro, corbata blanca y lo más
connotativo de su aspecto, la cabeza calva irradiada por el reflejo de alguna
luz de neón. Cuando éste conversaba emitía una fonética tosca y formal que lo
confundía con un jurista. Cada enunciado que dictaminaba sus oyentes preparaban
la audición como si fuesen a presenciar una conferencia. Carlos Marchant era
hijo de franceses, popularmente reconocido en la universidad por sus
promulgaciones de los hechos que habían ocurridos en París. Era habitual que
narrase episodios históricos de Francia: Mayo
del 68, La revolución francesa, Ferdinand de Lesseps… y de vez
en cuando, si algún interlocutor le cedía paso, se atrevía a departir sobre la
inexistencia del inconsciente. Explicaba:
«Es una simple teoría imaginaria ¿Dónde
está el inconsciente? ¿Lo ves? ¿Lo tocás? No. ¿Y entonces? » El oyente permanecía mudo, volteando los ojos sin lugar fijo. A menudo
lo que exponía Marchant
para Adelio, quien captaba alguna frase a la pasada, era validero «Roberto
Arlt es el eje de la literatura argentina-Decía- ¡Qué hermosa
frase la del prólogo a los lanzallamas! “El futuro es nuestro por prepotencia
de trabajo ».
El
anciano solía caracterizar a las teorías como consideraciones, y no como aquello
verdadero y absolutista. Era frecuente que al conferenciar frunciera los
hombros, y continuase ejecutando garabatos con las manos. En la institución se empezó a reconocerlo como Sócrates. Continuamente se lo veía en
los pasillos dialogando con otros estudiantes. « En cierta medida
las personas mayores en la universidad -Pensaba
Adelio-Crean discípulos persuadiéndolos
con narraciones de sus pretéritas experiencias ¡Yo nunca voy a poder hacer eso!».
Severamente le incomodaba la no posibilidad de relacionarse, creía ser un
autista.
Adelio ingresaba
a sus horarios de cursada, y mayormente lo topaba al francés con unas fotocopias bajo el brazo. Arce sesgaba
su mirada hacía el suelo, y fingiendo indiferencia seguía la marcha; o simulaba
no escucharlo mirando algún afiche del PTS.
Hubo una
jornada, el 21 de mayo de 1983, en la que varios cursos habían de reunirse.
Cada catedrático formulaba una temática que luego expondrían los estudiantes.
Adelio gozaba de tener el seminario con su terminación en libro “Curso general de la lingüística” De
Ferdinand De Sausurre. Textos publicados en 1916 por Charles Bally y Albert Sechehaye, dos discípulos del sueco. Ambos habían
rescatado apuntes del bigotudo sumándole los aportes de sus propias agudezas en
el seminario.
Las
consignas proponían discutir acerca de las definiciones capitales del la
lingüística como ciencia: Signo, valor lingüístico,
mutabilidad, inmutabilidad…. Se hacía notable que el manejo de la teoría
resultaba abstracta para los recién principiantes en la materia. Adelio cavilaba
que los debates se hundieran en un proyecto filosófico-especulativo
pasando por alto la efectiva intención de Ferdinad
de Saussure. Varios mencionarían el inconsciente de Freud, y pregonarían la
definición de la lingüística sincrónica con el significado torpe y chato: « A
la vez». Adelio rememoraba haberle preguntado a un compañero
de curso qué significaba sincrónico, y el tísico dudando de su propia
definición le había manifestado: «Dos cosas a la misma vez».
Llegó el
día en que se reunieron. El decano de la facultad examinaba minuciosamente cada
silueta detrás de un ventanal y platicaba con Jorge, el portero de la tarde. Un
hombre rechoncho que padecía de diabetes. Los colegas parodiaban con que se
trataba de una movilización reformista universitaria. Al distinguir a Beatriz,
profesora de Introducción a la
comunicación de inmediato dieron cuenta de que nada de eso ocurriría. El
discernimiento los puso en un estado de sosiego. Tanto el decano como el portero sabían de algunas
administraciones ilegales.
Carlos
Marchant encabezó la discusión poniendo la atención de todos:
-¡Muchachos!
Dejen de persuadirse con teorías de burguesía…de individuos que vivieron en
plena vidorra. ¡Kant lo decía! Nunca se llega conocer la «cosa en
sí», sólo podemos saber cómo las
cosas aparecen frente a nosotros.
Uno
de los que se situaba en entre la multitud, prosiguió satisfactoriamente las
ideas del francés:
-¡Sí,
tiene razón Carlos! Sócrates, el maestro. ¿Por qué no seguir sus huellas? El
griego fue una especie de Jesús Cristo, caminaba diariamente deteniéndose a
conversar con cualquier individuo: Esclavos,
mujeres... ¡Cio me nihil scire o scio
me nescire!
Adelio
hervía de cólera. Tenía la piel irritada y los puños inquietos. No concebía
cómo el anciano lograra hacerse voz y conquistara la masa estudiantil con tan
pocas palabras. El era uno más, nadie sabía que era Adelio Arce. No soportaba
su anonimato. La mayoría de la institución estaba atenta con lo que sucedía en
el patio. De improvisto, Adelio exaltado y sin retenerse vociferó:
-¿Qué dice?-. Al tanto que se dirigía a Carlos
Marchant.- ¿Quién cree que es usted? -
Carlos
Marchant observó a Adelio, y mostrándole
la mitad de sus dientes con una carcajada, comentó:
-
¿Recuerda a los Romanticista?
¡Escuche el espíritu universal!
-
¡Qué espíritu universal! La historia no necesita a gente como usted.
-
¿Quién mueve la historia, hijo? Hegel lo señaló: el espíritu universal –Afirmó el anciano.
-
Pero Marx ha refutado eso… Los cambios históricos se dan a partir de los modos
de producción.
-
¡No me venga a hablar de Marx, por favor!- Urgió el senil.
Quienes
presenciaban la situación callaron. Los profesores se reían y tomaban café a
grandes tragos.
-¡Usted
tiene alzhéimer!-Profesó Adelio, sabiendo que el único alzhéimer era su
vergüenza frente la interacción con los otros.
-¿Cómo
dijo mocoso?-
El
anciano se dirigía hacia él, caminaba con desarticulación y ejecutaba movimientos insólitos con la boca. Los espectadores
un poco tensos, intervinieron deteniendo a Carlos Marchant mientras se resistía dando puñetazos al aire.
La situación había excedido los límites previstos para las autoridades.
-¡Déjenme!
¡Déjenme! - Gritaba el francés con las venas del cuello moradas.- ¡Este
muchacho me va a conocer! ¡Me va a conocer!
Adelio en consecuencia del susto había retrocedido unos
tres metros para ocultarse detrás de sus compañeros. Carlos Marchant alzó del
suelo las fotocopias de Ferdinand de
Saussure, y encendiendo un cigarrillo y con la cabeza gacha tomó la puerta
principal. Una fuerte llovizna comenzaba a caer y poco a poco las gotas le regaban la cabeza. Hubo silencio.
Todas las miradas estaban direccionadas al mismo lugar, cosa que incomodaba más
al francés.
El decano desde la sala de informes
contemplaba todo. Se fundaba en el papel de omnisciente.
-¿Qué
se esconde?- Le dijo Carlos Marchant al
verlo- ¡Usted es quien cría ese tipo de generaciones! Así vamos en este país, cada
vez al núcleo de la demolición.
El
decano se asomó desde la puerta y sacándose los anteojos, respondió:
-¡Váyase!
¡Acá no queremos gente como usted! Nosotros trabajamos a los muchachos de la
manera correspondiente.
Carlos
Marchant bajó la cabeza, y ante las
miradas de los militantes como de costumbre sentados en las mesas, dijo:
-¡Qué
mierda miran ustedes!
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