viernes, 7 de junio de 2013

Setenta y seis marcas en el cuerpo

       Antonio Durán figuraba en su enrolamiento, sin embargo para sus camaradas era más conocido como el “Zurdo”. Durán había sido el único apresado por la junta militar dentro del grupo. Los otros por casualidad estaban libres o exiliados. Mayormente los subversivos solían utilizar un nombre falso para confundir las persecuciones militares. Al cabecilla lo nombraban “Zurdo” o “Labrador”  por ser el ultra izquierda del montón, el más dispuesto a entregarse por la revolución. El dirigente o cabecilla vendría a ser aquel que menos atiende los reglamentos de una dictadura, y el que más defiende los acuerdos del estatuto subversivo. La palabra subversión proviene del latín Subvertere que significa: “trastocar”, “dar vuelta”. A Durán lo capturaron un sábado, aproximadas la seis de la mañana, mientras dormitaba en uno de los galpones del ferrocarril Nacional. No hubo tiempo para averiguaciones y tampoco para explicaciones, el primer súbdito de la fuerza al verlo, de inmediato le disparó un tiro en el pie derecho. Lesionado en el suelo los milicos se abalanzaron sobre él y entre forcejeos lo cargaron en un Peugeot 504 de vidrios polarizados. Antonio suponía lo que podría ser una tortura una vez en cautiverio, pero al experimentarla pensaba por qué no había sido un civil cualquiera antes que un subversivo. Nunca antes de ese momento pudo imaginar lo que se sentiría la picana eléctrica, idea de Polo Lugones que se introdujo como método de tortura en la dictadura de José Félix Uriburu cerca de los años treinta; lo que luego acabaría por denominarse “la década de infame”. Antonio mordía su lengua y cavilaba al tanto que lo torturaban: ¿No se utiliza la picana para los transportes de hacienda y las mangas de los establecimientos agropecuarios y frigoríficos? Pase de ser un revolucionario a un animal de zoológico ilegal. En ciertas ocasiones al darse los cambios de turnos en la vigilancia, según el milico, le permitía fumar un cigarrillo. Adentro de la celda una nube de humo crecía, al tanto que daba pitadas consecutivas, que ni siquiera las moscas se animaban a entrar. Eso sí, lo que no estaba permitido en los cautiverios era la libertad de aseo. Por obvias razones Antonio estaba hediondo y excesivamente velludo. Se encontraba irreconocible, el mismo grupo en tales condiciones no lo habría identificado. Exactamente, no conocía con puntualidad las horas y las fechas de los días. De modo que el subversivo persiste en su aislamiento apartado de los movimientos vitalicios. La puesta en escena que los dictadores les ofrecen es electiva, es decir, reinventarse una posibilidad de existencia en el abismo o aplanarse entre los escombros de ese abismo.
     Un rectángulo de pavimento valía como cama y venciendo al frío optaba por acurrucarse de la mejor manera posible para que su cuerpo empezara a ascender la temperatura; entre los alaridos de los demás detenidos el sueño devenía y aún así la pesadilla insistía en prolongarse hasta el mundo onírico.
Al otro día despertó con los ojos repletos de lagañas y una fuerte molestia en la columna vertebral. Oía que desde la calle una transmisión de parlante resonaba con el slogan: “Un terrorista no es sólo alguien con un revólver o una bomba, sino también aquel que propaga ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. Los enunciados lo estremecieron, un fuerte retorcijón de panza hizo contraerlo; cayó al suelo y empezó a sollozar. Debía mantenerse cauteloso con los gemidos. Era la hora del desayuno y cualquiera de los milicos lo escucharía. Ingeniosamente tomó una media y la mordió con los dientes. Esa mañana decidió no desayunar el mate cocido tibio con la migaja de pan correspondiente. Los nervios lo colocaban en un estado de anorexia, y sería incapaz de probar un bocado con las manos llenas de hematomas y sangre reseca. Cerca de las once, hora que Antonio desconocía, le gritaron:
-¡Durán!
-Sí, señor.
-¡Párese en posición que abriremos la celda! ¡Ponga las manos firmes contra su cuerpo y la mirada al frente!
La puerta emitió un sonido estrepitoso al abrirse. Las dos bisagras estaban cubiertas de óxido y el color de la fachada no se entendía bien si era un verde claro, o un azul deteriorado. El general ingresó custodiado por un médico felpudo y de cara pálida.
-¿Cómo se encuentra, Durán?- Saludó el general con una mueca.
-Bien- Expresó moribundamente el detenido. -Sólo con un poco de dolor en las manos-
-¡Dolor! ¡Dolor, Durán!- Dijo burlándose y prosiguió -La Patria tiene dolor. Está infectada por miles de subversivos como usted. Pero no importa, el conflicto será regulado. Por supuesto gracias a nuestra intervención-
Antonio no agregó nada, prefirió mantener el silencio. Deseaba llorisquear como en su infancia.
-Bueno, Durán- Interrumpió el general. -Tendrá que acompañarnos-
-Sí, señor- Afirmó espontáneamente tratando de connotar obediencia.
Salieron del lugar tomando un pasillo que se divida con enormes celdas en los costados. Desde adentro provenían gemidos y mecánicos ruidos de pasos. Marchaban con parsimonia, como si el ejecutado tuviera un poco más de tregua antes de llegar a la ejecución final. La lentitud estaba dada por la misma estrategia de sometimiento, a la introspección del subversivo en el lugar, para patologizar la angustia. No sólo la tortura estaba pensada desde las fisuras físicas sino que además con la integración del contacto psicológico inhumano. Lograban que el cautiverio expandiera su función de tortura, hasta el deseo de muerte en los detenidos. Salir de ahí y no olvidar, salir de ahí con la posibilidad de suicidarse. En estos modos estaban repensados los centros clandestinos.
Finalmente llegaron a una formidable sala. Era lo suficientemente espaciosa para al menos diez personas. En el centro del sitio, una lámpara de neón colgaba alumbrando la circunferencia de una mesa hidráulica. Un pálpito frenético le vino en el pecho a Antonio cuando observó diferentes utensillos esparcidos sobre una mesa pequeña de metal. El general se detuvo a dialogar con otros oficiales que ya estaban allí y al concluir, volvió.
-Acompáñeme- Le dijo, penetrándolo con la mirada -No tenga miedo-
Antonio lo siguió por detrás al ritmo de sus pasos. Temía de rosarle el talón, y hacerlo tropezar.
-Siéntese- Indicó el general con la mano, llegando a una silla.
-Sí, señor-
-¿Duran?- Interrogó uno de los que estaba allí.
-Sí, señor, Antonio Durán-
El general se paró enfrente del detenido y comenzó a decir:
- Usted sabrá que está aquí por razones obvias. De las cuales tuvimos que tomar medidas por el bien de la Patria. No es del azar que lo hayamos traído. Nos vemos obligados a realizarle una serie de preguntas, en lo que usted tendrá, obligadamente, que responder. Por su bien y por el bien de nosotros ¿Entiende?
-Sí, claro-
El detenido había notado mientras el general hablaba, que unos de los hombres  llevaba consigo una tijera de podar. Quiso evadir sus pensamientos a un panorama diferente del que pasaba, pero no pudo.   
-¿Conoce usted a estas personas? Uriel Bielsa, Humberto Bettini, Alicia Ardoy, Eva Varela, Susana Taiana….
Hizo una pausa, y esperó la repuesta del detenido.
-No, señor- Contestó sabiendo que mentía. -No conozco a ninguno de los que ha mencionado-
-¿Cómo dice?- Dijo el general ruborizado.
-Que no conozco a ninguno, señor-
-¿Usted me toma el pelo Durán?- Dio un suspiro hondo y continuó -¿Se cree que somos gansos? ¡Miguel, venga!
El interlocutor alzó la cabeza y se aproximó a un paso del general con la tijera en la mano.
-Muéstrele como hacemos hablar aquí a las personas-
Durán estaba maniatado de las manos y de los pies. Movilizaba el cuerpo lo que más podía, pero fracasaba, era imposible hacer cualquier tipo de ademán. El hombre puso la cara interior de la tijera en el dedo del detenido, y esperó la orden.
-Bueno, Durán. Usted es quien decide…
-Señor, le aseguro que no conozco a ninguna de esas personas.
 -¡Adelante Miguel!-Ordenó el general.
El hombre tomó con cada mano un canto del ojo de la tijera y fuertemente presionó en uno de los dedos de la víctima.
-¡No! ¡No!... ¡Se lo ruego! ¡Por favor!...- Exclamaba Durán retorciéndose.
-¡Tomá! ¡Tomá una maza!- Intervenía otro de los hombres -¡Con mazazos, es más fácil!-
-¡Basta! ¡Basta!- Gritaba el detenido con el rostro rojo.
En dúo obtuvieron cortarle el dedo. Habían distribuido sus funciones: uno presionaba la tijera en los huesos, y el otro daba largos golpes. Con este método habían logrado dividirle en dos el dedo meñique. Para que la hemorragia no se produjera, un médico actuaba. Daba indicaciones, y respondía a todas las dudas que los generales se hacían al ver tanta sangre derramándose. La logia de los médicos, y los torturadores era mantener a los presos vivos, alargar la tortura hasta que ellos, los militares, decidían dar muerte. Al día siguiente le comentaron a Durán que su dedo probablemente sería enviado a sus camaradas subversivos; y que saldría de prisión cuando cada uno de sus colegas fueran atrapados. Las declaraciones arrancaban a la mañana y finalizaban con el atardecer. Algunos morían en el periodo de tortura, otros en las celdas. Antonio logró escuchar en una de las conversaciones que, los cuerpos sin vida habrían de ser enviados al río de la plata. Era la mejor estrategia para no dejar rastros, y para no generar rumor en el resto de la población sobre la masacre que se estaba acometiendo. Los autos parlantes seguían pasando con diferentes slogans, el último que Durán escuchó fue: “Las urnas están bien guardadas”.
No conocía con exactitud el transcurso del tiempo, pero estimaba que habían pasado cinco años. La última voz que oyó dentro del centro clandestino había sido del mismo general, aquel que lo obligaba a hablar por las mañana tres veces en la semana: “¡Se pudrió todo Durán, se pudrió todo!– Y se tomaba la cabeza -Tómeselas. No me mire con esa cara de niño feliz. Váyase”.
Un seis de junio de 1984, Antonio Durán decidió acabar con su vida, no soportaba las marcas en su cuerpo, que lo retraía a aquellos días de cautiverio. En un papel había dejado escrito con letras rojas: ¡Patria o muerte, carajo!

 Bernabé De Vinsenci 



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