jueves, 22 de diciembre de 2011



DESPUÉS DEL ALAMBRADO EL ALMA

Los años reposaban sobre el resultado de su apariencia, como las estructuras arcaicas de un pueblo que reconoce su historia. Grietas sobre su cara y una mirada tétrica penetraban en las demás personas. Su espalada poseía una especie de encorvadura, los años de labor y esfuerzo habían hecho una fisonomía desgastada que accionaba parsimoniosamente. Unas grandes ojeras se le sumaban a su cara y el olor a nicotina sobre su piel que siempre emanaba a su entorno. Ese desperfecto se había impregnado desde el día que en su juventud tomo el primer cigarro con sus pares.
Ahora vivía, después de tantas décadas, en un pueblito de casas bajas y campesinos como él,  los solía llamar junto con su esposa. Se podría denominar como una pequeña comunidad de personas, el lugar, los niños desnudos jugando en las calles de tierras, los potreros inundados en sueños y gritos de alegría.
Un pequeño alambrado distanciaba la casa del anciano con un vasto terreno de plantas y plagas. A veces sus ojos se acercaban a observar y calmar la nostalgia que tenia desde que su hijo partió esa mañana de frió.
Se levanto una vez mas, eran  las tres de la mañana. No era la primera y única. El cielo jugaba a ser nocturno y las estrellas a formar figuras etéreas. Antes de levantar su cuerpo a cuarenta y cinco  grados observo a su mujer como siempre lo hacia. Ella dormía. Se calzo. Coloco sus lentes y tomo su bastón. Se dirigió rumbo a la cocina, donde los objetos permanecían apagados.
Sus pasos emitían un leve sonido y cada dos de ellos la punta del bastón chocaba contra el suelo de cemento. De su garganta salía un ruido extraño y un vaso de agua calmaba esa incomodidad. Los seibos se movían en dirección del viento y los sauces enormes les daban refugio a las palomas, que después de haber representado la libertad se encontraban exhaustas.
El aire era puro como siempre, se ofrecía a la noche nunca se guardaba nada. Era brindado para lo que transitan en la oscuridad.
Cada noche era un rito, una realización autómata. La ausencia lo obligaba.
Salio. Abrió la puerta de madera pintada de verde y se sentó en un tronco cerca de la bomba de agua. En su mano izquierda tomaba una fotografía de su hijo. Era del año 1967, cuando Alejandro cumplió tres años.
Sobre un costado de sus piernas tres gotas se expandían en la tierra húmeda. Las observo, sabiendo que no venían del cielo, sino  de sus ojos. Miro la luna y vio miles de estrellas que la acompañaban. Los seibos seguían en su ritmo natural y el viento se acercaba a acariciar al anciano, tratando de llevarse el insomnio, pero era imposible.
Camino hasta el alambrado entrando en una secuencia de recuerdos, que si salía de ahí, le produciría más nostalgia y soledad. Esos instantes eran de evasión. La beatitud volvía sobre su cabeza con capítulos del pasado. Una pelota corría sin un niño y zumbidos simulaban a gritos de alegrías. No había horizonte, tampoco aurora, todo era un escenario de imaginaciones. Sus anteojos sobre los vidrios era diferente a su interior, en ellos solamente había oscuridad reflejada. El cosmos se transformaba en una negación de lo real y era feliz, en el mundo de los gatos, en las noches de los recuerdos.
Había sido un episodio nocturno más, una manera de encontrarse hundido en la felicidad. Siempre claudicaba en esos episodios, para seguir durante el día. La guerra era quien se había llevado a su hijo, a su doncel.
El calendario no importaba, el papel permanecía en el día de la partida. Un recuerdo más, una reivindicación afectiva.  La fecha estaba en 23 de abril de 1982.   Varios trenes pasaban. Así quedaba la imagen de su hijo cuando se subía a uno de ellos.  Todavía ninguna carta había llegado.
Los niños en las escuelas eran alarmados y todos se refugiaban debajo de sus bancos, el futuro se estremecía durante unos instantes. El niño corría se escondía detrás del muro y desde ahí sonreía mostrando sus pequeños dientes.
La radio era el medio por el cual siempre estaban atentos. Cuando se iban a dormir la siesta la encendían. Las cosas no iban en orden. Tampoco iban mal, una opinión era solamente por la información del los medios, por eso se negaban a concluir, además, para no alimentar su pesimismo.
Los ancianos estaban convencidos y esperanzados que llegaría una carta de su hijo. Creían que la sensación de conquista nunca se vive una vez, sino que se repite simbólicamente en el transcurso de la historia. Tenían una pequeña biblioteca en una de las habitaciones con libros heredados y de vez en cuando les servia para instruirse.
Había pasado un mes y medio, los comentarios vulgares daban la guerra por finalizada.
Los ancianos no se interesaban por el vencedor, nunca habían estado de acuerdo con los enfrentamientos bélicos, solamente deseaban a su hijo de regreso. No más noches de insomnio e imaginación para realizar la felicidad.
Esa mañana fue diferente a las demás. Llovía y en el pueblo no andaba nadie, las plantas se balanceaban ferozmente derramando gotas de aguas por sus hojas. El anciano había vivido la noche de insomnio como era de costumbre, pero esta vez dentro de su casa. Cerca de la diez de la mañana, mientras, la comida se cocinaba a fuego lento un campesino llego con la lluvia junto a con un  perro que lo acompañaba alegremente. Cuando lo vieron llegar salieron, sabían que la guerra había terminado, los medios y la gente hablaba del fin. La lluvia caía torrencialmente cayendo sobre sus cabezas.
-¿como le va Don?-Dijo el hombre arriba de su caballo.
-Acá andamos…a la espera de que todo termine y que el hijo vuelva -
-Les traigo noticias y de las malas…lamento abuelo.-El hombre se había sacado su sobrero y miraba al anciano con tristeza.
 Los ojos se le habían llenado de lágrimas y volvió a la cocina, mientras, sujetaba una foto de su  hijo aferrada a su pecho.
Las noches de insomnio habían seguido. Solamente que ahora nada era imaginado, solamente ahora era el alma de su hijo quien se presentaba del otro lado del alambrado, solamente era un soldado.

Bernabé De Vinsenci

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