lunes, 26 de diciembre de 2011


El arte de la soledad

La ventana de su habitación se encontraba entreabierta y el frescor del viento entraba soezmente. Desde el sur las vías eran transitadas por la locomotora. Individuos en la estación esperaban su llegada para la escapatoria hacia otra ciudad. Las plantas remolineaban y se entrelazaban entre si como enredaderas.
Un día más sobre su cama, un día más solitario sobre las paredes barnizadas de blanco. Solamente ellas  encontraban a un solo sujeto, a una consciencia con rutina monótona.
Era una nausea, un hablar así mismo. Perplejo, pensativo y azorado se encontraba en su cama, destapado, desnudo y friolento. Claudicaba en dejar la ventana abierta. La enorme puerta de la habitación arcaica asombraba a las infraestructuras modernas e idealizadas. Los ladrillos asentados en barro sobre la pared se encontraban sólidos y en algunas partes descubiertos, en consecuencia del tiempo. Respiro hondamente, deslizo sus manos para retirar el diáfano líquido que salía de sus ojos y pestaño. Tenía una idea, una imaginación en su cabeza a realizar. La soledad la concedía no apta para el hombre. Era media mañana, los autos y la civilización se encontraban en marcha. Alarmas y olores decía que todo estaba en funcionamiento.
Nervioso se levanto, se vistió, calzo sus lentes y contemplo por su ventana. Era un día más y un día menos a la vez para su situación limite, la menos deseada pero la más sujeta del hombre. Salio de su habitación y rozo con su mano derecha una de las plantas que decoraba el ambiente. Comprendía la escisión  de su mundo interno y el exterior. La luz de la ventana entraba y chocaba frente a su rostro pálido. Varios de sus pelos se encontraban desorganizados y su barba se encontraba con el autentico corte de siempre. Dio varios suspiros de agonía y al doblar su mirada sobre unos de  los rincones visualizo una marcha de hormigas. Corrió a la azucarera  y se encontraba destapada e invadida. La comida del día anterior se encontraba en análoga situación. Las observo y se admiro de ella, todas estaban comprometidas en un mismo caos, en una misma situación. Era imposible distinguir una de la otra, todas eran iguales y grandes potenciadoras.
Se sentía invadido, aturdido y complacido a la vez. Por lo menos ellas eran su única compañía. El frescor de la mañana seguía entrando y varios pájaros estaban en concierto lírico. Pero él estaba a disgusto, se encontraba incomodo, en definitiva solitario, único en el mundo. Se sentó. Pensó. Con las manos sobre su cabeza acompañado de respiraciones hondas analizaba una idea inhóspita. Permaneció allí durante varios minutos, sus respiraciones a compás de los segundos y sus pensamientos infinitos. Nadie tocaría su puerta como de costumbre. Solamente su soledad estaba colgada de su espalda y le producía fatiga. Se levanto. Observo las pequeñas arquitecturas de su ciudad y se detuvo nuevamente a pensar, acercándose cada vez más a su idea. Al punto de obtenerla.  Grito, el sonido se esparció sobre toda la casa, turbio y lento. Al observar los otros espacios de la casa descubrió que había más hormigas, eran infinitas y monótonas. Ahora debía comenzar a realizar la idea. Necesitaba algunos elementos cotidianos y cola vinílica. Tomo cartones, cinta, algunos tubos y finalmente hormigas. Primero realizo un maniquí, le dio su forma original y al término noto que media varios centímetros más que él. Luego vendría lo que más paciencia llevaría, tomar a las pequeñas hormigas y pegarlas sobre la arquitectura. Habían pasado veinte horas, sin descanso, exhaustivo y ansioso pegando cada unas de las hormigas, algunas de ellas morían de inmediato. No hubo descanso. Todo había llegado a  su fin, la compañía estaba lista y la soledad se iría por la puerta que nunca dejo entrar a nadie. Eran las dos de la mañana se encontraba risueño al lado del cuerpo, era oscuro y de vasto tamaño.
Decidió entrar a ducharse. Mientras, se bañaba noto que desde afuera varios sonidos extraños habían empezado. Tomo la toalla se la encogió sobre su cuerpo y salio a observar lo que sucedía. Tomo el pasillo que lo conducía a la cocina y al doblar lo vio. El enorme monstruo estaba parado, las hormigas recorrían su cuerpo. Azorado trato de correr. Fue imposible. Al encontrarse arrinconado, su corazón exploto y el monstruo nunca entendió porque. Porque el hombre le teme a la soledad que es compañía, de lo contrario como se sabe que es soledad, lo sabe porque existe. Porque es una compañía.  

 
Bernabé De Vinsenci.

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