El arte de la soledad
La ventana de su habitación se encontraba entreabierta
y el frescor del viento entraba soezmente. Desde el sur las vías eran
transitadas por la locomotora. Individuos en la estación esperaban su llegada
para la escapatoria hacia otra ciudad. Las plantas remolineaban y se
entrelazaban entre si como enredaderas.
Un día más sobre su cama, un día más solitario sobre
las paredes barnizadas de blanco. Solamente ellas encontraban a un solo sujeto, a una
consciencia con rutina monótona.
Era una nausea, un hablar así mismo. Perplejo,
pensativo y azorado se encontraba en su cama, destapado, desnudo y friolento.
Claudicaba en dejar la ventana abierta. La enorme puerta de la habitación
arcaica asombraba a las infraestructuras modernas e idealizadas. Los ladrillos
asentados en barro sobre la pared se encontraban sólidos y en algunas partes
descubiertos, en consecuencia del tiempo. Respiro hondamente, deslizo sus manos
para retirar el diáfano líquido que salía de sus ojos y pestaño. Tenía una idea,
una imaginación en su cabeza a realizar. La soledad la concedía no apta para el
hombre. Era media mañana, los autos y la civilización se encontraban en marcha.
Alarmas y olores decía que todo estaba en funcionamiento.
Nervioso se levanto, se vistió, calzo sus lentes y
contemplo por su ventana. Era un día más y un día menos a la vez para su
situación limite, la menos deseada pero la más sujeta del hombre. Salio de su
habitación y rozo con su mano derecha una de las plantas que decoraba el
ambiente. Comprendía la escisión de su
mundo interno y el exterior. La luz de la ventana entraba y chocaba frente a su
rostro pálido. Varios de sus pelos se encontraban desorganizados y su barba se
encontraba con el autentico corte de siempre. Dio varios suspiros de agonía y
al doblar su mirada sobre unos de los
rincones visualizo una marcha de hormigas. Corrió a la azucarera y se encontraba destapada e invadida. La
comida del día anterior se encontraba en análoga situación. Las observo y se
admiro de ella, todas estaban comprometidas en un mismo caos, en una misma situación.
Era imposible distinguir una de la otra, todas eran iguales y grandes potenciadoras.
Se sentía invadido, aturdido y complacido a la vez.
Por lo menos ellas eran su única compañía. El frescor de la mañana seguía
entrando y varios pájaros estaban en concierto lírico. Pero él estaba a
disgusto, se encontraba incomodo, en definitiva solitario, único en el mundo.
Se sentó. Pensó. Con las manos sobre su cabeza acompañado de respiraciones
hondas analizaba una idea inhóspita. Permaneció allí durante varios minutos, sus
respiraciones a compás de los segundos y sus pensamientos infinitos. Nadie
tocaría su puerta como de costumbre. Solamente su soledad estaba colgada de su
espalda y le producía fatiga. Se levanto. Observo las pequeñas arquitecturas de
su ciudad y se detuvo nuevamente a pensar, acercándose cada vez más a su idea.
Al punto de obtenerla. Grito, el sonido
se esparció sobre toda la casa, turbio y lento. Al observar los otros espacios
de la casa descubrió que había más hormigas, eran infinitas y monótonas. Ahora
debía comenzar a realizar la idea. Necesitaba algunos elementos cotidianos y
cola vinílica. Tomo cartones, cinta, algunos tubos y finalmente hormigas.
Primero realizo un maniquí, le dio su forma original y al término noto que
media varios centímetros más que él. Luego vendría lo que más paciencia llevaría,
tomar a las pequeñas hormigas y pegarlas sobre la arquitectura. Habían pasado
veinte horas, sin descanso, exhaustivo y ansioso pegando cada unas de las
hormigas, algunas de ellas morían de inmediato. No hubo descanso. Todo había
llegado a su fin, la compañía estaba
lista y la soledad se iría por la puerta que nunca dejo entrar a nadie. Eran
las dos de la mañana se encontraba risueño al lado del cuerpo, era oscuro y de
vasto tamaño.
Decidió entrar a ducharse. Mientras, se bañaba noto
que desde afuera varios sonidos extraños habían empezado. Tomo la toalla se la
encogió sobre su cuerpo y salio a observar lo que sucedía. Tomo el pasillo que
lo conducía a la cocina y al doblar lo vio. El enorme monstruo estaba parado,
las hormigas recorrían su cuerpo. Azorado trato de correr. Fue imposible. Al
encontrarse arrinconado, su corazón exploto y el monstruo nunca entendió
porque. Porque el hombre le teme a la soledad que es compañía, de lo contrario
como se sabe que es soledad, lo sabe porque existe. Porque es una compañía.
Bernabé De Vinsenci.
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