miércoles, 14 de diciembre de 2011


La vieja silla quedo impregnada con el calor corporal

En el recinto de un sendero ilógico las deidades que poblaban en la masa de la tierra a principio de la existencia, habían formado un individuo que repudiara lo normal, siendo estos videntes y grandes sabios.
La mujer quien lo había fecundado tiempo después pertenecía a la especie humana en una época reciente al fin. Desde la clase social ella pertenecía a la alta, estructura imaginaria por cantidad de poder.
El niño creció en ese seno, como cualquiera. Las cualidades mas destacadas en el, fueron ser invisible e incomprensible al igual que las de los demás.
En lo nocturno dormía sentado al lado del mar contemplando el reflejo de la luna como jugaba en el mar a disolverse. Recogía pequeñas piedras y luego las lanzaba al agua.
Nimias  nubes se paseaban en el cielo, mientras, Dalí desde arriba ofrecía objetos surrealistas.
Muchedumbre estaban en ese desierto, no era el único, ser parte de la realidad sin ser vistos, invisible. Años más tarde les esperaría a ellos el mundo de las ansias, donde, todos los simios se depredan unos a los otros. El mar se encontraba repleto de piedras, los niños las arrojaban una y otra vez, el cansancio de ser nadie les invadía su naturaleza. La única madre para ellos era la planta que los acariciaba con las hojas verdes estropeada.
A la mañana, los niños esporádicamente salían a recorrer la ciudad, a veces repudiaban ese deseo por el estorbo de los simios, tener percepción y negarse ante ella, decían algunos. Ellos eran sus padres, pero la fisonomía invisible impedía cualquier contacto. Esta fenomenológica era generada por la ceguedad ante la ansiedad, sus manos derramaban cualquier cosa ante lo extraño e incomprensible.
Habían pasado los años, caos en las décadas y crisis. Los  niños que el único calor corporal que conocían era el del sol. Había crecido. Los rasgos de un adulto estaban impregnados en ellos, solo faltaban pequeños detalles para convertirse en  simios, de primer valor el ansío de poder.
Los días estaban contados, el niño se haría visible ante la sociedad y los diferentes olores de poder les esperarían para la lucha.
La noche del día anterior se dirigió a las montañas, mientras, los únicos habitantes en la ciudad eran las hojas secas caídas de las plantas. Sumamente nunca nadie estaba allí. Ese contacto que mediaba entre la naturaleza y los simios nunca fue logrado, ellos lo creían en vano y además de que no les ayudaría a contribuir en nada. Subió a la cima. Danzo a las deidades, realizo diferentes ritos, grito en su nombres y pidió sus necesidades. Cuando de repente el cielo se torno de rojo y un rayo cayo sobre el súbitamente. Quedo dormido.
A la mañana siguiente se despertó expandido en la montaña, al observarse su anatomía era mucho más significativa que la que poseía antes. Era una especie de Goliat. Entonces, una vez levantado del suelo decidió recorrer la ciudad que estaba en funcionamiento. Al llegar, los simios se arrodillaban ante el, cuando lo vieron y de repente les dijo, mientras, los contemplaba a sus ojos.
− Este juego donde las mascara es el ansío y las generaciones que vienen el olvido, termina acá. Podrán dejar  esos trajes de simios para ser hombres libres −
Y los niños invisibles que rondaban en la ciudad abrazaron a sus padres que dejaban esa vestimenta extraña  y pesada.  

Bernabé De Vinsenci





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