«APOCALIPSIS»
Bernabé De vinsenci
El día
estaba oscuro, las presencia de las nubes, habían dado señal de lluvia, negando
su práctica. Alguna que otras lloviznas, regaban el asfalto y hacían jugar a
los vidrios, de los negocios, con pequeñas gotas. Ese día de lluvia, que fue el
único, después, de haber soportado la mala presencia, por parte de las nubes
grises, Jakobsdóttir, descendiente Irlandés, radicado en argentina, había decidido
caminar por las calles de su ciudad, junto a su hermano, quien llevaba una
barba de aproximadamente, una semana. Hacia frió y los comerciantes de los
negocios, lo veían pasar prejuzgándole, un concepto de demencia.
John,
hermano de Jakobsdóttir, lo había invitado a tomar un café, para levantar un
poco de temperatura en sus cuerpos fríos.
Al entrar se sentaron, enfrente del mostrador, decisión no, tomada al azar,
sino por una conveniencia de John, mirar
a la moza que hacia un tiempo, que venia observando detalladamente. Cuando se
sentaron, de inmediato fueron atendidos. En el bar no había nadie, solamente
ellos y las empleadas, contempladas por su dueño un hombre, serio y de pocas
palabras. Jakobsdóttir, se encontraba algo molesto, por los espejos de su
alrededor, que reflejaban su rostro, varias veces intento ponerse en una posición, en la cual no fuese
reflejado, pero fue en vano. Su hermano, cada tanto, se contemplaba asimismo,
en el reflejo del espejo, para ver su barba y reprender el mal agrado. Cuando,
la moza hacia, ademanes, para limpiar, John daba pequeñas palabras hacia, ella
como “Que linda, que estas” o “Me casaría, contigo”, en cambio, Jakobsdóttir,
se ponía nervioso, porque tenia cierto respeto, a las mujeres y miraba hacia
otro lado disimulando. El café no perduro mucho en el posillo, así cuando terminaron el último trago, se
levantaron, antes John, le pidió a su hermano que anotara su numero, además,
del el nombre en un papel. Cuando John, fue a pagar el café, Jakobsdóttir, se
había retirado por la puerta principal con las manos en su bolsillo. John se
dirigió al mostrador, en el cual se encontraba la moza, limpiando unas copas y
sorprendiéndola por su espalda, pregunto.
-¿Cuánto
es?- Mientras miraba su billetera.
- Doce
pesos-Respondió, ella.
John tardo un corto rato, en sacar el dinero
para pagar y mientras, le dirigía una papel de cien pesos, saco en un costado
su numero, que lo había anotado, Jakobsdóttir con letras algo torpe. La mujer
tomo el dinero y le dio, el cambio.
Cuando
salio por la puerta principal marrón, mientras, era contemplado por el dueño
con un gesto poco agradable, vio a Jakobsdóttir, que miraba una vidriera y él,
curioso le pregunto largando humo sobre su boca.
-Y ¿Le
diste el número?-Con una pequeña, sonrisa sobre su rostro.
-Si-
-Contame
¿Cómo fue?-
John
parecía estar algo contento, entonces, respondió.
-Yo, le
pagué y cuando medio el vuelto le di algo de propina, entonces, me dijo: “No gracias”, pero cuando vio mi
numero, la tomo, mientras el patrón, me observaba. Creo que no se dio cuenta.
-¡Felicitaciones!-Respondió,
Jakobsdóttir.
Caminando
con la llovizna sobre sus cabezas, habían decidido ir a dormir. Al apoyar sus
cuerpos sobre la cama, dieron paso al descanso y cerraron sus ojos, cediendo el
sueño.
Al otro
día cuando Jakobsdóttir, se levanto antes que su hermano, abrió unas de las persianas
y vio la gente corriendo sobre las calles, desesperada. En el suelo se distinguía algo blanco pero no,
se alcanzaba a detallar bien lo que era. Jakobsdóttir cerró las persianas, se
dirigió al baño y atónito, frente al espejo, buscaba darse una repuesta. Luego
se dirigió a la habitación, donde su hermano dormía, abrió la puerta, y la cama
se encontraba descendida sin el cuerpo. Tomo
su saco y acomodándose los pelos salio a la calle, en busca de una
repuesta concreta, con lo que estaba viendo.
Al dar
el primer paso, tuvo contacto con las nubes, miro el cielo, estaba totalmente,
oscuro y le pregunto, a un anciano, que se encontraba sentado escuchando la
radio.
-¿Qué lo
que ha pasado?-
El anciano
sonrió y lo miro con un gesto sabio.
-Hay…hijo.
Todo principio tiene un final-
Esas
fueron sus últimas palabras, después, de haber colocado su radio, otra vez,
sobre sus oídos. Jakobsdóttir seguiría,
tratando de buscarse una repuesta, ante la naturaleza distinta «Las nubes, en
el suelo y el cielo repletamente oscuro» recorrió toda la ciudad en busca de su
hermano, pero solamente pudo conseguir a la gente, corriendo hacia ningún lado,
algunas madres tenían a sus hijos sobre sus brazos y lloraban, mientras, el
maquillaje se les acumulaba sobre la mejilla, dejando caer cataratas de
lágrimas negras. Jakobsdóttir, tenía paciencia ante la situación, tan
enigmática para el hombre. Algunos arrodillados rezaban, otros en cambio,
gritaba con demencia “Es el Apocalipsis”, él miraba su alrededor y seguía
caminando, ahora en dirección hacia su casa, las imágenes habían sido de gran
impacto hacia él. Cuando entro se sentó, en unas de las sillas y encendió un
cigarrillo, desde donde se encontraba llamo, a su hermano “John”, pero del otro
lado, no hubo ninguna repuesta, solamente el silencio. Se levanto de la silla,
echando humo por sus narices y abrió de nuevo las persianas, todo seguía igual.
La ciudad empeoraba. La mugre se hizo cosa común en pocas horas y el estado de
ese país, no había dado señales, de
ayuda hacia la población.
Jakobsdóttir
tomo un lápiz y una hoja, inclino su cabeza oblicuamente y acariciando sus
pensamientos escribió: “El apogeo de nuestra era llego, hemos sido animales
racionales, nombrado como seres humanos y creímos ser superior a todo, e
incluso a la misma naturaleza. Quienes sean lo próximos seres de esta tierra,
como dijo Jack London, no creen leyes extrañas, que devoran su alma”. Al
termino de escribir la carta, la coloco en un sobre, apoyándola sobre su pecho y
luego se dirigió al patio, en donde hizo un pequeño pozo, colocándola allí.
Miro su
reloj, eran la una de la tarde y noto que no, tenía hambre, entonces, encendió
otro cigarrillo, para calmar sus nervios y realizando, pequeñas formas abstractas
con el humo, pensaba donde podría encontrar a John. Se levanto cuidadosamente y
abrió la persiana, la gente seguía en la calle todavía, todo estaba intacto,
ese paisaje tan apocalíptico, permanecía, revolucionando los conocimientos del
hombre, pero en cambio, Jakobsdóttir se encontraba tranquilo, además, de que
fuera consciente de lo que estaba pasando.
Ahora
algunos perdían la visión, lo que entorpecía todo, en cuanto la higienización.
El estado no, se encontraba presente, seguramente habían logrado irse de este
planeta, en algunos de sus artefactos voladores.
Era el
quinto día y todo era, peor aun que el holocausto, a la ceguera se habían
sumado más hombres, incluyendo algunos niños también. Las nubes seguían en el
suelo y no llovía, lo que hacia un suelo estéril, algunos campesinos, poco insensatos
de la situación, salían con carteles
mirando el cielo y reclamaban a dios lo que era de ellos. Los
cristianos, al igual que los evangelistas, predicaban la palabra y en los
tumultos de individuos se oía decir “Arrepiéntete”, muchos, se detenían y
escuchaban la palabra.
Jakobsdóttir
era espía de la situación y quería cambiar su lugar, pero su anhelo era
encontrar a su hermano, que había desaparecido. Después de recorrer, todo
fatigado y sin dormir dos días seguidos, se acostó, en el quinto día de la gran
situación.
Cuando
se levanto en su cuerpo tenía dolores en las articulaciones. Eran las once de
las noche, solamente, faltaba una hora para cumplirse el séptimo de día. Desde
el otro lado de su ventana se oían, las voces de las personas, no había
palabra, alguna que pudiera distinguirse, solo era de multitud desesperada.
Jakobsdóttir se dirigió al baño, mientras, lamentaba la ausencia de John, se
lavo la cara, tenía una barba similar a la de él, en el día del café y
recordaba la imagen de su hermano, mirándose al espejo, lamentando su ingrata
apariencia.
Después
de comer algo caliente, encendió la televisión y pasando, los canales,
solamente veía la pantalla oscura, como
el cielo y en letras pequeñas, decía sobre el centro: “No hay señal”. Se tomo
con sus manos la cabeza, y se encontraba en una posición pensativa. La hora
corría, los minutos, los segundos y las milésimas, el séptimo día se acercaba.
Jakobsdóttir se levanto de la silla, en la que estaba sentado y siendo las doce
menos cuartos de la noche, sintió el anuncio de caballos relinchando en toda la
tierra, primero fueron dos seguidos, que dejaron un gran eco, los individuo se tapaban
sus oídos, del gran impacto vibratorio ejercido por las voces de los caballos.
Llegando a las doce en punto Jakobsdóttir, salio de su casa sabiendo que seria
su ultima presencia en ella. Sus ojos tenían un contorno rojizo, que lo hacían
un hombre extraño. Al dar la ultima vuelta con sus llaves sobre la puerta, miro
su reloj y le indicaba que eran las once
y cincuenta ocho. Camino dos cuadras lentamente, mirando sus alrededor,
los individuos gritaban “Es el fin”, en cambio otros, decían “Es la venida de
Jesús cristo” Jakobsdóttir, se encontraba nervioso al no poder encontrar a su
hermano, que había desparecido hacia varios días. Llegando a la plaza, donde
había mas multitud de individuos, se
sentó en un banco, esperando que sonara la alarma de las doce y así ser
juzgado, por los cielos, donde finalmente elegirían su eternidad.
En la
plaza no hacia tanto frió. Él estaba con su cabeza gacha mirando, los últimos
segundos pasar. Cuando el reloj analógico indico las doce, el cielo se abrió y
de el, descendían Ángeles semis desnudos y sobre los pies de Jakobsdóttir, era
todo lo contrario, Ángeles negros de ojos rojos ascendían en busca de los
individuos. El día, la hora del juicio final, había llegado. El paisaje
nocturno, era repleto de dos especies de Ángeles, los del infierno y los de los
cielos. Ellos tomaban a los individuos por sus espaldas y con sus manos
pequeñas. Los oídos de Jakobsdóttir percibían, gritos insoportables, él
intentaba tapárselos pero era en vano,
eran captados igual por su órgano auditivo.
Jakobsdóttir
sabia que el Apocalipsis había llegado, comprendía el fin de su especie y sus
razones, su cuerpo se encontraba solidó y su cara pálida, esperando su
capturación, cual fuere, de los Ángeles del infierno o del cielo. La población
disminuía a medida que los Ángeles, hacían su trabajo. Quien fuera que se
quedase en la tierra, seria imposible vivir allí, ella estaba preparada para la
nueva especie.
Luego de
veinte minutos de Apocalipsis Jakobsdóttir, fue sorprendido, en el momento que
lo tomaron, su corazón había empezado acelerarle como la marcha de un tren y no
distinguía que ángel lo había capturado. Al mirar las manos pudo, localizar que
se trataba de un ángel del cielo, él trataba de mirar su rostro, pero era
imposible, solo escucho que el ángel le dijo al oído: “Tendrás paz y amor eterno”,
el ángel se movía con gran rapidez, parecía muy audaz, en situaciones como
esta. En el camino Jakobsdóttir, vio a su hermano, que era sujetado, mientras,
se esforzaba para poder salir, por un ángel de los infiernos. Jakobsdóttir le
dirigió unas palabras a su ángel, para que pasara por al lado de su hermano. En
el rosee, el ángel del infierno, hacia gemidos algo similar, a los de un tigre
y su hermano le gritaba: “Jakobsdóttir, ayúdame por favor”, después se
perdieron, Jakobsdóttir fue elevado a los cielos y John, descendía, dando
gritos de auxilio al infierno. La tierra se encontraba vacía solo quedaban, las teorías del hombre,
una naturaleza perfecta destruida y objetos de gran valor para el hombre. Luego
cuando, la angustia, el dolor y el ansia se habían esfumado, un asteroide
arrazo sobre la tierra, para dejar un campo limpio y puro para la nueva
especie.
Fin
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