miércoles, 18 de enero de 2012


SUELAS DESGASTADAS, RESISTIR

Los padres escuchaban la suplica de sus hijos frente a las amenazas, afuera el demonio buscaba celebrar su victoria con el exterminio. Aquellos mocasines rústicos, que combinaban con sus indumentarias, produjeron nada más y nada menos que estridencias y crujidos en aquel suelo pardo. Las lágrimas aún cohesivas en aquellas pestañas, fueron ignoradas por sujetos que entrecruzaban sus brazos frente a sus póstulas. En el refugio, asomadas las miradas atónitas distinguían al dictador.
Asombrados en un costado grandes compañeros de la tribu tomados como esclavos caminaban encadenados, perdiéndose en el sur bermejo del atardecer. Donde la utopia se esconde. Mientras, se entremezclaban en las aguas claras ofrecida por la naturaleza indefensa con sus paisajes y sueños, que buscaban borrar al malhechor impregnado en el hombre. Este lobisón con piel de espinas y cada una de ellas absorbiendo la dignidad. No sueña, esta creación no existe, aun, para él. Cuando la justicia estaba sentada en su trono, le afirmaron que andaba de emboscada, decididamente ella salio, pero este se le perdió de vista. Los años de su vida le pesan en sus piernas, por eso actualmente tarda.
Las telas, pasos de pies descalzos  danzando están haciendo vibrar la tierra, voces, alegrías y hermandad se siente en el altiplano. La luna contempla y le afirma al sol, lo que sucede, él decide acordar con la tierra para que difunda suavidad  a los que están en beatitud. Ellos no saben nada del verdugo. Es por eso que su dicha se vislumbra, sin pudor, sin latigazos.
El fuego perduraba aún, las cenizas viajeras danzaban al compás de aquellos ritmos regulares, entre sílabas auténticas como sus huellas dactilares, bajo el cosmos calidoscopio en el infinito.
Aquellas espinas encarnaban como dardos, hipnóticos ápices clavaban en esa superficie morena. Sus labios bembones, repletos de secreción, desprendían el hálito, ácido, acibarado. No podía evadir el clamor de la multitud.
¡Buscamos libertad!- Gritaban algunos de ellos.
Sus flechas en sus manos, intentaban disparar sobre el lobisón, que se había marchado con varios familiares. En sus interiores se proliferaban ciertas certezas de temor y también, en aquellos que fueran desconocidos en busca de amor. Sus memorias estaban marcadas, distraídas en las danzas y telares.
Uno de ellos debió sanar sus manos de sicario, ante la tormenta de un nuevo milenio, no de un simple orvallo, sino de esa que arrasaría las gravillas hacia sus ojos, que ni sus párpados podrán cubrir. Chozas incrustadas por la galerna, colores hincados en mejillas, secreciones descendiendo de aquél mentón, aplacaron el fuego y las cenizas se esfumaron en tan sólo un suspiro.
Inconcientes, los cubrió el cielo circense, amalgamados con la brisa, distraídos en sus vocablos, encendieron sus antorchas doradas, emprendieron un viaje impredecible, sin aminorar la marcha, ni mucho menos la estridencia de esos mocasines. Una marcha eterna de pies incansables y de comprensiones de sabiduría. Aquellas atmósfera interminable, carente de intervalos, allí inamovible, se encuentra cada quien, sobre su cien, aquello jamás pronunciado, ni siquiera por eso labios bembones, quizás ahora repleto de migajas y gotas que saben a aleación, albedrío.
El verdugo quedaba con su libertinaje circulando en la historia y la justicia descansando sus pies.




Bernabé De Vinsenci  -   Carmen Triacanthos


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