SUELAS
DESGASTADAS, RESISTIR
Los padres escuchaban la
suplica de sus hijos frente a las amenazas, afuera el demonio buscaba celebrar
su victoria con el exterminio. Aquellos
mocasines rústicos, que combinaban con sus indumentarias, produjeron nada más y
nada menos que estridencias y crujidos en aquel suelo pardo. Las lágrimas aún
cohesivas en aquellas pestañas, fueron ignoradas por sujetos que entrecruzaban
sus brazos frente a sus póstulas. En el refugio, asomadas las miradas atónitas distinguían
al dictador.
Asombrados
en un costado grandes compañeros de la tribu tomados como esclavos caminaban
encadenados, perdiéndose en el sur bermejo del atardecer. Donde la utopia se
esconde. Mientras, se entremezclaban en las aguas claras ofrecida por la
naturaleza indefensa con sus paisajes y sueños, que buscaban borrar al malhechor
impregnado en el hombre. Este lobisón con piel de espinas y cada una de ellas absorbiendo
la dignidad. No sueña, esta creación no existe, aun, para él. Cuando la
justicia estaba sentada en su trono, le afirmaron que andaba de emboscada,
decididamente ella salio, pero este se le perdió de vista. Los años de su vida le
pesan en sus piernas, por eso actualmente tarda.
Las telas, pasos de pies
descalzos danzando están haciendo vibrar
la tierra, voces, alegrías y hermandad se siente en el altiplano. La luna
contempla y le afirma al sol, lo que sucede, él decide acordar con la tierra para
que difunda suavidad a los que están en
beatitud. Ellos no saben nada del verdugo. Es por eso que su dicha se vislumbra,
sin pudor, sin latigazos.
El
fuego perduraba aún, las cenizas viajeras danzaban al compás de aquellos ritmos
regulares, entre sílabas auténticas como sus huellas dactilares, bajo el cosmos
calidoscopio en el infinito.
Aquellas espinas encarnaban como dardos, hipnóticos ápices clavaban en esa superficie morena. Sus labios bembones, repletos de secreción, desprendían el hálito, ácido, acibarado. No podía evadir el clamor de la multitud.
Aquellas espinas encarnaban como dardos, hipnóticos ápices clavaban en esa superficie morena. Sus labios bembones, repletos de secreción, desprendían el hálito, ácido, acibarado. No podía evadir el clamor de la multitud.
¡Buscamos
libertad!- Gritaban algunos de ellos.
Sus
flechas en sus manos, intentaban disparar sobre el lobisón, que se había
marchado con varios familiares. En sus interiores se proliferaban ciertas
certezas de temor y también, en aquellos que fueran desconocidos en busca de
amor. Sus memorias estaban marcadas, distraídas en las danzas y telares.
Uno
de ellos debió sanar sus manos de sicario, ante la tormenta de un nuevo
milenio, no de un simple orvallo, sino de esa que arrasaría las gravillas hacia
sus ojos, que ni sus párpados podrán cubrir. Chozas incrustadas por la galerna,
colores hincados en mejillas, secreciones descendiendo de aquél mentón,
aplacaron el fuego y las cenizas se esfumaron en tan sólo un suspiro.
Inconcientes,
los cubrió el cielo circense, amalgamados con la brisa, distraídos en sus
vocablos, encendieron sus antorchas doradas, emprendieron un viaje
impredecible, sin aminorar la marcha, ni mucho menos la estridencia de esos
mocasines. Una marcha eterna de pies incansables y de comprensiones de sabiduría.
Aquellas atmósfera interminable, carente de
intervalos, allí inamovible, se encuentra cada quien, sobre su cien, aquello
jamás pronunciado, ni siquiera por eso labios bembones, quizás ahora repleto de
migajas y gotas que saben a aleación, albedrío.
El verdugo quedaba con su libertinaje circulando en la historia
y la justicia descansando sus pies.
Bernabé De Vinsenci - Carmen
Triacanthos
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