miércoles, 11 de enero de 2012


Tiempos de la vejez.

La llovizna había claudicado. El cielo seguía con esa apariencia nefasta aunque resultara agradable para algunos ciudadanos. La bermeja luces de los bares se apagaban y  pequeñas sombras persuadían rincones con miles de pisadas del día. La pareja enamorada aprovechaba la plaza, para que ella reposara su cabeza sobre muchacho de pelo enrulado. Había sido un día mas agotador y acogedor a la vez. El humo de su cigarro recorría su cuerpo y las  pequeñas figuras transparentes se esfumaban, mientras, la nicotina  proliferaba mas abstracción sobre las moléculas del aire. Albert  empujada con  sus pulmones aire y el cigarro hacia su mecanismo. Un proceso de satisfacción y victimario. Al cruzar la calle se vio invadido por miradas ausentes, incluso al ver reflejado su fisonomía en los vidrios de los negocios se invadió de incomodidad. La lluvia era esporádica y fría  como la entrada de dinero en su bolsillo. En la ciudad recorría la crónica de un asesinato y las personas difundían los hechos distorsionándolos, agregándole acciones menores sin modificar los núcleos. Un día de lluvia atrapados por la presencia de estar en sus casas, era un buena convicción para hablar del tema.
Las chapas se unían a las lloviznas diáfanas y melodías turbias se  escapaban en la naturaleza. Una gota de un árbol había caído sobre su nariz disolviéndose . Esa pequeña parte de la piel que llegaba hasta sus cejas se encontraba mojada. No encontraba sobre la noche sitio alguno para evadirse, hacia tres años que se había separado y sus hijos estaban en el exterior. La paciencia del malestar la debía calmar solo como siempre, viendo las gotas en movimientos y muriendo algunas de ellas en el estallido. Albert decía < somos gotas en el principio de alguna superficie, nos deslizamos y terminamos por estallar > y cerraba sus ojos matando la metáfora. Suspiro sin demostrarlo, su pecho se inflo y el aire acumulado salió lentamente al exterior. Al llegar a la esquina se apoyo en el cartel que indicaba la calle, un charco se acumulaba en la grita del asfalto y un perro saciaba su sed ahí. Ningún bar lo invitaba, los horarios de ellos no coincidían con los de él. Volvió a su casa. El departamento húmedo y en desorden lo esperaba. Un café en el envase y una taza vacía.
Por lo general nunca se encontraba a nadie al subir las escaleras, las puertas cerradas y los ruidos del vecindario absorbidos por las maderas. Abrió la puerta que se quejaba con un ruido hosco. Había olvidado la ventana abierta de la sala mas grande, el piso acumulaba nimias gotas de aguas. Desde ahí podía observar toda la ciudad y tirar saliva de su boca para verla perderse abajo.
La pereza lo inquieto a dejar el café. Retiro los lentes de su rostro apoyándolo en la mesa de roble en donde había un vasto desorden de revistas semanales. Un viento fresco y puro entraba por la ventana chocando con su cuerpo casi desnudo. Era tan profundo que se quedo dormido sin poder adivinar el sueño.
Al despertarse  se encontró expandido en el suelo. Una razón de mal equilibrio en el sillón lo desplazo, sin recordar el momento. Todo se había producido en lo onírico. Abrió su boca  bostezando soezmente con un gemido inadvertido. El nuevo día perdía su analogía con el anterior, el sol chocaba sobre su piel inquieta, por el cambio brusco de tiempo. Se levanto algo dolorido sin dejar de hacer ninguna costumbre diaria. El mecanismo de las acciones del día estaba establecido por series simultaneas.
Se hizo mediodía debía llamar a su hijo. No lo hizo, quizás, estaba trabajando o seria mejor hacerlo otro día con mejor animo. Invadido sobre el sillón mirando sus manos envejecidas se dormía, los párpados se forzaban cerrándose y su ojo quedaba cubierto de penumbra. Una pareja del otro lado discutían, algunos gritos agudos lo ponían colérico y sus recuerdos empezaban a circular atrayendo a su ex mujer. Hoy era día de limpieza, Alejandra, vendría a su casa cerca de las tres. Golpearía como de costumbre rezongando por el poco mantenimiento de Albert y lo amenazaría con no volver nunca mas. Debía irse no estaba en condiciones de una mínima discusión. Se baño, eligiendo unas de las mejores vestimentas. Seria un día distinguido de los demás. Hacia varios años que no visitaba a su primer amor a su primer amigo. Recordaba el vasto paredón de la casa que mediaba con la calle y detrás de él se escondía un mundo de fantasías lejanas.
Otra vez la lluvia, el cielo invadido acromático, desesperanzado. Nada impediría que saliera de su casa. Tomo el saco oscuro y emprendió la visita  con los pelos mojados, endurecidos por el efecto de la gomina. Sobre la piel tenia un perfume que había encontrado en el armario de fotos, era fuerte y de gran aroma, lo suficiente para que nadie se acercara. El entusiasmo le ganaba a sus pésimos pensamientos, una fuerza interior renacía en su caminar. Últimamente encontraba al mundo extraño, necesitaba recuerdos de otras épocas para sentirse mejor. Por eso se dirigía a la casa de su distanciado amigo, quizás, ahora tendría unos cincuenta y largos años. Pensaba que lo encontraría lleno de cuentos de épocas blancas y oscuras, algunas quejas o trabajando en la quinta gimiendo del dolor de espalda. Dos cigarros fueron suficiente para el camino, la nicotina penetrada en sus manos y los dientes amarillos le producían desagrado. Estaba en la  vereda de enfrente envejecido, encorvado y con finas arrugas sobre su cara esperando cruzar. Largaba los últimos humos de su nariz. De repente, la puerta que se encontraba en un costado del paredón se abrió. Un hombre calvo, con un bastón mientras una mujer  lo ayudaba intentaba dar un paso parsimonioso. Albert distinguió a su amigo, aquel joven de ágiles movimientos y largas horas de labor hasta que el sol se escondía. Todo aquello quedaba impregnado el tiempo, lejos como un tren perdiéndose en las vías.
No podía creer lo que veía, sentía una especie de espejo, verse reflejado el mismo. Llevo sus manos acariciando la piel de su cara encontró grietas y  se vio perdido en el tiempo, liviano y ágil. Un dolor indefinible invadía su pecho y la saliva que tragaba cada vez, lo torturaba como la agresión de un cuchillo a su aparato fonador. Intentaba ahuyentar el dolor, pero cada vez se apoderaba  mas de él. Sintió animo de marcharse y su cuerpo decididamente lo hizo, lentamente, fundido en gotas de agua que caían del cielo. Cruzo la avenida Santa Fe y se vio con el inmenso edificio que escondía su departamento. La limpieza lo tranquilizaría. Subió la escaleras. Saco la llave de su bolsillo abrió la puerta que marcaba en su centro el numero ocho.  Todo estaba en desorden, Alejandra no había ido, no vendría.



Bernabé De Vinsenci.

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