Tiempos
de la vejez.
La llovizna había claudicado. El cielo seguía con esa
apariencia nefasta aunque resultara agradable para algunos ciudadanos. La
bermeja luces de los bares se apagaban y
pequeñas sombras persuadían rincones con miles de pisadas del día. La
pareja enamorada aprovechaba la plaza, para que ella reposara su cabeza sobre
muchacho de pelo enrulado. Había sido un día mas agotador y acogedor a la vez.
El humo de su cigarro recorría su cuerpo y las
pequeñas figuras transparentes se esfumaban, mientras, la nicotina proliferaba mas abstracción sobre las
moléculas del aire. Albert empujada
con sus pulmones aire y el cigarro hacia
su mecanismo. Un proceso de satisfacción y victimario. Al cruzar la calle se
vio invadido por miradas ausentes, incluso al ver reflejado su fisonomía en los
vidrios de los negocios se invadió de incomodidad. La lluvia era esporádica y
fría como la entrada de dinero en su
bolsillo. En la ciudad recorría la crónica de un asesinato y las personas
difundían los hechos distorsionándolos, agregándole acciones menores sin
modificar los núcleos. Un día de lluvia atrapados por la presencia de estar en
sus casas, era un buena convicción para hablar del tema.
Las chapas se unían a las lloviznas diáfanas y melodías
turbias se escapaban en la naturaleza.
Una gota de un árbol había caído sobre su nariz disolviéndose . Esa pequeña
parte de la piel que llegaba hasta sus cejas se encontraba mojada. No
encontraba sobre la noche sitio alguno para evadirse, hacia tres años que se
había separado y sus hijos estaban en el exterior. La paciencia del malestar la
debía calmar solo como siempre, viendo las gotas en movimientos y muriendo
algunas de ellas en el estallido. Albert decía < somos
gotas en el principio de alguna superficie, nos deslizamos y terminamos por
estallar > y cerraba sus ojos
matando la metáfora. Suspiro sin demostrarlo, su pecho se inflo y el aire
acumulado salió lentamente al exterior. Al llegar a la esquina se apoyo en el
cartel que indicaba la calle, un charco se acumulaba en la grita del asfalto y
un perro saciaba su sed ahí. Ningún bar lo invitaba, los horarios de ellos no
coincidían con los de él. Volvió a su casa. El departamento húmedo y en
desorden lo esperaba. Un café en el envase y una taza vacía.
Por lo general nunca se encontraba a nadie al subir las
escaleras, las puertas cerradas y los ruidos del vecindario absorbidos por las
maderas. Abrió la puerta que se quejaba con un ruido hosco. Había olvidado la
ventana abierta de la sala mas grande, el piso acumulaba nimias gotas de aguas.
Desde ahí podía observar toda la ciudad y tirar saliva de su boca para verla
perderse abajo.
La pereza lo inquieto a dejar el café. Retiro los lentes
de su rostro apoyándolo en la mesa de roble en donde había un vasto desorden de
revistas semanales. Un viento fresco y puro entraba por la ventana chocando con
su cuerpo casi desnudo. Era tan profundo que se quedo dormido sin poder
adivinar el sueño.
Al despertarse se
encontró expandido en el suelo. Una razón de mal equilibrio en el sillón lo
desplazo, sin recordar el momento. Todo se había producido en lo onírico. Abrió
su boca bostezando soezmente con un
gemido inadvertido. El nuevo día perdía su analogía con el anterior, el sol
chocaba sobre su piel inquieta, por el cambio brusco de tiempo. Se levanto algo
dolorido sin dejar de hacer ninguna costumbre diaria. El mecanismo de las
acciones del día estaba establecido por series simultaneas.
Se hizo mediodía debía llamar a su hijo. No lo hizo,
quizás, estaba trabajando o seria mejor hacerlo otro día con mejor animo.
Invadido sobre el sillón mirando sus manos envejecidas se dormía, los párpados
se forzaban cerrándose y su ojo quedaba cubierto de penumbra. Una pareja del
otro lado discutían, algunos gritos agudos lo ponían colérico y sus recuerdos
empezaban a circular atrayendo a su ex mujer. Hoy era día de limpieza,
Alejandra, vendría a su casa cerca de las tres. Golpearía como de costumbre
rezongando por el poco mantenimiento de Albert y lo amenazaría con no volver
nunca mas. Debía irse no estaba en condiciones de una mínima discusión. Se
baño, eligiendo unas de las mejores vestimentas. Seria un día distinguido de
los demás. Hacia varios años que no visitaba a su primer amor a su primer
amigo. Recordaba el vasto paredón de la casa que mediaba con la calle y detrás
de él se escondía un mundo de fantasías lejanas.
Otra vez la lluvia, el cielo invadido acromático,
desesperanzado. Nada impediría que saliera de su casa. Tomo el saco oscuro y
emprendió la visita con los pelos
mojados, endurecidos por el efecto de la gomina. Sobre la piel tenia un perfume
que había encontrado en el armario de fotos, era fuerte y de gran aroma, lo
suficiente para que nadie se acercara. El entusiasmo le ganaba a sus pésimos
pensamientos, una fuerza interior renacía en su caminar. Últimamente encontraba
al mundo extraño, necesitaba recuerdos de otras épocas para sentirse mejor. Por
eso se dirigía a la casa de su distanciado amigo, quizás, ahora tendría unos
cincuenta y largos años. Pensaba que lo encontraría lleno de cuentos de épocas
blancas y oscuras, algunas quejas o trabajando en la quinta gimiendo del dolor
de espalda. Dos cigarros fueron suficiente para el camino, la nicotina
penetrada en sus manos y los dientes amarillos le producían desagrado. Estaba
en la vereda de enfrente envejecido,
encorvado y con finas arrugas sobre su cara esperando cruzar. Largaba los
últimos humos de su nariz. De repente, la puerta que se encontraba en un
costado del paredón se abrió. Un hombre calvo, con un bastón mientras una mujer lo ayudaba intentaba dar un paso
parsimonioso. Albert distinguió a su amigo, aquel joven de ágiles movimientos y
largas horas de labor hasta que el sol se escondía. Todo aquello quedaba
impregnado el tiempo, lejos como un tren perdiéndose en las vías.
No podía creer lo que veía, sentía una especie de espejo,
verse reflejado el mismo. Llevo sus manos acariciando la piel de su cara
encontró grietas y se vio perdido en el
tiempo, liviano y ágil. Un dolor indefinible invadía su pecho y la saliva que
tragaba cada vez, lo torturaba como la agresión de un cuchillo a su aparato
fonador. Intentaba ahuyentar el dolor, pero cada vez se apoderaba mas de él. Sintió animo de marcharse y su
cuerpo decididamente lo hizo, lentamente, fundido en gotas de agua que caían
del cielo. Cruzo la avenida Santa Fe y se vio con el inmenso edificio que
escondía su departamento. La limpieza lo tranquilizaría. Subió la escaleras.
Saco la llave de su bolsillo abrió la puerta que marcaba en su centro el numero
ocho. Todo estaba en desorden, Alejandra
no había ido, no vendría.
Bernabé
De Vinsenci.
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