DE
LA GOTA NADIE HABLA
Ha amanecido con un ruido hosco y monótono, se ha
propagado hasta los oídos frágiles ante la audición. Improvisto sin palpar
subió las escaleras, las puertas cerradas cedieron su paso y los circulares oídos
también. El viento por donde se deslizaba el sonido, acaricio las hojas y
adelanto las nubes hacía el horizonte. El individuo detrás dormía, soñaba a
vivir, en cada suspiro se escapaba una fabula, un extraño olvidado, la frazada
que cubría su cuerpo volaba y se besaba con el viento en direcciones
indefinidas aludiendo a infinitas formas abstractas. La gota de la lluvia, caída,
maltratada caminaba parsimoniosamente sobre el marco oxidado. El ruido turbio
en vigencia hacia vibrar la base de su recorrido, mientras, tanto el oxido
manchaba el suelo rojizo, aburrido de pisadas. La mujer desnuda ofrenda del
viento, sumisa danzaba ofrendando sus cabellos largos, sobreexcedidos. Ellos amaban
incontrolablemente al sol que habían copiado sus matices. El niño se entretenía
acariciando la tierra sobre su piel, vistiéndose con el pasto cubriendo su
pudor. Azorada la faz sentía el cosquilleo, reía y soñaba y hacía soñar. La gota, aun, no había decidido
estallar ser victima transmutada a un nimio charco, a evaporarse en el árido
suelo. El día hablaba, las personas también, haciendo de su efímeras voces
inentendibles melodías. Las enredaderas que ornamentaban las escaleras se
secaban contantemente y volvían a su verdor a su fotosíntesis. Ella observaba absorbía
las estrepitosas imágenes, deformes, desproporcionadas. Había en la existencia
la recreación de dos mundos, de dos
respiraciones. El magma latía el doble y desde lo recóndito se abrazaba
con el sol, con sus rallos. La luna esperaba su turno, aburrida de vez en
cuando durmiendo, fatigada del largo tiempo nocturno solitario.
El planeta era de certidumbres, la gota omnipotente espía
de todo seguía tratando de esquivar el vértigo. Pero las moléculas del viento la
exigían. La meditación llegaba a los cuerpos y reposada auténtica aullado a la
dicha, emanada por las energías en goce vital.
Ahora la gota había cambiado de recorrido aumentando su
viscosidad asumida por el agua del nuevo lugar. Esa delicada capa había
amortiguado la caída del posible estallido, pero la gota marchaba omitiendo el riesgo que
recientemente había vivido. El festín seguía aturdido, con ansia de no dar fin.
Todos necios de una visión creían en la eternidad. La viscosidad comenzaba a degradarse,
a perder su esencia y la arena montaba
alturas sin rendirse. Había pasado el tiempo, sin esperar a nadie, sin
esperarse asimismo. Pero él, sabía acerca de lo que sucedería, del estallido,
de los amores apagados y las voces difónicas. Es así que la sabia del tiempo se
dio cuando la gota estallo. El piso fue su ataúd, estaba desparramada sucia,
tratando de reflejar lo poco que absorbía.
BERNABE
DE VINSENCI.
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