lunes, 5 de marzo de 2012


LOCOS, SIN ESPACIO


Me pidieron con algo de pudor que fuera un manicomio, simplemente eso. Este recinto de consciencias aturdidas, pero sensatas. Nuestro auge  progresivo de sensatez, le ha permitido crear  un único espacio para nosotros. Somos algo extraño para lo que abunda afuera, diferentes, a veces emitimos sonidos contrarios a las melodías. Son tan hoscos que el mismo viento decide acabar con ellas, o a veces es el viento quien emite un sonido gritando de dolor, sufriendo. Pero porque hemos de ser tan detestados, a veces pienso que es la misma envida de esencia. Creo que de todos los individuos que reposamos sobre ese espacio de alma impura para los normales, me considero el más esclarecido. Si esclarecido, aquel que puede oler con más finura. Es la piel, me molesta la siento ajena quisiera ver mis carnes para acariciarla, sentir verdaderamente el contacto conmigo mismo.  La emanación recóndita, la que nunca todos han podido oler.
Ayer vino el médico de anteojos y me miro, lo escupí. Luego fui llevado a una sala pequeña donde estuve mucho tiempo, empecé contando con mis dedos, pero luego perdí la cuenta, permanecí dormido hasta la bajada del sol. Por la cerradura entraba algo de frio, por lo cual, tuve que golpear la puerta varias veces, finalmente fui sacado. En las noches no lo he dicho, aun, alguien parece tomarme, súbitamente, me encuentro en la cama, despierto y aparezco sentado de espalda sobre la puerta temblando. Me levanto sigilosamente y me vuelvo a acostar tratando de no generar ningún disturbio. A la mañana siguiente el espejo me sorprendió, en realidad mis facciones pálidas, tan como los nardos o la embustera luna que amenaza con su estética frente al rio ahogar a un individuo. Trate de controlar mis impulsos, me volví racional queriendo romper el espejo, pero tome mas preponderancia en la insensatez para controlarme. Ahora veía todo de otra manera lleve unos de mis dedos a mi boca sacando pedazos de mi piel y como segundo acto tome la escaza sangre que salía. Ahora todos ajenos al manicomio eran una especie de la cual no podía distinguir, la institución era mi entidad. He  visto al ser de especie enajenada bajar la escaleras riéndose, golpeado, creyéndose fuerte, adentro mis nervios jugaban a quebrantarse, una especie de calor me ponía incomodo. Conecte mis dientes estrepitosamente hasta tal punto que estuve a punto de sufrir un calambre muscular.
Ayer paso a quien había agredido y no me contemplo detallando mis acciones, iba acompañada de una enfermera. Esperare a la noche necesito conversar con alguien, descargar  el abuso de esta especie que por poco está hecha sangre y invade la mayoría de mis organismos. Pero esta noche voy a sentir la liberación, la absolutización de mis ser. Necesito una plática casi eterna para olvidarme de todo. Esa noche no comí, la comida me pareció veneno y sentí cierta tristeza al ver comer a mis compañeros. Espere la bajada del sol con nostalgia, basándome en que nuestro espacio estaba usurpado y hasta el aire habían tomado. La noche llego como siempre sin ser mandada por nadie autónoma y con grandeza. En cambio yo era su antítesis, su enemigo en cualidades. Tome mis pelos, mi cabeza tratando de echar afuera mi conciencia, pero era como comer piedra. Me sentía triunfador, al poder ocultar sin que nadie se diese cuenta  la herramienta de mi liberación. Cuando las estrellas descansaban y el sol se había marchado al otro lado de la tierra empecé. Tome la navaja y corte unas de mis venas de la cual se visualizaba perfectamente detrás de mi piel. El liquido rojo al que todos llaman sangre se esparcía lentamente, para mi ese líquido era la liberación. De pronto, hubo mucho líquido sobre la habitación, era demasiado excesivo. Con mi dedo tome lo que pude, invadiéndolo. Lo lleve a la pared y escribí: “somos dueños de la conciencia tan esclarecida que es imposible habitar en este recinto invadido” a la mañana siguiente fui encontrado, inerte bañado de absoluta liberación.
BERNABE DE VINSECI

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