LOCOS,
SIN ESPACIO
Me pidieron con algo de pudor que fuera un manicomio, simplemente eso.
Este recinto de consciencias aturdidas, pero sensatas. Nuestro auge progresivo de sensatez, le ha permitido crear un único espacio para nosotros. Somos algo
extraño para lo que abunda afuera, diferentes, a veces emitimos sonidos
contrarios a las melodías. Son tan hoscos que el mismo viento decide acabar con
ellas, o a veces es el viento quien emite un sonido gritando de dolor,
sufriendo. Pero porque hemos de ser tan detestados, a veces pienso que es la
misma envida de esencia. Creo que de todos los individuos que reposamos sobre
ese espacio de alma impura para los normales, me considero el más esclarecido.
Si esclarecido, aquel que puede oler con más finura. Es la piel, me molesta la
siento ajena quisiera ver mis carnes para acariciarla, sentir verdaderamente el
contacto conmigo mismo. La emanación
recóndita, la que nunca todos han podido oler.
Ayer vino el médico de anteojos y me miro, lo escupí. Luego fui
llevado a una sala pequeña donde estuve mucho tiempo, empecé contando con mis
dedos, pero luego perdí la cuenta, permanecí dormido hasta la bajada del sol. Por
la cerradura entraba algo de frio, por lo cual, tuve que golpear la puerta
varias veces, finalmente fui sacado. En las noches no lo he dicho, aun, alguien
parece tomarme, súbitamente, me encuentro en la cama, despierto y aparezco
sentado de espalda sobre la puerta temblando. Me levanto sigilosamente y me
vuelvo a acostar tratando de no generar ningún disturbio. A la mañana siguiente
el espejo me sorprendió, en realidad mis facciones pálidas, tan como los nardos
o la embustera luna que amenaza con su estética frente al rio ahogar a un
individuo. Trate de controlar mis impulsos, me volví racional queriendo romper
el espejo, pero tome mas preponderancia en la insensatez para controlarme. Ahora
veía todo de otra manera lleve unos de mis dedos a mi boca sacando pedazos de
mi piel y como segundo acto tome la escaza sangre que salía. Ahora todos ajenos
al manicomio eran una especie de la cual no podía distinguir, la institución
era mi entidad. He visto al ser de
especie enajenada bajar la escaleras riéndose, golpeado, creyéndose fuerte,
adentro mis nervios jugaban a quebrantarse, una especie de calor me ponía incomodo.
Conecte mis dientes estrepitosamente hasta tal punto que estuve a punto de
sufrir un calambre muscular.
Ayer paso a quien había agredido y no me contemplo detallando mis
acciones, iba acompañada de una enfermera. Esperare a la noche necesito
conversar con alguien, descargar el
abuso de esta especie que por poco está hecha sangre y invade la mayoría de mis
organismos. Pero esta noche voy a sentir la liberación, la absolutización de
mis ser. Necesito una plática casi eterna para olvidarme de todo. Esa noche no
comí, la comida me pareció veneno y sentí cierta tristeza al ver comer a mis
compañeros. Espere la bajada del sol con nostalgia, basándome en que nuestro
espacio estaba usurpado y hasta el aire habían tomado. La noche llego como
siempre sin ser mandada por nadie autónoma y con grandeza. En cambio yo era su antítesis,
su enemigo en cualidades. Tome mis pelos, mi cabeza tratando de echar afuera mi
conciencia, pero era como comer piedra. Me sentía triunfador, al poder ocultar
sin que nadie se diese cuenta la
herramienta de mi liberación. Cuando las estrellas descansaban y el sol se había
marchado al otro lado de la tierra empecé. Tome la navaja y corte unas de mis
venas de la cual se visualizaba perfectamente detrás de mi piel. El liquido
rojo al que todos llaman sangre se esparcía lentamente, para mi ese líquido era
la liberación. De pronto, hubo mucho líquido sobre la habitación, era demasiado
excesivo. Con mi dedo tome lo que pude, invadiéndolo. Lo lleve a la pared y escribí:
“somos dueños de la conciencia tan esclarecida que es imposible habitar en este
recinto invadido” a la mañana siguiente fui encontrado, inerte bañado de
absoluta liberación.
BERNABE
DE VINSECI
No hay comentarios:
Publicar un comentario