cuento
En ese pequeño espacio del enorme lugar, o se podría afirmar
de la siguiente manera: en uno de los pasillos del ensanchado edificio, varios extranjeros
dieron a luz un despertar de atónitos o un singular asombro, especialmente a Guillermo.
Quizá algún pedagogo podría decirle en
su teoría: “La diferencia, es aceptar mi postura y saber que la del otro es
paralela, no se advierte ninguna construcción, cada uno se mantiene en su sitio
sabiendo que él otro es diferente” Entonces la-Diferenciación- es entendida de
una manera ingrata, por el hecho de concebir y aceptar una supremacía y negar la delicada construcción. De esta
manera concienzuda se mantenía él, cada vez que el idioma raro le zumbaba en
los oídos. Y sin embargo los otros se
encontraban más distante al ver su ojo colorado, en horas excesivas de trabajo
un pizca de cemento se le sobrevino de un cielo raso desprovistamente y el
ardor obligó a su mano dar un severo refriegue sin razonar las malas
consecuencias.
Disculpe ¿Me permite pasar?-Le suplico una anciana con innumerables
bolsas en sus manos. Esta llevaba el cuerpo compactado por un aroma para no
persuadir ni siquiera al viejo más verde.
Sí, por favor pase-Inmediatamente respondió Guillermo.
Le recomendaría que se siente en unos de esos bancos
solitarios-Prosiguió la anciana señalando con su dedo manchado por un tipo de
enfermedad conocida a la tercera edad.
Jamás haría caso y por
más que fuera cierto que ese sitio sea el mejor lugar , no se sentaría “Las decisiones
son propias uno decide que hacer” pensaba.
La voz del parlante se oía y producía ecos y lo único que se entendía
era “Por su seguridad” mientras tanto algunos empleados barrían
desenfrenadamente, papel por papel, colilla por colilla, en la zonas de pavimentos
y sobre los pasillos con cerámicos color leche.
Es verdad que en Guillermo yace la histeria, siempre odia a
las personas que abren las puertas de los taxis por una remuneración, que al
fin y al cabo no llegan a un peso, “Es una espontaneidad obligada, bajás y
enseguida están ellos.” Decía con serenidad. En un momento no pudo retener más la ganas de
mear y tuvo que ir al baño público, tomó rumbo antes de ciertas preguntas que
había hecho de donde quedaba el baño y se dirigió a él, específicamente al inodoro.
Guillermo llevaba consigo no más que un bolso bordo colgado en el hombro y en
su cabeza un paisaje en banco fuera de cualquier tipo de pensamiento. Y ¿No me
has hecho caso? Le resonó en su cabeza una voz de morfología cercana. Pensó que podría ser una
mujer reprendiendo a su crío o quizá su lujo esperado de volverse loco. En la
segunda escuchada súbita alzó la vista,
comprendía que no provenía de su cabeza, o sus oídos y tampoco de ningún síntoma demencial. ¿No me
has hecho caso? Una vez más se despertó la voz. Ya meditando y además de ser observado
por otras personas por su gran rareza, intentó una y otra vez identificar al interlocutor. Luego de no más
de unos segundos pudo denotar la voz ¿Y quién era?-Le preguntó el sábado su
hermano en un bar, al contarle el hecho sucedido. Ni más ni menos que la anciana
que me cedió paso.-Respondió él y llevó el pocillo de café a su boca.
El mismo tono de aquel
momento, al enfrentarse con la anciana unos minutos atrás, comenzó a precipitarse
ahora en su cabeza al igual que el ruido
de un búho. Guillermo no hizo más que huir, cruzó la calle y al doblar la
esquina se perdió. Lo que no puedo notar era que la anciana desde arriba de la ventanilla
lo llamaba incasablemente, ¡Nene, te dije
que lo ibas a perder! Le gritaba mientras el ómnibus se alejaba del estacionamiento. Ella
había sacado el pasaje en el mismo lugar que él y cómo lo vio al joven
extraviado le encomendó sentarse en uno de los bancos donde el ómnibus estacionaría.
Eran las dieciocho y veintitrés de la tarde y Guillermo ya no estaba en la
terminal, para esa hora todos los pasajeros
deleitaban el viaje por la ruta 234. La anciana se lamento que el
muchacho perdiese su ómnibus, En esos tiempos viajar costaba lo que consume el
buche en una semana para alimentarse.
Bernabé
De Vinsenci
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