martes, 30 de octubre de 2012


cuento

En ese pequeño espacio del enorme lugar, o se podría afirmar de la siguiente manera: en uno de los pasillos del ensanchado edificio, varios extranjeros dieron a luz un despertar de atónitos o un singular asombro, especialmente a Guillermo. Quizá algún pedagogo podría decirle  en su teoría: “La diferencia, es aceptar mi postura y saber que la del otro es paralela, no se advierte ninguna construcción, cada uno se mantiene en su sitio sabiendo que él otro es diferente” Entonces la-Diferenciación- es entendida de una manera ingrata, por el hecho de concebir y aceptar una supremacía  y negar la delicada construcción. De esta manera concienzuda se mantenía él, cada vez que el idioma raro le zumbaba en los oídos. Y sin embargo los otros  se encontraban más distante al ver su ojo colorado, en horas excesivas de trabajo un pizca de cemento se le sobrevino de un cielo raso desprovistamente y el ardor obligó a su mano dar un severo refriegue sin razonar las malas consecuencias.
Disculpe ¿Me permite pasar?-Le suplico una anciana con innumerables bolsas en sus manos. Esta llevaba el cuerpo compactado por un aroma para no persuadir ni siquiera al viejo más verde.
Sí, por favor pase-Inmediatamente respondió Guillermo.
Le recomendaría que se siente en unos de esos bancos solitarios-Prosiguió la anciana señalando con su dedo manchado por un tipo de enfermedad conocida a la tercera edad.
Jamás haría  caso y por más que fuera cierto que ese sitio sea el mejor lugar , no se sentaría “Las decisiones son propias uno decide que hacer” pensaba.
La voz del parlante se oía y producía ecos y lo único que se entendía era “Por su seguridad” mientras tanto algunos empleados barrían desenfrenadamente, papel por papel, colilla por colilla, en la zonas de pavimentos y sobre los pasillos con cerámicos color leche.
Es verdad que en Guillermo yace la histeria, siempre odia a las personas que abren las puertas de los taxis por una remuneración, que al fin y al cabo no llegan a un peso, “Es una espontaneidad obligada, bajás y enseguida están ellos.” Decía con serenidad.  En un momento no pudo retener más la ganas de mear y tuvo que ir al baño público, tomó rumbo antes de ciertas preguntas que había hecho de donde quedaba el baño y se dirigió a él, específicamente al inodoro. Guillermo llevaba consigo no más que un bolso bordo colgado en el hombro y en su cabeza un paisaje en banco fuera de cualquier tipo de pensamiento. Y ¿No me has hecho caso? Le resonó en su cabeza una voz  de morfología cercana. Pensó que podría ser una mujer reprendiendo a su crío o quizá su lujo esperado de volverse loco. En la segunda escuchada súbita  alzó la vista, comprendía que no provenía de su cabeza,  o sus oídos y  tampoco de ningún síntoma demencial. ¿No me has hecho caso? Una vez más se despertó la voz. Ya meditando y además de ser observado por otras personas por su gran rareza,  intentó una y otra vez  identificar al interlocutor. Luego de no más de unos segundos pudo denotar la voz ¿Y quién era?-Le preguntó el sábado su hermano en un bar, al contarle el hecho sucedido. Ni más ni menos que la anciana que me cedió paso.-Respondió él y llevó el pocillo de café a su boca.
 El mismo tono de aquel momento, al enfrentarse con la anciana unos minutos atrás, comenzó a precipitarse  ahora en su cabeza al igual que el ruido de un búho. Guillermo no hizo más que huir, cruzó la calle y al doblar la esquina se perdió. Lo que no puedo notar era que la anciana desde arriba de la ventanilla  lo llamaba incasablemente, ¡Nene, te dije que lo ibas a perder! Le gritaba mientras el  ómnibus se alejaba del estacionamiento. Ella había sacado el pasaje en el mismo lugar que él y cómo lo vio al joven extraviado le encomendó sentarse en uno de los bancos donde el ómnibus estacionaría. Eran las dieciocho y veintitrés de la tarde y Guillermo ya no estaba en la terminal, para esa hora todos los pasajeros  deleitaban el viaje por la ruta 234. La anciana se lamento que el muchacho perdiese su ómnibus, En esos tiempos viajar costaba lo que consume el buche en una semana para  alimentarse.

Bernabé De Vinsenci

No hay comentarios: