domingo, 25 de noviembre de 2012


 Las quimeras están en todas partes, en los rincones, en un poro, embutidas en un par de medias o, secas al costado del riel, en penumbra por un sauce viejo o sumergidas como un papel en el charco de la lluvia que nos impidió el día. En ciertas circunstancias de observación, autoría de abandono en las masas, se puede verlas crecer, y sin tardar los estornudos, regresar a su estado esencial, es un ínterin impactado e inmediato, de pocos aunque este destinado para varios. Está mañana una se suicido desde la torre mayúscula, y otra que era alzada en brazos de una hormiga, murió ahogada en el momento que dos antenas le taparon los orificios respiratorios. El tiempo en estructura matemática se burlaba, marcaba en el reloj, en cada milésima la “Fábula” proclamando los inicios de horas. En cada ¡Tic-Tac! las quimeras por arte de magia desaparecían, o quizás se extraviaban en los arbustos, encajadas entre las imposibles ramitas. Si las quimeras seguían encubriéndose en la desaparición, las escalinatas de realización que el hombre retiene en su cordura para ejercer en la entrañable realidad, romperían su cristalización. Surgiendo de este modo  una piedra. Y las piedras son reaccionarias, un futuro hablando por un joven que busca su pecho entre la orfandad, y el delirio existencial.


Bernabé De Vinsenci 

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