Las quimeras están en
todas partes, en los rincones, en un poro, embutidas en un par de medias o,
secas al costado del riel, en penumbra por un sauce viejo o sumergidas como un
papel en el charco de la lluvia que nos impidió el día. En ciertas
circunstancias de observación, autoría de abandono en las masas, se puede verlas
crecer, y sin tardar los estornudos, regresar a su estado esencial, es un ínterin
impactado e inmediato, de pocos aunque este destinado para varios. Está mañana
una se suicido desde la torre mayúscula, y otra que era alzada en brazos de una
hormiga, murió ahogada en el momento que dos antenas le taparon los orificios
respiratorios. El tiempo en estructura matemática se burlaba, marcaba en el
reloj, en cada milésima la “Fábula” proclamando los inicios de horas. En cada ¡Tic-Tac!
las quimeras por arte de magia desaparecían, o quizás se extraviaban en los arbustos,
encajadas entre las imposibles ramitas. Si las quimeras seguían encubriéndose
en la desaparición, las escalinatas de realización que el hombre retiene en su
cordura para ejercer en la entrañable realidad, romperían su cristalización.
Surgiendo de este modo una piedra. Y las
piedras son reaccionarias, un futuro hablando por un joven que busca su pecho
entre la orfandad, y el delirio existencial.
Bernabé De Vinsenci
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