martes, 27 de noviembre de 2012




LA SUERTE ESTÁ DERRAMADA



No soportaba más, irremediablemente sus abdominales se encontraban  fatigosos y actuaban de tal manera hasta que en el primer movimiento insignificante, el síntoma doloroso reaparecía. Y nada se sabía de él. La inhalación, unos segundos y el furtivo dolor latente y en aumento. Extendiéndose desde las tetillas al sexo. Mocovich, señor terco y flaco,  siempre se consideró el ser indeseado para cualquier mujerzuela, no era el hombre estereotipado para gustar y entrar en los juegos de seducción. <Al fin, el miedo es la contingencia misma, he permanecido recreando muros por mucho tiempo. Y hoy, desconozco a los autores, ellos han devorado más que mis años. Tener cuarenta y siete no es poca cosa para la consciencia que se cuestiona de a ratos>Así pensaba y arrepentido del mismo acto, observó  sus pies. Se veían nublosos y chuecos, tapados en una tela y protegidos por una suela. Las nubes en su parsimonia innata de movilidad se entreveían por formas. Y desde abajo, multitudes observaban creyendo que el cielo con el celeste degastado hablaba a través de líneas inorgánicas. <Aquí estoy-Rió y unas lágrima se le derramó-En medio de lo absurdo conviviendo con ello y escapando, todo transcurriendo al mismo tiempo. La señora de la vereda de enfrente no cree otra cosa de mí que estoy a punto de asaltarla> Y la anciana aceleró los pasos, unos tras otros mecánicamente, y la sombra de sus espaldas no hacía más que escapar de Mocovich < ¿Qué mierda cree usted? > Exaltó el tono hacía su interlocutora prejuiciosa. La mujer de unos setenta años echó una mirada en donde él estaba y prosiguió con su huida. Esta huida cotidiana, de todos huyendo de todos. Si hay algo que caracteriza a las ciudades, no dejan de ser los autobuses, cada uno de estos avasalla y ayuda a acelerar el paso de los ciudadanos. Cuando un peatón cruza la calle, éste estima que el autobús viene a veinte metros, y al traspasar la senda, una hosca y cuadrada forma se implanta a una milésima de distancia. En esta espontaneidad de acto, la persona, victima, transciende en una toma de decisión que abarca su abolición como existente. Sin ir más lejos, las tendencias últimas han sido de optar por el suicidio. Por esta misma razón en los adoquines, enormes manchas de rojo quedan impregnadas ensuciándose.
< ¿Pero de que vale pensar? No es la primera condición consecuente de la nausea. En los golpes de estado de cada país, esta práctica se apacigua e igualmente desaparecen personas. Por supuesto, la nausea, agota toda voluntad, nos degrada mantenernos en pie.  Que nefastos, y que seductores son los ánimos de vivir. Hoy piso en lo plano para no caerme y mañana el borde para ver si mi debilidad permite suicidarme>
Mocovich, camino unas cuadras, su cabeza gacha, fija al suelo. Aún sentía que muchos lo miraban y daba cuenta de eso por la  perturbación.  Los nervios de los ojos le pesaban y no podía dar una mirada fija ante un objeto.
Hemos hecho, nosotros, los seres sociales, un túnel que se alimenta de micro-túneles. Cada sujeto es uno, y se comporta  enceguecido. Y no basta, esta deplorable afirmación. Hicimos inmune  a esta secta social, y nada quizá pueda revertirlo. En la fantasmagoría que cada cuidad contiene, los portazos, el ruido de un automóvil, se deciden hablar por cada individuo, deshumanizan para luego materializar. <El hombre es omnipotente, señor>Decía Mocovich a un seguridad <Él puede cometer el bien y el mal, pero se ha vuelto incrédulo, actúa de mala manera. ¿Y sabe qué? Lo hace con él mismo, el hombre es lobo del hombre> ¿Se encuentra bien usted? <Por supuesto, mi querido amigo, más que eso>
¿Qué generación existe hoy? Existe la que se encuentra en deterioro común. Y no hemos de liberarnos en comunión, lo contrario, cada día morimos en la comunión absurda, sometidos a la presión. Y ella nace del sistema irracional  que ejercemos como engranaje para parecernos en nada a seres humanos. Nuca lo seremos, éste camino vigente apunta autónomamente, y nadie lo hace apuntar, nadie de nosotros. El vacío se llena en la toma, y no cuando él nos toma.
Hastiado de recorrer  las calles,  anchas y angostas Mocovich rumbeó a su casa, allí cocinaría un arroz hervido y se acostaría temprano, pensando en la nada. <Sí lo años se van en los rieles y creemos, no habernos concretados  esperando que mañana será, aún no hemos comprendido absolutamente nada, aún estamos en el vacío>Mocovich cerró sus ojos y el sueño lo saco del malestar.  

Bernabé De Vinsenci

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