lunes, 19 de noviembre de 2012


Toda existencia nos hace cucaracha.

Se van los transeúntes  a la hora imprecisa derramando su vapor de nostalgia. Al menos cada sensación no sucede más que por intervención de uno mismo, queda afuera la afirmación “Aquel objeto regenera en mí cierta sistematización emocional” Todo sucede opuestamente, los objetos son quienes sufren nuestras desgracias, más de quinientas veces son acusados, culpables de todo vacío constituido por una energía magnética de carácter raro. <Los pasos a la ligera, en esta esquina, me han destituido de mí. Me conozco en lo desconocido. Puedo nombrarme como un desconocido, siendo parte de una gran masa acelerada> Adsson frotó con los índices la frente de su rostro y seguidamente barnizo la palma de la mano con sudor. Seguidamente el agua transparente se comprimía en la piel aterrorizada por la alta temperatura. Esta se hace más notable en la urbe, los grandes pasos de la humedad cristalizan el estado de ánimo en una especie de túnel. En un túnel sin reencuentros y platicas, sin huellas y armonías, en él existe un solo puntapié y cada vez que se aproxima a la luz en lo infinito, una vasta desesperación jacta al cuerpo por encima del suicidio. Las venas se ensanchan ilusoriamente y la sangre sale al exterior, ahogando al hombre en su propio glóbulo hermético y enfermizo.  <Pues, claro, ni un dialogo o un intercambio de saludo ¿Para qué? Dime ¿Para qué? Si todo pensamiento se materializa y una pronta descarga deviene configurando  el entorno. Y no temo materializar  las difuntas sensaciones que me aíslan a estar en  plena desazón, por lo contrario, el entono, este conjunto nuevo de cualidades podría hacerse más insoportable al anterior y es entonces, que terminaría suicidándome.  Porque todos somos suicidas andantes, muertos por dentro, y persuadimos a los demás adjuntando con nuestra carne la dicha. El ojo ajeno cree que estar en pie,  es  el  sentido permanente. Y lo ve en la medida que verifica nuestras acciones como símbolo de ejecución para alcanzar obstáculos> El hombre calvo poseía un gran capital, en primer lugar un mecanismo nauseabundo y en segundo plano seis letras. Lo recientemente dicho se debe a la descompostura  producida por el único hecho de ejercer diferentes pensamientos, de sentir y precisar imágenes al vacío y lo otro a la condición de ser nombrado por una elección impropia, paternal. Adsson cada vez que era mencionado  por su nombre,  no sentía más que un llamado  extraño y observaba para sus costados tratando de encontrarse ante la perplejidad. Había dejado de ir a  varios lugares y sentenciaba no volver más, por el nimia razón  de que le dijeran “Adsson” < ¡Basta!> Dijo en la última oportunidad para sus adentros y el sistema nervioso le colapso  < ¡Mi nombre es una elección arcaica,  un sometimiento de cuando, aún, no era consciencia  que digiere toda demanda exterior!>
Por lo pronto, todo hombre es sometido en su quehacer, en la nación y en otros recintos que a veces no visibiliza. Todo hombre es un sometido que hace su elección en el marco del sometimiento, y en cada ocasión busca salirse, escapar en una dimensión ya con límites, fantasmagórica de normas. Nadie sabe y tiene control, el tiempo es lo insuficiente, la angustia del no poder realizarse a gusto. Uno se desarrolla en un espacio restringido y tendrá que abarcarlo todo, hasta sucumbir en una burbuja eterna.
Suele ocurrir con empirismo que, frecuentar y salir a la calle se vuele una oledera  de genitales. Lo mismo puede decirse cuando se topa enfrente a un espejo. Uno en las relaciones no hace más que remitirse, todo elemento o cosa que nos refleje invade el bienestar, y la imposibilidad de no hacerlo se frustra. Causa  a que somos una pura plenitud encontrada en la relación y en el espejo.  El infierno está aquí mismo, el infierno me habla de mis desgracias, el calvario son los otros y la muerte el estar sujeto. Adsson inevitablemente convivía, nunca negó no realizar esta maldita encomienda otorgada por los seres humanos. Los muebles de su apartamento se personificaban y tomaban vida, respiraban, decían y dormían. Quizá era por eso que no tenía espacio para caminar, ni siquiera para hacerse de comer. Cada madera que constituía los objetos eran un órgano, una pieza del cuerpo humano. Él daba hincapié a los temas de conversación y de ese modo se vaciaba y resistía a su especie. < ¿Qué hubiese sido poder fecundar junto a otras especies? >Decía contemplando de reojo a la mesada, mientras, los  bigotes se movían junto con su risa. La mesada no respondió, él presentía que si lo hacía. En hora de la madrugada los vecinos despertaban exaltados por sus gemidos, al otro día amanecía bañado en sudor y las sábanas forcejeaban contra su voluntad. Desde una temprana edad Adsson quiso estar en un manicomio, que muchas personas se encargaran de proteger su sensatez. Y fue allí donde murió una noche después de comprender que los “Locos” son quienes en una escasa porción de tiempo asumen la imposibilidad de existir. Actualmente una calle de la ciudad de  Frankfurt lleva su nombre. Hasta ahora nadie ha transitado por allí y todos los pájaros que lo hicieron fueron hallados sin ojos.  Las alas colgaban de los cables de luz y se secaban y caían.

Bernabé De Vinsenci



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