Cualesquiera sabían, incluso quienes
ya habían muerto dentro del barrio. Las cosas habituales de los brujos siempre
fue determinar con algún nombre a los muertos por paros cardíacos: los
veteranos del rito, sabiondos en olores y
visitas lagrimosas- Decían unos años posteriormente de las
partidas.
“La tiniebla se vuelve desesperante al pisar la senda de
la mortalidad y uno, y todos se niegan, tratan de negarla” -Comentaba el abuelo
Wenceslao. “Paródicamente caemos ante
las carcajadas de los Dioses” –Proseguía
y terminaba con una inequívoca pitada su Benson- <el ataúd no se queja, la
voz encerrada en él, si> Nada era ajeno, la sujeción, el aullido consumado
en la esquina, un cadáver orador indiferente en medio de la aglomeración, y un
miserable poniéndose fin en un puntapié. La
usual artimaña del ser y por supuesto, el trágico condicionamiento
insoluble a la especie. Santiago profesaba de algún modo y maliciaba sin empirismo que “todos se
habían tornado cadáveres”, o fuera de su
acertijo anterior se disponía a especular que “era él una osamenta viva”. <Los
cementerios en sus asambleas semanales presentaban actas ante esto al enterarse y el más arcaico de los sepultados
determinaba las indiscutibles ordenes
(Ellos nos permitían que nadie se negase ir al cementerio después de muerto,
según la Ley N °
34.986) > pero, sin embargo, nada convalidaba las actuaciones que se
llegaban a determinar en conjunto. El cementerio cerraba a las diecinueve horas
y todos debían estar atentos a las visitas de los parientes al otro día. “¿Cómo
a un bípedo que su corazón, aún, late, puede cavilar semejante cosa?” Dijo
Carlos Conti- fallecido en 1601 por un
corte arterial, mientras se afeitaba con un machete la pierna izquierda- al
escuchar las advertencias del sereno. Naturalmente unos que otros diálogos
había, siempre en la inspección de quien era el ser vivo ¿Sino como tales
informaciones les iban a llegar a sus manos? Y el más torpe de todos
creyeron que era el sereno del
lugar, un hombre con nariz de
águila, y un cáncer terminal. Las
medidas de imposibilitadas praxis hicieron que los muertos, estuviesen más
acabados que nunca y como toda organización sin recursos se disolvieron tempranamente. Luego hubo dos o tres intentos de una nueva
manifestación, pero estas devenían de los
recién llegados a los nichos, lo más utópicos.
Santiago detestaba el tarareo de los
que marchaban dichosos al cementerio los domingos por la
mañana con un racimo de flor artificial. La muerte de su padrastro le había
ocasionado un trauma que lo llevó a pueriles charlas con psicólogos. A su matrona - ama de casa y no desesperada-
le advirtió ayer “que posteriormente de
muerto quería ser calcinado” “¡Pero déjate
de joder, ya estás pensando en esas cosas!”
Respondió ella y a él le
sobrevino una agria figura maternal propagada desde su infancia. No hubo
más nada que hacer y decir, sólo persistir a estas ideas que de a poco se iban
a ir desvaneciendo.
Ligeramente de largas y meditadas decisiones-
que lo llevaron a ser un noctámbulo- obtuvo la certeza de
entregaste y afiliarse al batallón de los muertos. Vegetar eternamente en un
cajón trabajado asiduamente por un
carpintero y ser definitivamente halagado
con llantos una vez por mes.
Varias denuncias gozó el cementerio por ruidos latosos, el sábado
nueve de junio- Ebrios, los fallecidos, celebraron la decisión de Santiago, el
sereno por una ginebra les había
alcanzado únicos detalles, tan símiles
que éstos enloquecían al escucharlos- A
Carlos Conti lo hallaron emanando alcohol
tirado en medio de una zanja. En los títulos de los periódicos
acusaban a los jóvenes de Avellaneda: “Una vez más el vandalismo de los
jóvenes”.
Bernabé De Vinsenci
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