domingo, 9 de diciembre de 2012



Cualesquiera sabían, incluso quienes ya habían muerto dentro del barrio. Las cosas habituales de los brujos siempre fue determinar con algún nombre a los muertos por paros cardíacos: los veteranos del rito, sabiondos en olores y  visitas  lagrimosas-  Decían unos años posteriormente de las partidas.
“La tiniebla  se vuelve desesperante al pisar la senda de la mortalidad y uno, y todos se niegan, tratan de negarla” -Comentaba el abuelo Wenceslao.  “Paródicamente caemos ante las  carcajadas de los Dioses” –Proseguía y terminaba con una inequívoca pitada su Benson- <el ataúd no se queja, la voz encerrada en él, si> Nada era ajeno, la sujeción, el aullido consumado en la esquina, un cadáver orador indiferente en medio de la aglomeración, y un miserable poniéndose fin en un puntapié. La  usual artimaña del ser y por supuesto, el trágico condicionamiento insoluble a la especie. Santiago profesaba de algún modo  y maliciaba sin empirismo que “todos se habían tornado cadáveres”,  o fuera de su acertijo anterior se disponía a especular que “era él una osamenta viva”. <Los cementerios en sus asambleas semanales presentaban  actas ante esto al enterarse  y el más arcaico de los sepultados determinaba las indiscutibles  ordenes (Ellos nos permitían que nadie se negase ir al cementerio después de muerto, según la Ley N° 34.986) > pero, sin embargo, nada convalidaba las actuaciones que se llegaban a determinar en conjunto. El cementerio cerraba a las diecinueve horas y todos debían estar atentos a las visitas de los parientes al otro día. “¿Cómo a un bípedo que su corazón, aún, late, puede cavilar semejante cosa?” Dijo Carlos Conti- fallecido en 1601  por un corte arterial, mientras se afeitaba con un machete la pierna izquierda- al escuchar las advertencias del sereno. Naturalmente unos que otros diálogos había, siempre en la inspección de quien era el ser vivo ¿Sino como tales informaciones les iban a llegar a sus manos? Y el más torpe de todos creyeron  que era el sereno del lugar,  un hombre con nariz de águila,  y un cáncer terminal. Las medidas de imposibilitadas praxis hicieron que los muertos, estuviesen más acabados que nunca y como toda organización sin recursos se disolvieron tempranamente.  Luego hubo dos o tres intentos de una nueva manifestación, pero estas devenían de los  recién llegados a los nichos, lo más utópicos.
Santiago detestaba el tarareo de los que marchaban dichosos al cementerio los domingos  por  la mañana con un racimo de flor artificial. La muerte de su padrastro le había ocasionado un trauma que lo llevó a pueriles charlas con psicólogos.  A su matrona - ama de casa y no desesperada- le advirtió ayer  “que posteriormente de muerto quería ser calcinado”  “¡Pero déjate de joder, ya estás pensando en esas cosas!”  Respondió ella  y  a él le  sobrevino una agria figura maternal propagada desde su infancia. No hubo más nada que hacer y decir,  sólo  persistir a estas ideas que de a poco se iban a ir desvaneciendo.
 Ligeramente de largas y meditadas decisiones- que lo  llevaron  a ser un noctámbulo- obtuvo la certeza de entregaste y afiliarse al batallón de los muertos. Vegetar eternamente en un cajón  trabajado asiduamente por un carpintero y ser definitivamente  halagado con llantos una vez por mes.

Varias denuncias gozó  el cementerio por ruidos latosos, el sábado nueve de junio- Ebrios, los fallecidos, celebraron la decisión de Santiago, el sereno por una ginebra  les había alcanzado únicos  detalles, tan símiles que éstos enloquecían al escucharlos-  A Carlos Conti lo hallaron emanando alcohol  tirado en medio de una zanja. En los títulos de los  periódicos  acusaban a los jóvenes de Avellaneda: “Una vez más el vandalismo de los jóvenes”.



Bernabé De Vinsenci

No hay comentarios: