lunes, 24 de diciembre de 2012


Festín oriundo de la mezquindad, empalagas multitudes, y contra ellas resucitas la sangre para bañar los esqueletos deformes. Aquellos que estrangulan y arrastran las carnes. Entre medio de la perversidad los seres se gesticulan con la mano que han ejercido la masturbación y con tal rito se establecen generosos. En los órganos de cada uno desfila un estío inyectado de mortandad y afuera entre la intersubjetividad, la mayoría debe créese infinito  para no ser tan mísero consigo mismo. Lo que alcanza la razón es  tan corto que todos proyectan en su ilusión, y en ese mundo vanidoso se ven coronados. ¡Qué naturaleza tan inocua la del hombre! Habita un aposento leproso y se cree  erudito universal al punto de quedar súbdito frente a su propia creación, a un omnipotente que ejecuta y nunca salva. La piel ya no se parece más que a un trapo para cubrir la putrefacción de la carne. Por eso los hombres  cepillan  sus dientes diariamente,  para no emanar su hediondez interna. Luego del hartazgo de la farsa  indaga la meditación, para nunca más encontrarse y se echa al abandono como vagabundo, revolviendo las miserias que ocultaba. Lo más desolador es que el circo no concluye jamás, las generaciones  condicionan su desgracia  unas con las otras.
                                                               

                                         La puerta se abrió sola, la muerte ha venido por mí.

Bernabé De Vinsenci 

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