Festín oriundo
de la mezquindad, empalagas multitudes, y contra ellas resucitas la sangre para
bañar los esqueletos deformes. Aquellos que estrangulan y arrastran las carnes.
Entre medio de la perversidad los seres se gesticulan con la mano que han
ejercido la masturbación y con tal rito se establecen generosos. En los órganos
de cada uno desfila un estío inyectado de mortandad y afuera entre la intersubjetividad,
la mayoría debe créese infinito para no
ser tan mísero consigo mismo. Lo que alcanza la razón es tan corto que todos proyectan en su ilusión, y
en ese mundo vanidoso se ven coronados. ¡Qué naturaleza tan inocua la del
hombre! Habita un aposento leproso y se cree
erudito universal al punto de quedar súbdito frente a su propia creación,
a un omnipotente que ejecuta y nunca salva. La piel ya no se parece más que a
un trapo para cubrir la putrefacción de la carne. Por eso los hombres cepillan sus dientes diariamente, para no emanar su hediondez interna. Luego del
hartazgo de la farsa indaga la
meditación, para nunca más encontrarse y se echa al abandono como vagabundo,
revolviendo las miserias que ocultaba. Lo más desolador es que el circo no concluye
jamás, las generaciones condicionan su
desgracia unas con las otras.
La puerta
se abrió sola, la muerte ha venido por mí.
Bernabé De Vinsenci
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