“yo no sé, inexcusablemente subyace cierta sospecha en mí
sobre los organismos, una especulación nada favorable, por cierto ridículamente curiosa. Callados son
una masa interiormente tibia y a la vez un torrente de meneos. Los glóbulos
yendo y viniendo, con empleo mecánico, sin apelación
de alguna legibilidad. Tan asombroso es el cuerpo verificado en especificidad
que hasta se podría afirmar que se descubre constituido en pequeños núcleos inhumanos”. Manuel situado a no más de tres metros de distancia
vendrá, lo sé y lo inicial que hará es formular con su hosco tono una mañera interrogación.
Con anticipo no sabré qué confesar. Lo
modesto no es su aspecto, sino mí fase de meditación que tiene déficit ante la
magnitud energética de su vivencia en concreta relación conmigo. Si tuviera la
ayahuasca en mis poderosas manos le diría que se marche, o que se tire de un
precipicio. ¿qué haces aquí? Fue lo primero que expresó-
“lo idéntico que usted hace, existir “Pensé—“a diferencia de usted que se da el
contento de silbar a un símil, con la amplia diferencia que yo no escupo el pie
ajeno por antojo”. Debo Marcharme-respondí en tono seco y a la ligera-¿y a
dónde?- no lo sé, hasta luego-mi partida no hizo más que definir ausencia, el
paso evacuaba un fonema de esta misma palabra. Las ancianas del bar Harry Pason, en la vereda de enfrente, no
dejaban de introducir en sus pláticas de té, los hechos sucedidos y que
sucedían de la paja ajena. -Son doñas omnipotentes - decía José, un viejo
cocinero –todo lo obtienen en sus charlatanerías, lo piadoso y lo malo-.
“la necesaria aislación es propicia para el sujeto, si el
lenguaje es una enfermedad, tenerlo demasiado tiempo al alcance se vuelve
perjudicial. Y la timidez no es más que el nombre de esa manifestación”. De vez
en cuando, me digo: ¿será mucha la contaminación sonora en consecuencia de este
aislamiento latente? ¿o la saturación de nuestro oídos ante todos los bullicios?
Eran demasiadas cosas en la calle para detenerme a pensar, ruidos,
respiraciones, eructos al mismo tiempo. Estaba satisfecho de poder haber huido
de Manuel. ¿quién era para aparecerse y
sondearme si apenas somos puramente conocidos de la calle? Quizás le intrigaba
mi soledad, un celoso de no poder estarlo. Al cabo, todos gozamos de recelos
por la piedad del otro, no es apto ser uno, la impaciencia obstinada quiere
abarcarlo todo, y saldamos deduciendo que no hemos de ser nadie-Más que una
forma inorgánica en constante desviación, al creernos definirnos en alguna forma nuestro temperamento avasalla sin compasión. Y deambulamos
como ratas babeados en la desesperación. La ciudad así como se la ve, hoy día
sin nombre, tan apolillada en lo
desconocido, no es más que el reclutamiento de los demonios, los hombres aquí
se han visto amaneciendo en un calvario poco convincente y de este modo han osado
barnizarse en el áspero infierno. Los cadáveres llevan sus cuerpos
exterminados, masacrados por el empirismo de la existencia.
“Absorbido en el silencio no quiero entrecruzar una mísera
palabra, las cosas me llaman, forjan su presencia para que las objete, mi
victoria está dada de antemano. Las supersticiones son sacáramos del
abandono. Un delirio del deseo de compañía”
En mí frente un parque abre su boca de laguna, los caminantes del lugar no la
prueban más que con su furtiva mirada.
Si yo me lanzase a él, daría comienzo a una nueva jornada, sin embargo éste
sitio, el purgatorio persuadió hasta mis uñas y la piel que se trepan por
ellas. ¡Ah! Largo un gemido como un trueno de tormenta súbita ¿quién me escucha
si nadie me ve? ¿sólo el eco de mí, alarmado? tardíamente comprendí: si el eco pulsa y perpetua en la angustia,
el síndrome de incomunicación esta en nosotros.
El cielo se descarna, siendo las nueve de la noche y las
nubes aúllan, la aniquilación de la lluvia pronto comenzará. Lo notable del
clima esta en las huidas de las personas, ninguno ha quedado. Finalmente estoy
en compañía. Caen las primeras gotas, y mojan a todo por igual, no existe la
salvación. Doy dos arcadas, prendo un cigarro aunque sea imposible. Las gotas
se organizan para el suicidio en una
mutación de viscosidad. Con beatitud las custodio.
Bernabé De Vinsenci
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