Microrelato
Crispón, seudónimo plagiado por un poeta sueco, era el
caparazón literario de Emilio Suad para ocultar sus desdichas sintácticas. El
nombre quimérico surgió de la mala prosa que espantaba a más de un lector.
Emilio se reconocía tan pésimo que jamás releía lo que escribía, incluso a
veces quemaba los papeles, y mientras reunía los trozos de cenizas, decía: “Así
la próxima vez que tenga el impulso de escribir no tendré dónde”. La prepotente carencia de autoestima frente a
su escritura no estaba dada a partir de lo que producía sino por la falta de satisfacción
consigo mismo.
-¿Vos que pensás de todo esto?- le dijo una tarde su
madre, harta de que Emilio gastase más el tiempo deprimiéndose, que tratando de
buscar un trabajo.
-Mamá las cosas van a cambiar. Es cuestión de tiempo. ¡Ya
vas a ver!
Emilio, si bien sabía de su retrogrado mecanismo en la
poesía, no se daba cuenta de que trabajaba indirectamente para el fracaso. Lo
trágico de la situación era que no se trataba de su fracaso como poeta, sino
como hombre.
Bernabé De
Vinsenci
No hay comentarios:
Publicar un comentario