Ese mal absoluto
La conciencia se confunde con la
angustia,
ambas tienen algo en común: el vacío.
En
tanto el individuo se encuentra aspirado por la historicidad no deja de emanar
valores que se han germinado entre choques de los hechos. Un hecho no es una
magnitud autónoma si no una sucesión de manifestaciones que se desempeñan
atendiendo un campo social. Dentro de estos fenómenos se pretende constituir o
desterrar a un supuesto adverso. Quizás la subjetividad, adherida a todo parto
de manifestación, pueda contemplarse a sí misma en la medida que se diferencie
de su oponente, adquiriendo de ese modo rasgos concretos que se diferencian de un otro.
El
sujeto incrustado en su historicidad no alcanza a definirse por una mera
recopilación, o por particiones de su condición. La condición histórica del
pasado excede al mismo sujeto, él no obstante se reconoce en el devenir por la
misma esencia que reencarna ese devenir, es decir, la transformación. Puede ser que el
reciente dicho enunciado sea el pésame del optimismo.
Las
situaciones específicas de los sectores sociales fluyen creando diversas condiciones.
Desde esta perspectiva en un campo social de múltiples condiciones, las más
inidentificadas comienzan a reagruparse tratando de asegurar una lucha propia,
para atentar contra la condición enemiga que los ahoga. Descifrando al campo
social con lo anteriormente expuesto, sale a luz como una intensa lucha
intersubjetiva, donde una reagrupación de individuos ejerce un acto de rebelión
para mantener en vida ese ritual de valores compartidos que se fundan desde su
condición social ¿Podría pensarse la vida en una dimensión monótona exenta de
toda lucha? Es preciso indicar que más allá de la escisión social impartida por
el acto bélico, también él es cómplice de proporcionarle sentido al vacío.
Entiéndase al acto bélico no en el término
más usual, sino como un momento
de intercambio entre dos condiciones desiguales. Es verdad que muchas veces
surge en este espacio de intercambiabilidad la violencia, es decir, un factor
de incomunicación, un código no común.
¿Qué ha sido el autoritarismo para la historia y los individuos? El autoritarismo ha sido, y lo sigue siendo aún, una entidad del sometimiento social, una entidad que busca aplanar todas las subjetividades hasta suprimirlas en la devastación. Bien sabe el autoritarismo que tarde o temprano su vigencia en el Estado acabará, sin embargo conoce lo que de él quedará, una ruptura generacional que se prolifera en las venideras, una ruptura que enferma un devenir y un pasado en la historia. No sería del azar que el fascismo censure lo que metafóricamente es el oxígeno de los individuos, la vitalidad o el regocijo, es decir, la alegría. Desde la opacidad el fascismo saca su provecho resurgiendo en lo social, la vitalidad fermentada, el espacio como tugurio insoportable, y funde a los constituyentes de un mismo sector en la dicotomía. En la medida que los modos de convivencia se restauran el hombre absorbe susceptiblemente las perversiones del núcleo autoritario. El proceso se encarna minuciosamente fecundándose en los individuos símilmente a una patología. Lo más atroz aún es que la peste de la subjetivación-oprimida se propaga hasta que los mismos sujetos se percatan desde la autonomía. En otras palabras hacen una higiene de la historia, desterrando los imperativos que ha promulgado el fascismo en sus vidas. Para arribar más exactamente a lo que refiere el concepto de autonomía Cornelius Castoriadis dice: La autonomía consiste en controlar los deseos y saber que se los tiene. Cuando se habla de autonomía se habla de algo que es análogo a la capacidad de criticar el propio pensamiento, a la facultad de reflexionar, de regresar sobre lo que uno ha pensado y ser capaz de decir: “pienso esto porque me convence”. Si hablamos de las marcas del fascismo en la subjetivación del individuo podemos invocar la cura de esas marcas por medio de la autonomía. Lo que se intenta explicar no es figuraciones abstractas, o inventivas sintácticas. Simplemente se expone que la historia moldea a quienes están inscriptos en ella, los individuos. Aquellos que logren tener elementos de dominio instauraran en los dominados un cuerpo ajeno, un lenguaje ajeno tal así que solo puedan reconocerse, comportándose de manera ingenua, para el dominante. La autonomía implica la facultad de reflexionar, de concluir con un hombre que convive con significaciones intrusas.
¿Qué ha sido el autoritarismo para la historia y los individuos? El autoritarismo ha sido, y lo sigue siendo aún, una entidad del sometimiento social, una entidad que busca aplanar todas las subjetividades hasta suprimirlas en la devastación. Bien sabe el autoritarismo que tarde o temprano su vigencia en el Estado acabará, sin embargo conoce lo que de él quedará, una ruptura generacional que se prolifera en las venideras, una ruptura que enferma un devenir y un pasado en la historia. No sería del azar que el fascismo censure lo que metafóricamente es el oxígeno de los individuos, la vitalidad o el regocijo, es decir, la alegría. Desde la opacidad el fascismo saca su provecho resurgiendo en lo social, la vitalidad fermentada, el espacio como tugurio insoportable, y funde a los constituyentes de un mismo sector en la dicotomía. En la medida que los modos de convivencia se restauran el hombre absorbe susceptiblemente las perversiones del núcleo autoritario. El proceso se encarna minuciosamente fecundándose en los individuos símilmente a una patología. Lo más atroz aún es que la peste de la subjetivación-oprimida se propaga hasta que los mismos sujetos se percatan desde la autonomía. En otras palabras hacen una higiene de la historia, desterrando los imperativos que ha promulgado el fascismo en sus vidas. Para arribar más exactamente a lo que refiere el concepto de autonomía Cornelius Castoriadis dice: La autonomía consiste en controlar los deseos y saber que se los tiene. Cuando se habla de autonomía se habla de algo que es análogo a la capacidad de criticar el propio pensamiento, a la facultad de reflexionar, de regresar sobre lo que uno ha pensado y ser capaz de decir: “pienso esto porque me convence”. Si hablamos de las marcas del fascismo en la subjetivación del individuo podemos invocar la cura de esas marcas por medio de la autonomía. Lo que se intenta explicar no es figuraciones abstractas, o inventivas sintácticas. Simplemente se expone que la historia moldea a quienes están inscriptos en ella, los individuos. Aquellos que logren tener elementos de dominio instauraran en los dominados un cuerpo ajeno, un lenguaje ajeno tal así que solo puedan reconocerse, comportándose de manera ingenua, para el dominante. La autonomía implica la facultad de reflexionar, de concluir con un hombre que convive con significaciones intrusas.
Bernabé De Vinsenci
No hay comentarios:
Publicar un comentario