martes, 6 de agosto de 2013

Osvaldo

El vacío es una sacudida ridícula, producto de un campo en entera tensión: la colectividad y sus antípodas significaciones [Una máquina que reproduce, y sujeciona la culpa].  Un puto,-neologismo fascista- , conserva culpa, un recorte en su interior,  es decir, el  vacío. El vacío no radica en sí sobre el puto por lo contrario pertenece a la inmanente categorización: normalización u/o subjetivación social. Al hecho de que el –puto- o-gay- este mal visto,  ordinario, anómalo  para miles de ortodoxos constituidos a base de un poder eugenésico <lo bello es bueno>. Y ortodoxo es un canon de valores que aniquilan a múltiples elecciones, que caducan toda posibilidad: ciertos entrecruces de  acontecimiento singulares. El hecho de objetivar un deseo despierto es un hábito infame que sobrepasa al propio agente-objetivador. Se responde a un jurisdicción política de imperativos: 1)-El  gay-o-puto 2)-Ella lesbiana 3)-El hippie; y así sucesivamente, degastando las palabras hasta llegar a fantasear con nuevas para que las anteriores no  vuelvan a repetirse. En cierto modo se recluta un diccionario categorizador.
Con Osvaldo nos llevábamos suficientemente bien para no sentenciar que nos llevábamos perfectamente a gusto. La primera impresión que tuve frente a su aparición, hizo que lo confundiera con una especie de cerdo huraño. Procuré no acercármele jamás. Era albino y morrudo con voz de ganso y  flatulencias en los santiamenes menos oportunos. Sin embargo, a medida que el tiempo se abría como fluido de acontecimientos e inauditos sucesos, ocurrió todo lo contrario. No podíamos estar un día sin que hayamos ido a recorrer los suburbios en busca de viejas chusmas, las típicas cascarudas corduras. Con ellas entablábamos diálogos y si notábamos que eran verdaderas conservadoras o defensoras de Julio.A. Roca las insultábamos y nos echábamos a correr. “¡Guachos de mierda ya los voy  agarrar!-Gritoneaba una vieja y de súbito tropezaba con el cordón de la vereda. Varios vecinos acudían al hecho al tanto que maldecían a toda una generación. Para ese momento nos perdíamos en algún bulevar, o nos ocultábamos en la estructura de una obra en construcción. Más que pasatiempos de la mocedad eran  diabluras idealistas-utópicas. Considerábamos a estos actos de enfrentarnos como fenómenos anarquistas. Sin arribar a los quince años fumábamos “Benson & hedges” y profesábamos ser espías de un plan subversivo.
Inmediatamente cuando uno entrena la experiencia sobre realidad  [ la desinstitucionalización]  el conjunto de supersticiones-políticas son abatidas y nadie puede volver a recrearlas tal como se mostraban al principio. Cerca de 1933-1938 –en plena década de infame– había terminado trabajando como bibliotecario en una escuela de nombre: “Ezequiel Martínez Estrada” situada al fondo de un pueblito en la provincia de Santa Cruz. Realizaba horarios de corrido y una vez al año gozaba del aguinaldo que reservaba para futuras vacaciones [visitas al mueso de Ciencias Naturales en La Plata]. Eso me bastaba para vivir dignamente.
 De Osvaldo no supe más nada fueron años acumulados sin comunicación. Al finalizar el ciclo lectivo de la secundaria, me había mudado de provincia; tuve que soportar el desarraigo de un nómade. Ayer oportunamente la madre  de Osvaldo me expresó a través de un telegrama, que su hijo había ido a combatir voluntariamente en la Guerra Civil Española: “Osvaldo se nos ha ido a la Guerra (...) ­­­ No tenemos noticias exactas, el dictador Franco prohibió el contacto de los republicanos con el exterior. Quizás cuando todo concluya, dentro de poco, si Osvaldo logra escapar sabremos de él”.  Osvaldo se perdió entre los papeles del tiempo. Su madre nunca volvió a enviarme un telegrama. La Guerra terminó y los de Francos afloraron con su victoria. Obviamente Osvaldo no había podido decirme que sentía afecto por mí. Siempre lo había intuido desde la primera colisión de nuestras palabras.  Para que aquella relación de camaradas durara opté por hacerme el desentendido. Lo prefería así. Cada uno encuadrado en su identidad sexual, en su propio deseo, compartiendo un campo de confrontación de permutación entre dos singularidades. La única diferencia entre Osvaldo fue que él siendo  -marica- decidió ir a la guerra, y yo tan macho elegí por una vida serena y cálida, con domingos y feriados libres. A veces trato de cuestionar que estás peculiaridades son ininteligibles para una sociedad tan patologizada por la terquedad y robusta de coágulos-fascistas.Quizás algún día pueda ir a visitar a Osvaldo en Madrid. ¡Ojalá consiga encontrar el nicho!



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