Osvaldo
El
vacío es una sacudida ridícula, producto de un campo en entera tensión: la
colectividad y sus antípodas significaciones [Una máquina que reproduce, y
sujeciona la culpa]. Un puto,-neologismo fascista- , conserva culpa, un
recorte en su interior, es decir, el vacío. El vacío no radica en
sí sobre el puto por lo contrario pertenece a la inmanente categorización:
normalización u/o subjetivación social. Al hecho de que el –puto- o-gay- este
mal visto, ordinario, anómalo para miles de ortodoxos constituidos
a base de un poder eugenésico <lo bello es bueno>. Y ortodoxo es un canon
de valores que aniquilan a múltiples elecciones, que caducan toda posibilidad:
ciertos entrecruces de acontecimiento singulares. El hecho de objetivar
un deseo despierto es un hábito infame que sobrepasa al propio
agente-objetivador. Se responde a un jurisdicción política de imperativos:
1)-El gay-o-puto 2)-Ella lesbiana 3)-El hippie; y así sucesivamente,
degastando las palabras hasta llegar a fantasear con nuevas para que las
anteriores no vuelvan a repetirse. En cierto modo se recluta un
diccionario categorizador.
Con
Osvaldo nos llevábamos suficientemente bien para no sentenciar que nos
llevábamos perfectamente a gusto. La primera impresión que tuve frente a su
aparición, hizo que lo confundiera con una especie de cerdo huraño. Procuré no
acercármele jamás. Era albino y morrudo con voz de ganso y flatulencias
en los santiamenes menos oportunos. Sin embargo, a medida que el tiempo se
abría como fluido de acontecimientos e inauditos sucesos, ocurrió todo lo
contrario. No podíamos estar un día sin que hayamos ido a recorrer los
suburbios en busca de viejas chusmas, las típicas cascarudas corduras. Con
ellas entablábamos diálogos y si notábamos que eran verdaderas conservadoras
o defensoras de Julio.A. Roca las insultábamos y nos echábamos a correr. “¡Guachos
de mierda ya los voy agarrar!-Gritoneaba una vieja y de súbito tropezaba
con el cordón de la vereda. Varios vecinos acudían al hecho al tanto que
maldecían a toda una generación. Para ese momento nos perdíamos en algún
bulevar, o nos ocultábamos en la estructura de una obra en construcción. Más
que pasatiempos de la mocedad eran diabluras idealistas-utópicas.
Considerábamos a estos actos de enfrentarnos como fenómenos anarquistas. Sin
arribar a los quince años fumábamos “Benson & hedges” y profesábamos ser
espías de un plan subversivo.
Inmediatamente
cuando uno entrena la experiencia sobre realidad [ la desinstitucionalización]
el conjunto de supersticiones-políticas son abatidas y nadie puede volver a
recrearlas tal como se mostraban al principio. Cerca de 1933-1938 –en plena
década de infame– había terminado trabajando como bibliotecario en una escuela
de nombre: “Ezequiel Martínez Estrada” situada al fondo de un pueblito en la
provincia de Santa Cruz. Realizaba horarios de corrido y una vez al año gozaba
del aguinaldo que reservaba para futuras vacaciones [visitas al mueso de
Ciencias Naturales en La Plata]. Eso me bastaba para vivir dignamente.
De
Osvaldo no supe más nada fueron años acumulados sin comunicación. Al finalizar
el ciclo lectivo de la secundaria, me había mudado de provincia; tuve que
soportar el desarraigo de un nómade. Ayer oportunamente la madre de
Osvaldo me expresó a través de un telegrama, que su hijo había ido a combatir
voluntariamente en la Guerra Civil Española: “Osvaldo se nos ha ido a la
Guerra (...) No tenemos noticias exactas, el dictador Franco prohibió el
contacto de los republicanos con el exterior. Quizás cuando todo concluya,
dentro de poco, si Osvaldo logra escapar sabremos de él”. Osvaldo se
perdió entre los papeles del tiempo. Su madre nunca volvió a enviarme un
telegrama. La Guerra terminó y los de Francos afloraron con su victoria.
Obviamente Osvaldo no había podido decirme que sentía afecto por mí. Siempre lo
había intuido desde la primera colisión de nuestras palabras. Para que
aquella relación de camaradas durara opté por hacerme el desentendido. Lo
prefería así. Cada uno encuadrado en su identidad sexual, en su propio deseo,
compartiendo un campo de confrontación de permutación entre dos singularidades.
La única diferencia entre Osvaldo fue que él siendo -marica- decidió ir a
la guerra, y yo tan macho elegí por una vida serena y cálida, con domingos
y feriados libres. A veces trato de cuestionar que estás peculiaridades son
ininteligibles para una sociedad tan patologizada por la terquedad y
robusta de coágulos-fascistas.Quizás algún día pueda ir a visitar a Osvaldo en
Madrid. ¡Ojalá consiga encontrar el nicho!
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