Ápices necrófagos
La hoja del seibo lanzo su contrapicado en el
limbo. Almas danzando, tan vítreas, tan frágiles sobre una avenida, un sendero,
hacia lo mismo.
Ruedas vagabundas tiznaron aquellos cálices, polvos reflejados ante esa bóveda anaranjada. Sombreros, bastones, pipas y pupilas pasearon bajo el crepúsculo, faroles nocturnos acompañaban ese bulevar.
Una de aquellas almas divina cruzo el sendero gris, pálido y se reposó sobre unos de los árboles entristecidos, no entendía la aurora y aun menos comprendía el limbo.
Observó aquellos carros calor café, distendió su bolsillo, sus dedos ásperos encontraron un dulce. Disfrutando el ruido del envoltorio, engulleron insectos necrófagos, provenientes de un destino irrefutable.
Ruedas vagabundas tiznaron aquellos cálices, polvos reflejados ante esa bóveda anaranjada. Sombreros, bastones, pipas y pupilas pasearon bajo el crepúsculo, faroles nocturnos acompañaban ese bulevar.
Una de aquellas almas divina cruzo el sendero gris, pálido y se reposó sobre unos de los árboles entristecidos, no entendía la aurora y aun menos comprendía el limbo.
Observó aquellos carros calor café, distendió su bolsillo, sus dedos ásperos encontraron un dulce. Disfrutando el ruido del envoltorio, engulleron insectos necrófagos, provenientes de un destino irrefutable.
Las pequeñas osamenta del cuerpo crujieron, la
boca, dientes y lengua emanaron ausencia y la aurora tiño los ojos blancos en
bermejo.
Copas entrechocaron bajo el efecto del morapio.
Carcajadas transformadas en ápices, encañonaron hacia él como péndolas
blanquecinas.
Plasmada su fisonomía hermética, envejeció como
el árbol de su izquierda.
¡Tempestad de tiniebla!
Ecos de vacío vibraban sobre su cuerpo,
copiosamente
al paisaje en que se situaba.
Carcomido por insectos necrófagos, dejó
extendida su mano. Mortecino bulevar dónde ese envoltorio, arrastrado por la
galerna, involuntariamente, se introduzco en el edén, mientras detonaron
aquellos sombreros, pipas, bastones y pupilas.
Así el alma exhaustiva cayo en la tumba
rodeada por cuatros árboles y las ramas
encogían su envoltura.
Carmen
Triacanthos – Bernabé De Vinsenci
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